El gobierno de Javie Milei encontró un sector que no esperaba para enfrentar masivamente sus políticas de ajuste: el mundo universitario. La marcha convocada para mañana en defensa de la educación superior, amenazada de muerte por los recortes dispuestos en el plan oficial, activó las alarmas del entorno presidencial. Tanto descolocó en la Casa Rosada el llamado a una movilización que promete ser multitudinaria que el propio Presidente se puso a la cabeza del amedrentamiento para intentar restarle fuerza. Por un lado, ordenó a la ministra de seguridad, Patricia Bullrich, a que el día de la marcha active el «protocolo antipiquete», lo que en términos políticos podría traducirse como una amenaza no muy velada de represión. Por otro lado, intensificó sus ataques a las universidades, pero ya no sólo las públicas, sino también las privadas. Y para completar, motorizó a través de sus redes su otro caballito de batalla: que en las aulas más que enseñar, se adoctrina. Referentes del mundo académico refutaron ese supuesto libertario y explicaron por qué la necesidad de defender la enseñanza universitaria estatal.

«Siempre se habla desde un marco teórico y justamente la libertad de cátedra, un valor en el aula universitaria, apunta a que los profesores y las profesoras no oculten sino que tematicen sus perspectivas y expliciten que la mirada que sostiene una cátedra o una persona es determinada, situada”, dice Graciela Morgade, vicedecana de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. “En la universidad, en las humanidades y en las ciencias sociales, el pluralismo es un valor y la perspectiva que sostenemos en la facultad estimula el pensamiento crítico, contrasta y permite la confrontación de ideas. El posicionamiento particular de una cátedra también se confronta con las ideas del estudiantado, las biblografías y los debates. Además, cuando el presidente nombra a sus perros, está mostrando algo de su propio encuadramiento teórico-politico-ideológico”.

Para Morgade “la impugnación del adoctrinamiento ocurre porque no se conoce qué sucede en las aulas de las universidades nacionales. El latiguillo del adoctrinamiento tiene que ver también con que estudiar en la universidad publica implica participar en una institución que está cogobernada por estudiantes, graduades y profesores. El cogobierno, la gratuidad y la libertad de cátedra son valores desde la Reforma de 1918 y el decreto de Perón de 1949. Hay un sentido colectivo de la educación en nuestro país que se da como experiencia extraordinaria comparado con el resto del mundo. Es un orgullo y un pacto civilizatorio para nuestro pueblo. En la llamada ‘batalla cultural’ se buscan atacar los fundamentos de la construcción de lo púbico, de lo colectivo, de la memoria y de las luchas. Hacia el 23 de abril, en las clases públicas, en los medios y en esta misma nota ponemos el énfasis en que defender la educación y la universidad pública es defender la condición de posibilidad de la igualdad y del futuro para las jóvenes generaciones”.

“Lo que se quiere sostener cuando se instala la idea de un supuesto adoctrinamiento, es plantear la idea de que todas las prácticas educativas supongan una sumisión absoluta para evitar las críticas al orden establecido. Es una operación discursiva que quiere instalar el significado de que ser sumisos es un estado natural y deseable», dice Darío Martínez, docente de Comunicación y Educación de la Universidad Nacional de Quilmes.

“Creo que es una excusa, de ningún modo una razón, para profundizar el recorte presupuestario a las universidades públicas”, sostiene Matías Dreizyk, docente de la Universidad de Córdoba, ex secretario del Consejo Directivo de la Facultad de Psicología. “La educación en todos sus niveles promueve el desarrollo del individuo libre con pensamiento propio y tiende a generar abordajes sobre la realidad desde el pensamiento crítico. Por el contrario, el adoctrinamiento se lleva adelante en espacios cerrados de grupos o comunidades donde prevalece el pensamiento mágico como forma de abordar el mundo. Se está golpeando a las universidades en sus pilares fundamentales desde la Reforma de 1918, como lo son la libertad de cátedra, que permite al docente dictar sus clases en un marco de democracia y pluralismo epistémico, y la autonomía, que representa una forma de sostener una enseñanza de calidad a pesar de los embates y gobiernos de turno. Este tipo de ataque es una forma de instalar un régimen de gobierno autoritario que no permita el ejercicio del pensamiento por fuera de su ideología”.

