Farándula

Casa Discepolín» se estrena hoy sábado en El Cairo

La experiencia teatral que marcó a una ciudad

El documental que dirige Juan Carlos Frillocchi reúne los testimonios de los protagonistas de uno de los capítulos fundamentales del teatro rosarino.

Chiqui Gonzalez y Cacho Palma casa Discepolín
Chiqui Gonzalez y Cacho Palma. Casa Discepolín Gentileza –

La mención de Casa Discepolín evoca toda una época de experiencia teatral de la ciudad. Conformada en 1981, sus integrantes produjeron obras en un contexto complejo y durante la transición a la vida democrática. Sus integrantes han sido muchos y forman una galería de nombres admirables, dentro de la trayectoria cultural de una ciudad que tiene, gracias a ellos, una marca distintiva. En el documental Casa Discepolín: Érase una vez una comuna teatral, el realizador Juan Carlos Frillocchi reúne los testimonios de quienes formaron parte de aquellos años: Norman Briski, Néstor Zapata, Chiqui González, Juan Carlos Baglietto, Reynaldo Sietecase, Rody Bertol, Miguel y Cacho Palma, Myriam Cubelos, Luis Rubio, entre otros. Casa Discepolín se estrena hoy sábado a las 18, con una única función especial y gratuita, en Cine El Cairo (Santa Fe 1120).

“Con la película intenté dar una visión bastante particular y sesgada de lo que es el teatro independiente, desde la década del ‘50 cuando empieza el TIM Teatro (Teatro Independiente del Magisterio), en donde participaba Néstor Zapata. Luego, Néstor decide irse y crea Arteón, que nace en el ’65. Arteón empieza tratando de seguir con la experiencia de TIM, que era un teatro experimental, pero la década de los ‘60 y los ‘70 ya tienen un componente social muy fuerte, y comienza a participar gente que tenía mucho que ver con lo político de la época. Entre esas personas aparece Chiqui González, que en los ‘70 tiene una participación muy importante”, explica Frillocchi a Rosario/12.

“En los años ’80, ’81, surgen algunas disidencias internas, y el grupo de Chiqui González más otros grupitos que funcionaban dentro de Arteón, deciden crear Discepolín, que aparece en el ’82, en el medio de la guerra de Malvinas y con otras características, que es lo que a mí más me interesó. Porque más allá de que Arteón es algo tremendo, que todavía sigue funcionando, tenía una estructura más vertical, con una persona muy fuerte dándole una identidad y una impronta al grupo. Pero lo de Chiqui, los hermanos Palma, Carlos Giménez, Rody Bertol y Claudia Vieder, era un grupo bastante amplio, de una impronta comunitaria muy fuerte, con una toma de decisión distinta, más horizontal. Eso duró desde el ‘82 al ‘87. Yo trabajé mucho en la Escuela de Teatro, fui jefe de la carrera de Dirección, di clases y trabajé muchísimo con los actores; y el formato comunitario, creo, es una de las cosas que más te pueden acercar no solo a generar proyectos que se puedan cumplir, sino también a pasar momentos que se acerquen a estados de felicidad. O sea, momentos donde la vida genera un sentido. Y eso para mí fue Discepolín”, continúa.

-En aquellos años, ¿cuándo tomaste noticia de Discepolín?

-Yo estudié cine en Buenos Aires, y cuando llego acá en el ’84, me encuentro con Discepolín como un rumor, como algo que existía. Quería estudiar teatro y lo hice con Mirko Buchin, pero sabía de Discepolín, que tenía características de mucha militancia y mucha producción. Era gente que yo observaba desde afuera y sentía que ahí había mucha energía. En los ‘80 hice una película y cuando veo la última obra de Discepolín, uno de los actores, Carlos Giménez, me llama la atención. En el mismo bar El Cairo de aquella época, lo busco y le digo que tenía el guion para un proyecto; a partir de Carlos ingresé a Discepolín y conocí a todos los demás, a Chiqui, a los hermanos Palma, a Rody Bertol, con los que trabajé hasta ahora, pero siempre desde la filmación.

-Son muchos testimonios, ¿cómo fue ese trabajo?

-Cacho y Miguel Palma, con Nelson Abaca, me invitaron a un bar para decirme que querían que dirigiera esta historia. “¡Mirá que somos muchos y queremos meterlos dentro del documental!”, me dijeron. Cacho fue el encargado de empezar a llamar gente, y en un momento empecé a sentir temor: 31 personas, cuatro en Europa y muchos en Buenos Aires. Había que moverse y a su vez había que narrar. No fue fácil. Traté de que, a partir de la charla entre todos estos entrevistados, hubiera una voz, un solo discurso, en donde sientas que cada entrevistado le dice o le responde algo al anterior.

-¿Surgió algo imprevisto durante el rodaje?

-Cuando veo el grupo, encuentro dos personajes posibles, que eran de las líneas jovencitas de Discepolín: Nelson Abaca y Hugo Cardozo. Y se me ocurre meterlos como narradores. Empecé a buscar material y encontré muchos Super 8 de la época. Raúl Bertone tenía una película que había hecho de una de las obras, y a Miguel Palma, vaya a saber por qué, le había agarrado el ataque de filmar. Quiero decir, me encontré con un material muy bueno. Y me encuentro que los dos protagonistas de este relato, que llevan la narración adelante, aparecían allí filmados cuando eran chicos, con 15 o 16 años. Es muy simpático verlos, y gracias al montaje pude hacer una edición de esas imágenes con las de ellos en la actualidad.

-Es Nelson Abaca quien va hilando un poco el relato, ¿no?

-Él se pregunta por qué Discepolín produjo lo que produjo; y por qué, a pesar de caer, estalló y produjo gente que sigue trabajando, que imprimió algo muy potente en la cultura de Santa Fe. ¿Viste cuando se junta gente en un mismo lugar y produce cosas que decís: ¡qué loco!, ¿por qué pasó lo que pasó?”, ésa es la pregunta que se hace.

-Gente que seguramente se dará cita en la función de este sábado.

-Te aseguro que hay varios que hace muchos años que no se ven. En un momento, Cacho habla de fiesta, y cuando la define habla de encuentro; me gustó esa idea. Me parece que en la función se podrá generar un poquitito de esa física del encuentro, con gente que sintió la vida en algún momento de sus vidas. Y eso no es poca cosa.

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