El acuerdo marco anunciado el jueves pasado entre Argentina y Estados Unidos es, por ahora, un fantasma. Un título rimbombante al que le falta lo esencial. En los pasillos de la diplomacia se habla de un pacto que se «instrumentará en etapas», pero la realidad es que todo el andamiaje depende del humor y la conveniencia de un personaje tan volátil como Donald Trump.
El presidente norteamericano, capaz de ir de la euforia al enojo con la misma convicción, se ha reservado el derecho de formalizar los detalles. Y en esa nebulosa se mueve la diplomacia argentina.
Se especula con un encuentro cumbre entre Javier Milei y Trump a principios de diciembre en Estados Unidos, aprovechando el sorteo del Mundial de fútbol. Dicha foto buscaría sellar un pacto del cual aún se desconoce el alcance real. Porque hasta ahora, lo único claro es la asimetría.
El «desbalanceo»: ventajas para el Tío Sam
Economistas expertos en comercio internacional dialogaron con NOVA y encendieron las alarmas: calificaron el acuerdo de «prometedor, pero muy desbalanceado». Traducido: muchas ventajas para Estados Unidos y, para Argentina, apenas migajas.
¿Por qué Trump, el padre del proteccionismo y el «delirio arancelario» que dinamitó el comercio mundial, querría ahora abrir su mercado? La respuesta la tiene en casa: la inflación.
El último dato en EE.UU. preocupa, con una suba interanual que supera el 13 por ciento, una cifra escandalosa para ellos. El encarecimiento de productos básicos (muchos de ellos afectados por sus propios aranceles) obliga a Trump a buscar alivio.
Aquí entra Argentina. La Casa Blanca necesita importar a «arancel cero» productos como bananas (de Ecuador o Guatemala), café y, fundamentalmente, la carne argentina, presumiblemente más barata que la local. El objetivo es simple: forzar una baja de precios en sus góndolas usando productos de la región.
Geopolítica mata Bananas
Pero al rascar la superficie del comercio de commodities, aparece la verdadera trama. Como señalaron fuentes de Cancillería a NOVA, la obsesión de Trump no son las bananas: es China.
El acuerdo, según esta visión mucho más geopolítica, es asimétrico porque Estados Unidos no pide, exige:
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La hidrovía: que China quede fuera de la licitación de la estratégica vía fluvial.
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Tecnología 5G: que Argentina se distancie de Beijing en la carrera tecnológica (un «despelote» que impacta de lleno en la potencial fusión Telecom-Telefónica).
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Tierra del Fuego: ante el dominio chino del Canal de Panamá, EE.UU. busca una alternativa en el sur. Tierra del Fuego es clave como paso interoceánico y necesitarían instalar estaciones de reabastecimiento.
A esto se suma la obsesión de Trump por las «tierras raras», minerales estratégicos donde Argentina tiene potencial.
El sueño del Tesla (que parece heladera)
Si la geopolítica es lo que se llevan, ¿qué le dejan a la Argentina? Además de una cuota de carne que (se espera) sea más alta, Trump tiene una obsesión por vender autos norteamericanos.
Se espera una mayor llegada de vehículos «made in USA», especialmente Teslas. Los autos eléctricos de Elon Musk, famosos por incendiarse de vez en cuando y por diseños, como el del Cybertruck, que oscilan entre un vehículo de guerra y un electrodoméstico de lujo. Para los amantes del diseño automotriz, son «espantosos».
El balance es desalentador: Argentina exportaría materia prima (carne) e importaría productos de alto valor agregado (Teslas), incluso si estos parecen microondas con ruedas.
Mientras tanto, el acuerdo «prometedor» ni siquiera aclara qué pasará con los aranceles que Trump ya impuso al país. El aluminio de Aluar y el acero de Techint, vitales para la industria nacional y castigados por una vieja ley de «seguridad nacional» de EE.UU., siguen en un limbo. Nadie sabe si esos aranceles serán removidos o si, en este gran «desbalanceo», simplemente quedaron olvidados.
El acuerdo, por ahora, es una nebulosa. Y Argentina espera, atenta al próximo tuit del hombre que un día muestra sintonía y al otro, quizás, ya no.