“Lo primero que se me ocurrió hacer cuando el presidente acusó a las universidades nacionales de hacer adoctrinamiento fue ir al diccionario de la RAE. Aclaro lo de la RAE para que no vayan a pensar que mi fuente sea la Escuela Superior Peronista o algún diccionario cubano de Casa de las Américas”, ironiza el comunicador y periodista Gabriel Wainstein de la Radio Mestiza de la Universidad Nacional Arturo Jauretche. ¿Qué quiere decir doctrina?, se preguntó. “En su primera acepción dice ‘Enseñanza que se da para instrucción de alguien’. Entre los sinónimos menciona: saber, sabiduría, enseñanza, erudición y ciencia. La segunda acepción es ‘Norma científica, paradigma’. Para estar más seguro, fui al diccionario etimológico, que explica: ‘Doctrina, del latín doctrina: ciencia, sabiduría. La raíz está en el verbo latino docere: enseñar. O sea que cuando Milei acusa a las universidades de hacer adoctrinamiento, las está acusando por cumplir con su función. Algo así como acusar a los colectivos de llevar gente de un lugar a otro, o a la farmacias de vender medicamentos. Evidentemente el presidente, con su paupérrima formación de universidad privada, no consulta el diccionario, tal vez vio algo en Twitter, su fuente de saberes. Ahora, él usa esa palabra desde un imaginario donde habría comisarios políticos vestidos con uniformes del Ejército Rojo en cada aula verificando que se transmita lo que el Partido ordena. Lamento desengañarlo».

En las universidades nacionales hay libertad de cátedra y los profesores llegan por concurso. Por otra parte, los alumnos tienen su propia conciencia crítica que les permite filtrar lo que el docente dice. Si alguna vez hubiera transitado los espacios de las universidades nacionales, Milei se daría cuenta de la enorme diversidad de ideas que circulan en ellas. El problema es que el petrificado cerebro del primer mandatario sostiene la rigidez de su ideas y su naturaleza mineral deriva en la incapacidad de ejercer la conciencia crítica frente a su propio ideario rígido e inmutable”.

«Para que exista y funcione el adoctrinamiento hacen falta por lo menos dos elementos. Uno es la palabra autoritaria del docente y el otro, la cabeza hueca del estudiante el estudiante cuya cabeza está lo suficientemente hueca como para que la palabra del docente penetre y sea recepcionada pasivamente, sin hacer nada con ella», advierte Martín Kohan, docente de la carrera Artes de la Escritura de la Universidad Nacional de las Artes. “Yo no conozco docentes que hoy en Argentina sean mayoritariamente o medianamente autoritarios. Habrá quizás, pero de ninguna manera es lo dominante ni justifica una caracterización de estado de cosas de la educación, para nada. Y dos, seguro que no hay un estudiante con la cabeza hueca porque eso es humanamente imposible y comunicacionalmente, inaceptable».

Para el escritor, autor de la novela Ciencias morales, «tomamos posición, expresamos lo que elaboramos de lo que estamos enseñando y eso, de ningún modo, va a imponerse como palabra autoritaria, en la medida en la que uno no exige que el estudiante lo reproduzca pasivamente». «Uno expone una posición, entre otras posibles, y los estudiantes devuelven sus lecturas y perspectivas sobre lo que uno dijo, porque no son receptores pasivos. Hacen algo, ¡hacen mucho con eso! Y en eso consiste una clase: todos pensamos, todos elaboramos, todos discutimos», sintetiza.

Para Nicolás Grandi, profesor de la carrera de Física de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de La Plata, el adoctrinamiento tiene que ver “con una idea generalizada durante los últimos veinte, treinta años: considerar al estudiante como objeto pasivo y al docente, el sujeto de la educación, como si el primero fuera una plantita y el profesor, quien la riega. Así, sería resonsabilidad del docente no tirar agua podrida. El proceso educativo no funciona así, nadie aprende de manera pasiva, todo lo contrario». Grandi opina que “hay que hacer un esfuerzo cognitivo para incorporar conocimientos y en ese contexto es imposible pensar que un docente le haga pensar cosas que contradicen la visión que el estudiante tiene del mundo. Lo que sí suele suceder es que las personas que están en la universidad, al tener mayor formación, repudian la visión de la derecha que tiene un discurso hecho para personas ignorantes. Pero eso es culpa de la derecha, no de la universidad. Cuando uno piensa, se da cuenta de que lo que dicen algunos voceros de la derecha son pavadas”.

 

Tal vez, como dice el pensador y lingüista Noam Chomsky, en la Argentina, como en el resto del mundo actual,“estamos en una situación peligrosa, pero hay muchas oportunidades para el activismo y los movimientos sociales progresistas. Cómo se desarrollará depende de las decisiones que tome la gente. De cuánto nos involucremos en explotar las oportunidades que están disponibles para avanzar en muchos frentes, desde el personal e individual hasta el social e internacional”.