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Reeditan un título clave del escritor y filósofo

El peronismo en la pluma de José Pablo Feinmann

Con casi 1500 páginas entre sus dos tomos, es una de las grandes obras de filosofía política del autor. Un libro necesario en estos tiempos, a 15 años de su publicación original.

En «Peronismo I y II» Feinmann concretó una tarea titánica, con su estilo inconfundible. (Bernardino Avila)

Parece un libro de otra época. De esos períodos enciclopédicos en los que no valía si los libros no eran gigantes. Tiene 735 páginas con letras que no le hacen la cosa fácil a la presbicia, y encima son dos volúmenes. Casi 1500 páginas en total, pues, son las que se ha tomado José Pablo Feinmann en su tal vez más importante obra (Peronismo, Filosofía política de una persistencia Argentina) para comprender al más grande movimiento nacional de masas –al menos- de Latinoamérica.

Titánica labor cuyos giros, bemoles y misterios el autor avisa para no traicionar desde el prólogo incluido en la flamante reedición motorizada por Editorial Planeta, 15 años después de la original: “Este es un libro con pretensiones desmedidas: historiar e interpretar al peronismo”, escribe el filósofo. Y va luego desatando nudos sueltos –o no- sobre los que volverá insistentemente a lo largo de la profusa producción. Algunos, convincentes por concluyentes, difíciles de rebatir. Otros, controversiales, discutibles, polémicos… como el mismo Feinmann era, al cabo.

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Que el peronismo no es fascismo ni bonapartismo. Que se lo ama o se lo odia. Que Perón fue el único que supo contener y hablar al racialmente detestado “cabecita negra”. Que por ello, contrario a la oligarquía, está en las antípodas de cualquier tipo de racismo. Que esa oligarquía financiera no hizo un país -como sí el peronismo en sus mejores años- sino solo una ciudad llena de palacetes franceses. Que es una “famosa bobería” aquella postura de grandes sectores del marxismo que postulaba que Perón había frenado un alzamiento revolucionario en la Argentina. Que antes que los primeros peronistas atacaran a los libros –y este hallazgo es una genialidad- “los libros habían atacado a ellos”. Que la guerrilla de los setenta no se adaptó al pueblo que decía defender. O que Perón no quería darles “el” poder a los obreros, pero sí hacerlos parte de él, son sentencias históricas de Feinmann, que no ameritan casi discusión a esta altura de la historia.

Con otras conclusiones, el filósofo -fiel a su método intrínsecamente dialéctico- deja espacios para la discusión. Que Perón volvió malo. Que abandonó la lucha en 1955 (como si los bombardeos y las amenazas de volar destilerías petroleras y barrios enteros no hubiesen hecho mella en su retirada). Que Leonardo Favio “nada vio” en Ezeiza, cuando el cineasta sí vio y por eso salvó a varios pibes y pibas muerte tras la desbandada en aquellos bosques infernales, amenazando incluso con suicidarse si no frenaban las torturas. O que en 1955 no había militares peronistas, cuando todos los que fueron fusilados en junio de 1956, junto a 14 civiles -19 entre generales, capitanes, coroneles, tenientes y sargentos- lo eran.

(Gentileza -)

El lúcido y prolífico Feinmann se mete en otro tema disparador de controversias al asegurar que las 20 verdades peronistas no tenían peso. Se puede oponer a ello que aquellas eran –son, en cierto sentido- profundamente constitutivas del justicialismo. Estaban –persisten- en el imaginario de una militancia social, barrial, familiar, obrera, que no era necesariamente la estudiantil, de clase media, a la que Feinmann pertenecía por origen y toma como referencia ideológica para elaborar su tesis sobre el peronismo. Fue, sí, la Juventud Peronista estudiantil y universitaria una pata trascendente de la militancia de la década del `70, pero no la única. Gloriosa, sí. Pero una más. Por eso, cuando Perón exclama “somos lo que las 20 verdades dicen”, está más cerca de la verdad que muchas interpretaciones que intentaron decirlo a él.

