Opinión

La hostilidad de los mezquinos (IV)

Entre diversos trastornos que desde una supuesta ciencia se propagan (se venden, incluso), apareció la llamada depresión cinética o depresión agitada, que se caracteriza por una tremenda paradoja, alguien no para de moverse, no consigue permanecer quieto, pero al mismo tiempo no encuentra una acción eficaz, ni siquiera alguna tarea y entonces produce algo que los psiquiatras “aman” que es la deambulación.

Arrojados a un mundo donde los muros agujereados por “La imaginación al poder” vuelven a restaurarse por una pared uniforme y oscura, donde “no pinta” ninguna creatividad. Aparece, la depresión sin épica con su grado exasperante de apatía, acompañada por una automatización de gestos y de palabras. Claro que detrás de ese mundo aplanado y de tanta indiferencia, se esconde un “bajón” generalizado, por eso me gustaría plantear algo más, que voy a llamar: depresión sin ética.

El arte suele ser una comunión lograda entre ética y estética, quiero destacar que la palabra estética no guarda en su raíz ninguna relación con lo bello, ya que deriva de estesia (del griego aísthesis), que significa sensación corporal o percepción, que se articula con cinestesia, percepción del equilibrio y de la posición de las partes del cuerpo. Dado que la estética incluye percepción y el cuerpo que percibe. Entonces si la estesia pasa por el cuerpo nos devuelve que hay algo vivo en nosotros. La falta de una estética y la depresión sin ética, establecen una Estasis (detenimiento, congelamiento, encharcamiento) y entonces lo podrido nos invade, más lo que debemos llamar con propiedad: “mal gusto” (lo chabacano y vulgar, que mortifica nuestra percepción sensible). Gritos (muchas veces de horror y de espanto) apagan la música, imágenes magnificadas y recargadas conspiran contra el deseo y anulan toda posibilidad de hacer de cada destino, un estilo singular.

Propongo entonces, que un acto estético, incluso un goce estético, es aquello que interviene sobre la realidad, de manera doble, creando, inventando otra realidad y además interviniendo sobre cada sujeto, modificando su percepción y por ende su “saber”. Por lo tanto, el arte más que reflejar la vida, la interviene y en eso radica su ética, en el saber hacer con el dolor de cada existencia. El artista interviene directamente sobre la condición humana, al modo en que puede intervenir un paisaje, un muro o una fotografía.

Llegado a este punto vuelvo a poner en primer plano a la ternura, como verdaderamente opuesta al odio, en tanto nos permite llegar a lo más entrañable y a su vez nos revela nuestra complejidad estructural, para alejarnos todo lo posible, de propuestas que navegan en una superficialidad espantosa. La ternura entonces asoma en un bien decir, decir bien, que permite ligar la palabra a las distintas vertientes del amor.

“Se empieza por ceder en las palabras y se acaba por ceder en las cosas (o en los hechos)”. Freud.

Un ceder que contamina y contagia, todo se vende, todo se comercia, y los verbos de intercambio resultan tomados por una extrema (derecha) violencia: chicanear, escrachar, difamar, hostigar, injuriar, agraviar… Verbos que se transforman en artillería pesada y que se imponen desde una insistencia devastadora, para inundarnos con estúpidas muletillas de lugares comunes y una jerga holofraseada. En ese límite de borramiento subjetivo, donde se renuncia a la palabra, se hace lugar a la violencia. Que no solo daña nuestros modos de representación, ya que irrumpe en lo más íntimo de cada ser, perturbando su mundo simbólico, para dejar a nuestro sujeto en un “no lugar”, sin respetar ningún tipo de posicionamiento ni de alteridad, al tiempo en que desmantela el registro imaginario destruyendo el tejido social.

Freud nos enseñó a situar en el nazi/fascismo, un modelo de hipnosis sobre las masas, hoy creo que ese modelo de sugestión y de excesiva influencia ha pasado directamente al campo de lo alucinatorio, como denominar si no, a esa falsa red de espejismos y engaños, sumado al hecho evidente, que desde los lugares del poder se puede decir y aseverar cualquier falsedad, sin que eso produzca una sanción o al menos un registro. Está triada sostenida en hacer ver siempre otra cosa, una pantalla omnipresente que propala imágenes distorsionadas y un doble sistema legal, donde hay una ley “especial” y arbitraria, para los que mandan; contribuyen a crear un apabullante fenómeno de emanaciones alucinatorias, que emergen en los bordes de la política y que a su vez destituye todos los límites. Esto es francamente enloquecedor ya que no permite ningún tipo de mediación, función esencial del estado y de la comunidad.

