
El miércoles por la tarde, ocurrió algo inesperado para la política argentina. La popular cantante y actriz Tini Stoessel, por primera vez, se manifestó en un tema políticamente sensible. El gesto fue de una simpleza notable: simplemente, subió a su cuenta de Instagram un hermoso paisaje argentino con la leyenda: “La Patria no se vende”. En esas horas, el Senado se preparaba para debatir la ley por la cual el Gobierno pretendía ampliar la participación de capitales extranjeros en la compra de tierras argentinas. De repente, Javier Milei y Patricia Bullrich ya no discutían con Cristina Kirchner o Axel Kicillof -ese lugar tan cómodo-, sino con un adversario mucho más difícil de vencer: una joven artista popular que, además, como podía comprobar cualquiera a esa hora, no estaba sola.
Cuando un artista popular se mete en el terreno político corre el riesgo de ofender a muchos seguidores que no piensan como él o ella, o en recibir represalias, sobre todo si su opinión difiere de la del actual gobierno. Es una decisión audaz que, dados sus evidentes costos, sólo puede ser motivada por una fuerte convicción. Sin embargo, en esas horas, Lali Espósito, Nicki Nicole, Wos, María Becerra, Emilia Mernes, L-Gante, Dante Spinetta, uno a uno, fueron sumando posteos, convocando a marchas, opinando lo mismo que Tini: que la Patria no se vende.
Tal vez la gente grande no los conozca. Pero todos ellos son artistas con decenas de millones de fans dentro y fuera del país. Algunas de sus canciones han logrado una cantidad de visualizaciones que superan cómodamente la cantidad de seres humanos que existen en el planeta. Millones de jóvenes de todas las ideologías y clases sociales los quieren, los escuchan, los adoran. Milei ya ha agredido a otras personas como Tini: Lali Espósito y María Becerra sufrieron sus bravuconadas, aunque no se dejaron atemorizar. Esta vez, no opinó.

Ese fenómeno político tan novedoso fue acompañado por manifestaciones muy cercanas a la Selección Nacional de fútbol. De hecho, Stoessel es desde hace varios años la pareja de Rodrigo De Paul, el talentoso mediocampista, íntimo amigo de Lionel Messi. Lisandro López, uno de los dos centrales del equipo argentino, sumó su propio posteo. Y Antonella Roccuzzo, la mujer del mejor jugador de la historia, le dio like a una editorial en la que Diego Leuco, un periodista que fue siempre muy crítico del kirchnerismo, cuestionaba la iniciativa oficial. Otra vez: el enemigo esta vez no tenía el rostro de Cristina Kirchner. Era más fresco, popular, masivo y por ende menos vulnerable.
La Selección Nacional ya había hecho su aporte al inesperado fervor nacionalista que atraviesa en estos días a un sector importante de la sociedad argentina. Fue hace tres semanas, apenas terminado el partido en que habían derrotado a Inglaterra en una épica semifinal. Antes del match, el gobierno de Javier Milei había aceptado que ningún argentino ingresara al estadio con imágenes de las islas Malvinas. “Con el mapita de Malvinas, no se puede entrar”, precisó su ministra de Seguridad, en una intervención notable. “Mapita”, dijo.
Pero alguien llevó al estadio una sábana con la leyenda “Las Malvinas son Argentinas”, y la arrojó al campo de juego en medio de los festejos. Los jugadores de la Selección la extendieron sobre la cancha y luego la exhibieron ante el mundo entero. El contraste entre ese gesto y el del Gobierno fue tremendo. “Las Malvinas no se recuperan con gestos de adolescentes termoneuronales”, dijo, para colmo, Milei en ese contexto. Además, Cuti Romero, el otro central del equipo, evitó saludar a Donald Trump al recibir la medalla de plata.

Todo este recorrido tal vez aporte elementos para entender por qué el Gobierno debió retirar el capítulo de la ley de “inviolabilidad de la propiedad privada” con la que intentó, primero, eliminar cualquier límite para la compra de tierras argentinas por parte de extranjeros, y luego elevarlo significativamente. Más allá del contenido de la ley, evidentemente, muchísimas personas estaban inquietas ante la posibilidad de que Milei y los suyos vendieran “la patria”.
Y el Gobierno hacía un enorme aporte para convencerlos. Una de las escenas que quedarán grabadas para siempre fue un fragmento del reportaje que Eduardo Feinmann le hizo esta semana al canciller Pablo Quirno.
–¿Pero podría un extranjero comprar un pueblo o una provincia entera?—preguntó Feinmann.
Quirno no dudó:
–Sí. Podría. Y sería muy beneficioso.
La viralización de ese diálogo potenció todos los sentimientos previos. No era para menos: el canciller argentino proclama que está dispuesto a vender provincias enteras. ¿Qué podría entender cualquier persona normal?

