En esta ciudad donde el clásico divide mesas y amistades, nos tocó eso de que vos eras de Newell’s y yo de Central. Nos paramos durante años en veredas supuestamente enfrentadas, entre cargadas y provocaciones que eran puro teatro. Porque la verdad, viejo, es que nunca hubo distancia: esa diferencia fue apenas una excusa hermosa para decirnos que nos queríamos sin decirlo.
Los domingos eran parte de un ritual: nuestra ceremonia secreta. Vos con tu rojinegro orgulloso de lepra insoportable, yo con mi auriazul desafiante, discutiendo goles, inventando estadísticas, exagerando enojos que duraban lo que duraba ese traguito que tanto te gustaba. Me enseñaste que se puede amar sin coincidir, que el rival puede ser refugio y que el fútbol —como la vida, la política u otros deportes— no se trata de ganar, sino de quedarse al lado del otro pase lo que pase.
Hoy no estás, pero cada clásico me devuelve tu voz y tu cómplice sonrisa. Cuando rueda la pelota, no juego contra Ñuls: juego contra tu ausencia. Y entonces entiendo que todo lo que soy —mi pasión, mi ironía, mi manera de abrazar incluso en la diferencia— nació de vos.
Mi amigo leproso, si en el cielo hay clásico en un estadio con tribunas, esperame. Yo voy a llegar con mi camiseta canalla, pero con el corazón, para siempre, latiendo al ritmo del amor que me enseñaste.
Por Roberto Caferra
