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El jamón, el piolín y la poesía perdida del poder

Si hubieran escuchado la apertura de sesiones ordinarias del Congreso 2026 algunos de nuestros grandes poetas —Enrique Cadícamo, Jorge Luis Borges, Alfonsina Storni, Oliverio Girondo— probablemente habrían quedado mudos.

No por admiración, sino por perplejidad.

El presidente Javier Milei inauguró el año legislativo con una batería de invectivas que incluyeron términos como kukas, chilindrina troska, cavernícolas, comunistas asesinos, oligarca disfrazado de pordiosero. Y algunas más creativas todavía: “Me encanta domarlos”, “hacerlos llorar”, “andá a buscarla al ángulo, kuka”, “seguí llorando”.

Esta oratoria singular hoy no se aceptaría ni en las populares de fútbol.

Una abogada argentina, por mucho menos, estuvo con tobillera electrónica en Brasil, recién pudo salir de ese país dos meses después.

No es que la política argentina haya sido siempre delicada. Pero hay algo nuevo en esta época: la pobreza poética del poder.

Frente a ese lenguaje brutal, uno recuerda inevitablemente a Enrique Cadícamo, que en plena crisis del treinta escribió una de las metáforas sociales más perfectas del tango:

“Si habrá crisis, bronca y hambre, que el que compra un poco de fiambre hoy se morfa hasta el piolín.”

Comerse hasta el piolín: no dejar ni el hilo con que venía atado el fiambre. La miseria total convertida en poesía popular.

Cadícamo escribió eso después del crack del 29, cuando el mundo financiero se desplomaba. Hoy nos dicen que no hay un crack comparable.

Pero la gente camina por las calles con hambre, con asco, con desesperación. Quizás no haya crisis financiera. Pero seguro tenemos una crisis de oratoria.

Intentemos reparar ese desperfecto histórico.

Imaginemos, delirando un poco, que detrás de nuestros funcionarios públicos se esconden grandes poetas en potencia.

Que el presidente es Cadícamo, que sus ministros son Homero Manzi, Borges o Alfonsina Storni. Traduzcamos entonces las frases del poder al idioma poético.

El presidente explicó la lógica económica del momento: “Si hay una empresa que cierra, a lo mejor se pierden puestos de trabajo, pero esos bienes que producía esa empresa eran tres o cuatro veces más caros que los importados.”

Cadícamo quizás lo habría dicho así: “Traé jamón de afuera que el criollo encarece el mostrador; pero el fiambre importado no paga el sueldo del pibe que afila el cortador”.

La idea oficial es conocida: los empleos que se pierden se crearán en otros sectores. El presidente lo resumió de forma directa: “Si no se adaptan al nuevo mundo, van a quebrar.”

Versión barrio: “Si el barrio no se adapta al nuevo mundo, que cierre el viejo almacén y que el hambre aprenda inglés.”

La filosofía detrás de estas frases tiene nombre. Se llama “destrucción creativa”, concepto del economista Schumpeter: los sectores ineficientes desaparecen, el capital se desplaza hacia actividades más productivas y el mercado decide quién sobrevive.

Poético eso de destrucción creativa. ¿Quién dijo que los economistas sólo miran cifras?

“Destrucción creativa, dicen los doctores del mostrador; destruyen el viejo laburo y te piden que inventes otro mejor.”

El vocero presidencial Manuel Adorni también aportó su cuota de poesía patriótica. Viajó con su mujer a hoteles de cinco estrellas en Estados Unidos porque —según explicó— iba a “deslomarse”.

Deslomarse es un verbo precioso. Lunfardo puro. “Allá se desloman una semana entre discursos y avión; acá el fiambrero se desloma todo el día pa’ que alcance el jamón.”

El mismo vocero explicó además que pretender proteger ciertas industrias es como querer vender televisores en blanco y negro. El mundo —dicen— ahora es a colores.

Puede ser. Pero en la mesa del barrio pasa otra cosa: “Dicen que el mundo es a colores y que el blanco y negro murió; pero en la mesa del barrio el hambre sigue en blanco y negro, señor.”

La economía habla de sectores. La vida habla de personas. Cuando un sector desaparece, las personas no desaparecen, las desaparecen. Se van del país, se precarizan, manejan aplicaciones de reparto o atienden call centers.

Esa es la versión real de la modernización. Mientras tanto, pocos días antes del último 24 de marzo, la Justicia anunció la identificación de doce personas desaparecidas durante la dictadura en el predio de La Perla.

Los cuerpos no desaparecen. Son desaparecidos. La economía puede hablar de sectores que desaparecen. Pero la historia argentina sabe que las palabras pesan. Textiles, construcción, gastronomía, pymes industriales: sectores enteros están siendo estrangulados.

Cadícamo lo resolvió hace casi un siglo con una metáfora perfecta: “Si hay hambre, el que compra un poco de fiambre se come hasta el piolín.”

Hoy nos aseguran —deslomándose en hoteles cinco estrellas— que el mundo es a colores, que el mercado decide y que el que no compite desaparece. Pero en la mesa del barrio la escena sigue siendo otra.

Atahualpa Yupanqui lo dijo mejor que cualquier economista: “Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas.”

El jamón viaja por el mundo. El capital cambia de mostrador. Y el que corta el fiambre sigue mirando el plato vacío.

Quizás por eso seguimos necesitando, más que nunca, poetas.

Aunque sea para recordar algo que los economistas olvidan: cuando falta el jamón, el pueblo no se come sólo el piolín.

A veces también termina comiéndose las palabras de quienes creen que pueden hacerlos desaparecer.

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