El Gobierno salió de las elecciones de octubre pasado muy fortalecido y empezó a aprobar leyes –el super RIGI, la reforma laboral— a velocidad crucero y por amplia mayoría. No está claro aún si esas leyes sirvieron para lo que se decía que servían. Por ambas normativas se favoreció a sectores muy poderosos de la economía con el argumento de que aumentaría la inversión y el trabajo en blanco. Por ahora, ninguna de las dos cosas sucedió. La luna de miel comenzó a debilitarse a medida que el malestar económico se profundizaba y, luego, con el extenso debate acerca de los gastos inexplicables de Manuel Adorni, a quien el Presidente volvió a respaldar en uno de sus últimos reportajes.
Esta semana pareció claro que el clima político cambió. Los voceros del Gobierno intentaban instalar su discurso pero ya nadie los escuchaba, salvo cuando patinaban. Y patinaban a cada paso. “La patria no se vende”, retumbaba en algunas canchas de fútbol y, sobre todo, en el estadio Movistar Arena, donde miles de jóvenes con capacidad adquisitiva cantaban la consigna, mientras Rosalía, la genial cantante española, agitaba la celeste y blanca desde el escenario. En ese contexto, se supo que un senador era propietario de una inmobiliaria que vendía tierras a extranjeros. La peligrosa idea de un gobierno “vendepatria” amenazaba con instalarse.
Pero el problema no es solo la ley en cuestión. Desde el mes de febrero, entonces, la situación se ha complicado. Eso lo reflejan absolutamente todas las encuestas, que hasta hace poco el Presidente difundía con orgullo y ahora pone en duda. Se trata de uno de esos momentos que atraviesan todos los gobiernos, en los que sería recomendable ser sensible a las dificultades que padecen las personas de carne y hueso. Sin embargo, por momentos pareciera que el cansancio, el dogmatismo, o el apuro producen el efecto contrario y es el mismo Gobierno, como en el caso de Quirno, el que agrava sus propios problemas y agrede a sus interlocutores.
En todos los sondeos aparece como uno de los principales problemas la dificultad para llegar a fin de mes. En contraste, el Gobierno se encierra en una agenda que no le habla a quienes la sufren. Inviolabilidad de la propiedad privada, inocencia fiscal, independencia del Banco Central: ¿de qué manera esas iniciativas interpelan a un trabajador en negro con un ingreso de 700 mil pesos? Lo que quedó de esa ley destripada que aprobó el Senado, ahora irá a Diputados, donde las estrellas del oficialismo deberán explicar, entre otras cosas, por qué simplifican el procedimiento para desalojar a inquilinos desesperados porque no llegan a pagar un alquiler que hace dos años podían pagar.

Esa disociación se profundizó esta semana cada vez que un periodista le preguntó a un funcionario qué va a hacer el Gobierno para aliviar la situación de 7 millones de deudores morosos. Las respuestas parecen destinadas a ofenderlos:
–Nadie les puso una pistola en la cabeza para que se endeudaran—les dijo el Presidente, en tono muy airado y aleccionador.
–Es un riesgo moral intervenir. Son acuerdos entre privados—agregó el ministro de Economía, unos días antes de tratar de “tarados” a quienes se preocupan por la situación de la industria.
-Es un problema digestivo (?) –aclaró el presidente del Banco Central, Santiago Bausili—No podemos acelerar el proceso. Se trata de un acuerdo entre privados. Además, hemos hablado con el sector privado y ellos no quieren que intervengamos.
El periodista Maximiliano Montenegro cuestionó estas respuestas con sentido común. “No le digas que es un inútil y que se está fundiendo por su culpa a un empresario pyme al que le siguen aumentando las tarifas de servicios públicos, y tiene su carga impositiva, tiene deuda con ARCA, con la provincia, con el municipio. Tiene las ventas por el piso y la rentabilidad destruida porque le vienen subiendo todos los insumos, el costo salarial, los servicios. Y no pueden remarcar porque no hay actividad. Al que está moroso no le digas que fue un idiota de tomar un crédito porque por ahí necesitaba ese crédito para complementar ingresos porque no llegaba a fin de mes. No le digas que es su responsabilidad porque no evaluó y nadie le puso una pistola en la cabeza”.
La realidad es que en 2024 el Gobierno puso en marcha un plan que derrumbó salarios y jubilaciones a partir del shock inflacionario y del aumento de los servicios. En ese contexto de reducción de ingresos, las mismas personas que los sufrían eran acosadas por billeteras virtuales que les ofrecían créditos a un solo click, a tasas increíblemente altas, desreguladas por el mismo gobierno. La tentación era mucha, especialmente porque el mismo Presidente prometía que rápidamente los salarios se recuperarían. Las deudas crecieron enormemente luego de la suba brutal de tasas de interés, que decidió el mismo Banco Central en agosto de 2025. Pero los salarios no subieron. Fue una trampa mortal, en cuya construcción el Gobierno jugó un rol muy activo. Encima de todo eso, le dicen a los deudores que se arreglen solos que es tema de ellos. Bausili dice que habló con los privados y le dijeron que no interviniera. ¿Se referirá a todos los privados o solo a los acreedores? ¿No es evidente en su propia formulación que hay un costado del problema que ni siquiera contempla?
A eso se refirió el jefe de la Iglesia, Ignacio García Cuerva, en su homilía por el Día de San Cayetano. “San Cayetano, aquí tienes a tu pueblo, que no quiere resignarse a que el trabajo sea una mercancía, y que haya que tener dos o más empleos para llegar a fin de mes, o caer en la trampa de los créditos que endeudan y asfixian a muchísimas familias”.
Si un Gobierno no debe ocuparse de un drama que afecta a 7 millones de personas, y que por eso, además, se transforma en un problema serio para la macroeconomía, ¿de qué debería ocuparse?
Problema digestivo, arreglo entre privados, mapita de Malvinas, vender provincias enteras, nadie les puso una pistola en la cabeza, los tarados que hablan de la industria, gestos de adolescentes termoneuronales.
Tal vez sea un error de percepción.
Pero parece pertinente preguntarse si el Gobierno no empieza a pavimentar el camino hacia una derrota.

