“…sostenemos que el odio existe, que hay matices y diferentes figuras del odio, que van desde el odio como afecto presente en todo ser humano, al odio puro, destructor y que busca la eliminación del otro. También sostenemos que existen los discursos de odio y que, en tanto tal, ejercen su función performativa sobre la subjetividad, llevando a acciones que pueden tener magnitudes insospechadas…”

(Marité Colovini, nota en Diario La Capital, 9/8/22)

Milei fue elegido presidente por el voto del pueblo argentino. De entre los cinco candidatos a la presidencia, ganó el más violento, el que tiene menos experiencia y menos equipos para gobernar, el que presentó la propuesta más extrema. Su campaña electoral no tuvo doblez, dijo lo que quiere hacer desde el primer día y la mayoría lo votó. ¿Eso significa que el pueblo argentino reivindica el genocidio militar, la libre tenencia de armas, la privatización de la salud y la educación, la pérdida de la soberanía de nuestra moneda y la comercialización extrema de la vida, entre otras ideas?

Hemos escuchado la torpe pasteurización de su discurso en el último mes, quizá como condición de Macri y Bullrich para apoyarlo. De igual manera, su discurso como candidato ganador fue contundente: se viene el estallido. Anunció, con irresponsabilidad o vileza, que aplicará su propuesta liberal de manera intempestiva e innegociable, sin medias tintas y sin medir las consecuencias. Será en breve el presidente de todo el pueblo argentino, pero ya dejó claro que en su gobierno no habrá lugar para las voces que no acuerden con sus “ideas de la libertad”. Su discurso expone una ética de anulación del otrx.

Muchxs no logramos conciliar el sueño pensando ¿Por qué la mayoría del pueblo argentino lo eligió? Inevitablemente, la primera respuesta se encuentra en los malos resultados del gobierno de Alberto Fernández. Un presidente que se vació de poder político en un camino de negociaciones interminables con todos los sectores en el que olvidó su promesa con el pueblo que lo votó en 2019 y su compromiso con una coalición electoral que lo apoyó. Su bandera de lucha contra la desigualdad en defensa de los sectores más postergados no tuvo efectos reales y palpables.

Alberto Fernández no pudo o no supo reconstruir un proyecto de país con justicia social ante el descalabro político social y económico que dejó Mauricio Macri. Es cierto que hubo factores que se relacionan con los malos resultados como la crisis post Macri (con un feroz endeudamiento), la pandemia mundial del coronavirus, la guerra de Ucrania, la re emergencia de la ultraderecha en todo el mundo y las consecuencias del cambio climático, entre otros.

Sin embargo, la realidad es brutalmente visible cuando uno entra a la verdulería y las excusas no son suficientes. Aún así, el voto bronca, el voto desilusión, el voto reactivo anti oficialismo tampoco creo que sea argumento suficiente para explicar la llegada de un candidato con discurso fascista a la presidencia. Hemos escuchado mucho en las últimas semanas frases como “no va a dolarizar la economía” o “no va a privatizar la salud y la educación”, mientras los videos de Milei anunciando salvajemente su propuesta circularon hasta el hartazgo. Incluso, sus extremas ideas están plasmadas por escrito en su propuesta electoral que quizá la mayoría de sus votantes no leyó. Parece como un enloquecedor mecanismo de autoengaño para justificar el voto. Algo así como “lo voto confiando en que no implemente las propuestas que hizo en su campaña”. Voto que asume la necesidad de que el candidato esté mintiendo. Voto que no soporta argumentación más allá del odio irracional. Estamos ante el fenómeno “voto anti algo” más contundente de nuestra época.

Byung Chul Han, filósofo surcoreano, expuso ideas que podrían ser útiles para explicar el fenómeno Milei presidente en Argentina. En su libro “En el enjambre” invita a pensar que ya no son las masas (los espacios colectivos) los que agrupan a las personas en una sociedad. La masa como dispositivo de organización social está caracterizada por la fusión de los individuos a un conjunto social más grande que los convoca y los contiene. La masa está cohesionada por una ideología que une y guía. La conducción está en manos de quienes mejor representen y defiendan esa ideología. Para Han, en esta era de las redes sociales como modo de relación dominante, la organización de las personas ya no se parece a la masa. El enjambre de abejas, caótico, cambiante, circunstancial y lleno de ruido, es un modelo que explica mejor los movimientos sociales de hoy. Primero, en el enjambre no hay fusión de individuos en un conjunto mayor. La individualidad no desaparece nunca.

Segundo, tampoco hay ideología histórica que cohesione al conjunto. Y en consecuencia, la representación está en permanente crisis. Por lo tanto, un discurso reactivo y violento puede atraer a los individuos como un dulce a un enjambre de abejas. Pero, está atracción es circunstancial, efímera, mutable y los individuos en ese movimiento social no necesariamente tienen un piso de acuerdo ideológico ni reconocen la representatividad de un líder. Lo que caracteriza al enjambre, dice Han, es el ruido y el movimiento nervioso y continuo. A riesgo de ser duramente criticado por intelectuales del campo social, me atrevo a plantear como supuesto que el fenómeno Milei presidente es un ejemplo del nuevo modelo social que describe Han.