La entraña del movimiento tiene mucho de esas 20 verdades, y poco de lo que las derechas e izquierdas se le quisieron apropiar en el largo trance de un devenir que lo desnaturalizó, hasta que Néstor Kirchner y Cristina Fernández lo retornaron a su eje histórico. ¿O acaso no hace eso Néstor cuando afirma “Nos llaman kirchneristas para bajarnos el precio ¡somos peronistas!”?, ¿O la misma Cristina, cuando habla asertivamente de Goodbye Lenin? Lo hacen porque ambos entienden el contexto en que les toca gobernar el país con su gente adentro.

Una enorme parte del pueblo que votó a Juan Perón, el del 62 por ciento en septiembre del ’73, porta en su imaginario las 20 verdades, porque tales perviven didácticas, aptas para entrar en las masas con facilidad. Y no para engañar al populacho, como todo gorila pensaba y piensa, sino para concientizar simple y prácticamente, como el peronismo originario hacía. Es por todo esto que genera polémicas y consensos, que el autor de semejante compendio reconozca lo que al cabo efectivamente reconoce. Que su propósito es elaborar “una” filosofía política del peronismo. Y no “la” filosofía política del peronismo, como se ha intentado con soberbia suma desde variopintos sectores ideológicos. La honestidad de Feinmann, que varios de su condición deberían considerar, al menos, parte desde ahí. Lo que elabora es parte de una interpretación. Es una hermenéutica dialéctica y, como tal, nada definitiva ni definitoria. “Qué cosa el peronismo, caramba. Cómo diablos será posible entenderlo”, rezonga y admite de hecho el autor, a poco de empezar a escupir tinta a raudales.

Vuelta al formato. Los dos tomos se diferencian “formalmente” como una línea de tiempo. El primero va de 1943 hasta 1972 y el segundo, de ahí hasta el golpe de 1976. Pero eso es solo una pantalla. Una forma de atrapar lo inasible, porque Feinmann esquiva insistentemente la linealidad histórica. En efecto, elige contrincantes zigzagueando contextos y espadea con ellos a gusto y piacere. Con algunos no acuerda pero respeta (Milcíades Peña y Eric Hobsbawn, entre ellos). Con otros, se ensaña y bien. El canónico y ensalzado Tulio Halperín Donghi, connotado negador de los muertos de junio del 55’ es uno de ellos. A otros, por contario, José Pablo los mima. Caso Juan José Hernández Arregui, antítesis del negacionista Donghi. Porque no solo hay negacionistas del `76, también los hay del `55-`56, al que este país le debe también su “Nunca más”, sobre todo porque es desde ahí, desde los bombardeos y los fusilamientos, desde donde se tiene que empezar a contar la “memoria completa” que piden los mismos negacionistas.

El escritor tampoco se iba a perder, entre semejante elaboración, discutir consigo mismo. Respecto de su propio vínculo con el Partido Justicialista, por caso. Una relación “heterodoxa” que lo llevaría a irse mientras militaba en la renovación de la década del ochenta y a volver –aunque desde otro lugar- cuando la era de Néstor y Cristina. No es data superflua esta, porque indica con cierta claridad desde qué lugar del alma –porque el alma existe para los peronistas, pese a que materialistas de toda laya se la quieran extirpar- el autor indaga al movimiento. Lo hace, como dicho fue, desde un sentimiento –de aquí lo del alma- que luego se traslada a la razón. A una inacabable capacidad de análisis. Y ese sentimiento justamente parte de una coordenada espacio/temporal definitoria: su militancia universitaria durante los años sesenta, en el “peronismo de izquierda”. Categoría esta que hoy y casi siempre suena y ha sonado a oxímoron, pero cuando José Pablo adhirió a ella, excepcionalmente no. Por eso, en última instancia, ve al peronismo como lo ve, con ojos setentistas en medio de un movimiento que lleva 80 años de historia. Y así lo admite.

De ahí su persistencia.

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