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Damiana Negrin Barcellos relata su arbitraria detención tras la primera marcha contra la reforma previsional

“No hay ni un gendarme ni un policía imputados”

Entre los 44 detenidos el 14 de diciembre, el caso de Damiana se destacó por un video que registró los abusos policiales. Ahora, después de ser sobreseída, cuenta el miedo que sufrió y dice que analiza denunciar a la Gendarmería. “¿Qué tiene que pasar para que nos pidan disculpas?”, pregunta.

 

En el universo de los “memes” que circulan por las redes sociales hay uno que evoca a la princesa Leia de La guerra de las galaxias con su traje blanco, al ser atrapada por los enmascarados soldados imperiales con armas largas, y la compara con la imagen de Damiana Negrin Barcellos, también con un vestido blanco, en el momento que la detiene un grupo de gendarmes que merodeaba la primera manifestación contra la reforma previsional. La brutalidad de la foto de la vida real supera a la de la ficción. El 14 de diciembre, Damiana fue trending topic en Twitter, personaje del día, y le crearon una página en Facebook como figura pública. Su situación, una entre la de 44 detenidos esa tarde, tomó estado público porque alguien filmó desde un balcón a los agentes que la arrestaban mientras intentaba llegar a su casa, uno le manoseaba la cola y la metían en un camión de la fuerza mientras gritaba con desesperación. Estuvo presa un día y le abrieron una causa penal por intimidación pública, igual que al resto. Desde que quedó en libertad quiso hablar, contar y decir lo que se le pasa por la cabeza, pero estaba aterrada. “Tuve miedo puro desde el primer instante, al ver todos esos gendarmes tirándose encima mío, y esa camioneta oscura esperando. Me expresé a los gritos porque si no nadie se iba a dar cuenta, pensé que me iban a desaparecer, que no se sabría nada más de mí. Sólo había visto algo así en los documentales sobre la dictadura”, se desahoga. Ahora está más tranquila porque la sobreseyeron, pero el día que leyó la resolución del juez Claudio Bonadio que la beneficiaba no podía terminar de ponerse contenta. “¿Sabés por qué me absolvieron? –pregunta y responde–. Porque mi tarjeta Sube confirmaba que yo volvía de trabajar y no estaba en la marcha. ¿No es un derecho manifestarse? Aunque tenga miedo, cuando quiera voy a ir igual a las movilizaciones.” Es posible, anticipa, que además haga una denuncia contra Gendarmería por lo que vivió.

Damiana tiene 25 años y es la más chica de tres hermanos. Trabaja todos los días en una papelera, donde es empleada administrativa en el sector de “atención al cliente”. También estudia Cine, aunque está en una etapa de duda sobre su vocación. Le gusta caminar y estar con amigos. Se la ve familiera. Su mamá, Marisa, es brasileña aunque vive en el país hace treinta años y trabaja como asistente social de tercera edad. Su papá,  Hugo, uruguayo, es matemático. Viven en un departamento antiguo reciclado, lleno de cuadros, máscaras y artesanías con impronta latinoamericana, cerca del Congreso. Este era el mundo de Damiana hasta que apareció en portales, memes, redes y de pronto cuando retomó su rutina después de lo que llama con ironía “el mejor día de mi vida”, la empezaron a reconocer en el subte y en la calle. La saludaban y la consolaban. La abrazaron desconocidos. No le gusta cuando le dicen “pobrecita, porque vos no estabas haciendo nada”. Eso es cierto, pero aclara que ella suele ir a algunas movilizaciones. “Lo peor –se le encienden los ojos negros– es cuando me aconsejan que me cuide la próxima vez. ¿De qué quieren que me cuide si a mí me agarró el que me tiene que cuidar?”

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