Uno de cada tres argentinos se quiere rajar del laburo: la guita es una mierda y la falta de futuro los vuelve locos
El informe de Randstad llega como una postal del descontento disfrazada de estadística: el 33 por ciento de los trabajadores argentinos tiene un pie fuera de su oficina, y el 10 por ciento ya concretó la huida en el último semestre. Pero si uno escucha al Gobierno, todo está bajo control. La movilidad laboral bajó un punto respecto al año pasado. Un triunfo. Como si el problema fuera la cantidad de gente que se va y no la razón por la que lo hace.
El estudio, que mide las intenciones de cambio en 34 países, muestra que la estabilidad en Argentina no es tal. Lo que hay es un congelamiento por miedo. El contexto de incertidumbre, la inflación y una macroeconomía que no termina de arrancar empujan a los trabajadores a una actitud conservadora. No es que no quieran irse: es que no saben adónde.
La demanda laboral no crece, la actividad económica no repunta, y el único que parece creer en el rebote es el presidemente Javier Milei, sentado en su escritorio mirando el índice de precios como quien mira el marcador de un partido de fútbol.
Los números generacionales son una bomba de tiempo. El 39 por ciento de la generación Z ya está buscando la salida. Los millennials le siguen con un 35. Mientras tanto, los baby boomers, esos que tienen la jubilación a la vuelta de la esquina, apenas se mueven un 19 por ciento.
El mensaje es claro: los que tienen décadas por delante no quieren pasarlas en este país. Milei puede dar todas las conferencias que quiera, pero los pibes ya no le compran el verso. No quieren estabilidad medida en puntos de inflación; quieren un sueldo que alcance, un trabajo que no los mate y un futuro que no sea una incógnita.
Andrea Avila, la CEO de Randstad para la región, sale con el discurso corporativo de siempre: oportunidad para fortalecer la propuesta de valor, compromiso y fidelización.
Pero en un país donde el salario es el principal motivo de renuncia para el 50 por ciento de los encuestados, la charla motivacional queda ridícula. El problema no es cultural, es monetario. No es que no les guste el clima laboral: es que no les alcanza para el bondi.
Y ahí aparece la brecha más patética. El 70 por ciento de los trabajadores dice que el empleador ideal es el que paga bien, pero cuando evalúan a su empleador actual, ese atributo cae en picada. Los mismos jefes que piden compromiso, son los que ofrecen monedas.
Los que venden propósito, entregan recibos de sueldo que apenas cubren el alquiler. La falta de oportunidades de desarrollo profesional, el balance vida-trabajo que no existe y el ambiente tóxico completan el combo de razones para pegar el portazo. Pero la bronca principal es una: el bolsillo no da más.
Las mujeres, como siempre, la tienen peor. El 52 por ciento de ellas cita el salario como motivo de renuncia, contra el 48 por ciento de los varones. Mientras tanto, los tipos se van por malos jefes o porque el trabajo no les interesa.
Un clásico: a ellas las ahoga la precariedad; a ellos, el aburrimiento. La brecha salarial no es un invento de la izquierda: es un dato duro que Randstad pone en la mesa y que Milei, por supuesto, prefiere no ver. Total, él ya tiene su puesto asegurado.
Lo peor de todo es que el propio estudio le da la razón a quienes se quieren ir. El 63 por ciento valora las oportunidades de desarrollo, pero cuando miran a su alrededor, no las ven.
Las empresas argentinas, en su mayoría, siguen atrapadas en la lógica del corto plazo. No forman, no promueven, no cuidan. Y el Estado, en lugar de empujar un cambio, se dedica a desregular y a esperar que el mercado haga el trabajo sucio. Mientras tanto, el talento se va, no necesariamente al exterior, pero sí a cualquier lado donde el sueldo no sea una ofensa.
El estudio de Randstad es un retrato sin filtros. No hay lugar para el optimismo barato. Los trabajadores argentinos no quieren ser parte del experimento libertario. Quieren certezas, y la única certeza que tienen es que el salario no alcanza.