El 55% de votantes de La Libertad Avanza no constituyen un conjunto social de personas que se fusionan en un todo cementado por una posición ético política. “Las ideas de la libertad” de las que habla Milei son un amasijo de contradicciones que ni el propio Milei pudo justificar en un debate abierto hace una semana atrás. ¿Cuál es el proyecto de país que votó la mayoría? Nadie puede explicarlo con claridad. El único punto de comunión de ese 55% del electorado parece ser el odio. Las emociones negativas, por definición abruptas e irracionales, son las que dan sustento a este personaje caricaturesco, violento y fascista que se convirtió de la noche a la mañana en presidente de la Nación. Ese odio impregnado en la sociedad argentina fue el dulce que movilizó, coyunturalmente, al enjambre.

Es necesario aclarar que esta interpretación urgente del resultado electoral está empapada con el sudor de mí tristeza. Una tristeza que me empuja a pensar y escribir casi compulsivamente. Una tristeza que dispara una imperiosa necesidad de reflexión crítica. También, es impostergable ubicar los rostros de personas reales y no caer en reduccionismos cobardes al momento de señalar a los votantes de Milei como enemigos. Ni tampoco calificarlos de irracionales o ignorantes.

Entre esos millones, encuentro personas que aprecio y respeto aunque hoy no puedo coincidir ni entender su voto. Me parece que las ideas de Han, entre otros, nos ofrecen líneas para pensar los modos de relaciones humanas actuales y los dispositivos sociales en los que estamos encajados. Es casi imposible identificar a alguien que no use redes sociales. Mucho más difícil es ubicar a alguien que no utilice diariamente su teléfono celular inteligente. Entonces, ¿Es posible la creación de colectivos sociales con ideologías firmes en un contexto en el que la individualidad tiene una amplificación virtual permanente y una hipercomunicación infinita?

Eric Sadin, filósofo francés, señala que estamos viviendo en una era digital en la cual la percepción de todos los fenómenos de la realidad está mediada por celulares inteligentes con conexión continua y flujos interminables de datos. Esa hipercomunicación individual infinita genera algo así como una capa matemática que recubre todo lo que vivimos. Hoy, para saber si va a llover buscamos el pronóstico en una app del celular antes que mirar el cielo. Esto que describe Sadin, es el modo en el cual la tecnología instaló rápidamente nuevos modos de relaciones y de percibir el mundo. Entonces, tomando las ideas de Sadin cabe preguntarnos ¿Es posible sostener un pensamiento crítico y una construcción colectiva con otrxs para disputar el sentido común de la sociedad cuando un mensaje en un red social en segundos puede producir impacto subjetivo en millones de personas?

En fin, el fenómeno Milei presidente es un exponente de un nuevo mundo social que quizá aún no comprendemos. Un hijo de la pandemia de la que no salimos mejores ni más solidarios ni reforzando la necesidad de un Estado presente. Un emergente de la crisis de representatividad en esta era digital, en la que Instagram y TikTok parecen tener más influencia que la militancia barrial, las luchas colectivas o la charla compartiendo un mate. La ultraderecha ha capitalizado con más eficacia las crisis y los modos dominantes de comunicación de la actualidad.

Lo preocupante del momento es la crueldad y la violencia que caracteriza este fenómeno. Hanna Harendt, escritora y filósofa alemana, habló de la banalidad del mal al identificar cómo un ingeniero o un operario del nazismo tenía en su cabeza una escisión entre su tarea específica y la máquina de exterminio masivo. Con cierta analogía, podemos preguntarnos si el voto a Milei se puede interpretar como un apoyo a la dictadura, a la erosión de los derechos humanos, a la violencia como modo de relación, a la anulación del otrx como modo de gestión y a la cruel profundización de la desigualdad. Milei no es Hitler ni sus votantes, militares nazis pero, podríamos identificar alguna similitud en el mecanismo que separa un acto puntual de sus consecuencias últimas. Porque hoy es triste asumir que la mayor parte del pueblo argentino eligió el discurso del odio.

Tal vez, este texto no es otra cosa que un angustiado y apresurado intento de explicar los resultados electorales. Tal vez, estás líneas son producto del desamparo que me genera pensar que el destino del país descansará en manos del más violento de los candidatos. El desasosiego que despierta escuchar que en su primer discurso, ya como ganador, refuerza una posición política innegociable, agresiva, amenazante e impregnada de odio. Estás líneas encubren la urgencia, con la que muchxs despertamos el día después, de encontrar análisis que permitan sostener que el 55% del pueblo no elige el odio y la violencia como modo de relación.

Hoy, nos urge creer que la palabra, el abrazo, el gesto solidario, la reunión y el encuentro con otrxs siguen siendo los modos de construcción de una comunidad que aloje respetuosamente las diferencias, aunque el discurso del presidente electo diga lo contrario.