Opinión

Un voto es un dólar

 

 

 

 

La sexualización de la campaña, con cosplayer juguetonas, fotos de sábanas mojadas, yates encendidos y elogios de culos increíbles, son la mostaza del pancho que se discute en el poder. Milei es muy entretenido hasta que se atan cabos. Lo que propone no son locuras. Es un programa económico y político que une liberalismo extremo, venta de recursos estratégicos del país, extranjerización de la moneda y reivindicación del rol de los militares durante la Dictadura. No hay que ser historiador para entender en que genealogía de poder se inscribe ese proyecto.

 

 

 

En la campaña del 2015, el dueño del Grupo Clarín, Héctor Magnetto, le dio a Sergio Massa una lección de realpolitik. «En la Argentina hay sólo dos partidos, el partido peronista y el partido militar. Vos no estás en ninguno de esos dos, así que no vas a ganar», le explicó.

 

 

 

 

Massa entendió todo y cuatro años después, apenas vio la oportunidad, volvió al peronismo. «Afuera del peronismo nunca más», le dijo Malena Galmarini. La síntesis intelectual de Magnetto es interesante porque bucea en patrones culturales, que pueden tomar distintas formas políticas. Hoy la representación de ese partido no-peronista está en tensión, entre Patricia Bullrich y Javier Milei, que por primera vez desde la recuperación democrática se atreve a expresarlo de manera cruda. Un heavy metal de la derecha.

 

 

 

Pero si se mira de cerca, hay más puntos de coincidencia -o menos distancia- entre Massa y Melconian, que entre el economista de Bullrich y Milei. Axel Kicillof dice que Bullrich y Milei proponen lo mismo. Parece más un argumento de campaña que la opinión real de un economista formado, como es el gobernador de Buenos Aires.

Hoy la representación del partido no-peronista está en tensión, entre Patricia Bullrich y Javier Milei, que por primera vez desde la recuperación democrática se atreve a expresarlo de manera cruda. Un heavy metal de la derecha.

 

 

 

Milei juega con la promesa de regresar a un pasado de esplendor argentino, de principios del siglo pasado. Un regreso a la Generación del 80, ahora en versión punk. Y para recobrar ese supuesto estatus de potencia, propone un modelo que tiene como plato fuerte la desaparición de la moneda nacional y su reemplazo por el dólar. Y de esto estuvimos hablando toda la campaña. Lo que se discutió es el modelo monetario que adoptará la Argentina y cual podría ser el valor del dólar.

 

 

 

No es un tema menor y la decisión que se tome tendrá enorme impacto en la estructura económica del país, en los salarios, en la pobreza, en las ramas productivas que ganarán y en las que enfrentarán el riesgo de desaparecer.

 

 

 

Massa, acaso en una relectura sui generis de Mario Diamand, parece proponer un sistema de cambios múltiples con retenciones, que compense los desequilibrios productivos del país y favorezca las exportaciones. Con todos adentro y subsidiados hasta que esto arranque. En el medio, el efecto no deseado de la espiralización inflacionaria.

Un voto es un dólar

 

 

 

Melconian habla de dos tipos de cambio y promete bajar las retenciones, pero en años. Y le pide a Massa que le lleve ya el dólar oficial a 500 o 600, así le ahorra el disgusto de devaluar.

 

 

 

Después discuten sobre el gasto, la deuda, el tamaño y la forma del ajuste y tantos otros asuntos importantísimos, que no impiden percibir que Massa podría ser perfectamente funcionario de Melconian y al revés.

Coincidencias implícitas que eran más evidentes con Larreta, pero que explican la certeza que hay en Juntos sobre la inevitable ruptura si Patricia no ingresa al ballotage. «Milei reivindica la Dictadura, dice que Alfonsín es lo peor de lo peor y quiere terminar con la educación pública, imposible para el radicalismo apoyarlo. Si Bullrich no entra a la segunda vuelta algunos se expresarán públicamente por Massa y otros lo harán por abajo, pero nadie va a estar con Milei», anticipó un de los candidatos radicales más importantes de Bullrich.

La ex ministra se formó en el peronismo, pero su ingreso a la política grande lo hizo con De la Rúa y el grupo Sushi que lideraba su hijo Antonio. Por algún motivo esa matriz terminó definiendo su identidad política, más que su pasado peronista. Bullrich expresa un modelo que en el límite hoy se puede definir como inscripto en el universo radical.

Milei reivindica la Dictadura, dice que Alfonsín es lo peor de lo peor y quiere terminar con la educación pública, imposible para el radicalismo apoyarlo.

 

 

 

Por eso las tensiones con Macri. El ex presidente encontró en Milei la expresión sin complejos de sus convicciones más arraigadas. «Mauricio siempre fue más Blanco Villegas que Macri», sintetizaba un viejo amigo de su padre Franco, que tenía una mirada muy distinta de la Argentina y nunca abandonó la ambición industrial.

 

 

 

En esta discusión que el poder real tantea, las formas distraen del fondo. Pero junto con la irrupción de Milei, que puso en crisis el sistema bipartidario de dos grandes coaliciones, se insinúa un deslizamiento similar en la superestructura económica.

El programa de liberalismo extremo de Milei amenaza posiciones consolidadas de jugadores muy acostumbrados a mandar en la Argentina. Y lo hace de una manera más peligrosa que aquella que insinuó Cristina Kirchner en su segundo mandato. Por eso la virulencia. No son las formas, es el fondo.

 

 

 

Frente a eso, Massa se presenta como el gestor eficaz de una Argentina posible. Un Massa presidente que va a solucionar los desajustes que hizo el Massa ministro. Porque ahora ya no tendrá los condicionamientos de Alberto y Cristina, porque ahora le toca a él. Con el liderazgo del peronismo, incluidos los kirchneristas. Una promesa de estabilización desde la conducción de la política.

Un voto es un dólar

 

 

 

Massa en algún sentido con una trayectoria inversa a la de Bullrich, se reencuentra con el peronismo y desde el ejercicio de la política económica, en la discusión con el FMI, con los factores de poder real, se afianza en esa identidad, cuando los resultados de la gestión dejan de favorecerlo.

«Es por acá, es difícil, pero es por acá», parece decir en un contrapunto con Milei, que pese a las complicidades tácticas, está parado exactamente en la otra punta. Este es un camino terminado, imposible de administrar en su fracaso absoluto. Hay que demoler todo y empezar de nuevo, viajar cien años atrás y retomar el país en el preciso momento que se desvió.

 

 

 

Por eso, la elección de este domingo tiene una densidad política que traspasa como un rayo láser a los candidatos. La incertidumbre que inquieta no es sólo la del supuesto triple empate, esa idea de todo puede pasar, es acaso la percepción de la inminencia de un tiempo distinto.

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