El campo alucinatorio se diseña (designa) sobre bordes difusos, un “fuera de foco” que genera una enorme confusión, donde resulta muy difícil separar y distinguir, así es que volvemos nuevamente al campo de las tinieblas y fundamentalmente (fundamentalismo de mercado mediante), al campo de lo tenebroso. No hay fascismo sin terror y en eso radica una fascinación alucinatoria que conduce al pavor y a la desolación.

“El prójimo es una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo“. Freud

Freud no cree que seamos innatamente buenos, mansos y amables, y afirma que en los seres humanos existe una fuerza interior que tiende a la destrucción, y que, mientras en las sociedades primitivas la agresividad tendía a descargarse en el exterior, en nuestra sociedad “civilizada” se ha logrado que gran parte de esa agresividad sea interiorizada, dirigida hacia dentro, comandada por una instancia, a la que denomina superyó, instancia que nos vigila, nos juzga e incluso, encuentra modos de castigarnos. En verdad la historia ha vuelto a rotar y en la actualidad la violencia se ha tornado feroz en ambas vías. Por un lado, bombardeos sistemáticos, invasiones, asesinatos en masa; por el otro, un hombre alienado y mecanizado, sin tiempo y casi fuera del tiempo, que no puede ubicar un lugar para la reflexión (Apurar un pensamiento, no permitir la elaboración y el repensar un asunto, es violento e intrusivo), ni siquiera para elaborar alguna pérdida, con la temible consecuencia de padecer una especie de dolor generalizado y nómade, sin lugar para ningún tipo de significación, donde no resulta nada casual que los consultorios médicos estén atiborrados de pacientes que sufren “algias” (mialgias, artralgias, neuralgias, algias faciales y craneales) y diversas respuestas psicosomáticas, el cuerpo responde ahí donde el sujeto es silenciado. Configurando una cruel paradoja, la indiferencia por el dolor del prójimo o por los daños evidentes que se infligen diariamente sobre el cuerpo social y el medio ambiente, retornan en ese pobre “yo anestesiado”, que empieza a doler y a gemir por todos lados. Freud también nos advierte que esa ¨ciega furia destructiva¨ se enlaza al narcisismo y es más fuerte que el interés por el trabajo, el amor y la comunidad. A esto puede sucederle la crueldad mortífera del Súper-Yo, que, ante cualquier pedido desesperado de orden, parece asumir el control de la situación y aumentar así, hasta límites insoportables dicha furia destructiva.

Los impulsos tanáticos pueden manipularse y canalizarse desde lo peor de nuestra sociedad, promoviendo un odio pasional que buscará descargarse arteramente sobre nuestros semejantes, llevados y empujados coactivamente, a una categoría inferior y a una condición no humana. Entonces en el campo social nuestra experiencia indica lo necesario de transformar cada queja en un reclamo y cada reclamo en una estrategia de lucha y de superación, para configurar verdaderos propósitos. Y desde el arte ser parte de esa lucha comunitaria, sin ninguna pretensión de vanguardia esclarecida ni de afán panfletario y pedagógico. Lo que significa mantener el esfuerzo por entendernos y poder consensuar, para sostener objetivos concretos y materiales (acciones transformadoras).

En estos años intensos y duros he podido comprobar que, apostando a la magia milenaria del teatro, se reinventa un rito teatral que pone en juego una presencia absolutamente real, donde el coraje y la implicación conducen desde el horror al dolor de existir, desde la traición y el olvido, a la memoria y al deseo de futuro, donde la dignidad y la ética del cuerpo conducen y protagonizan la escena. Las marcas retornan en cada experiencia ante el público y cada función se transforma en un juego infinito (narrar para no morir), donde el tiempo y las cosas de la vida dejan de pasarnos por encima, donde conmover, es sacudir, despertar, accionar.

Por lo tanto, sigo proponiendo el arte como vehículo para producir nuevos puentes, como modo eficaz de reinstalar nuestro tejido cultural y social. Hoy es necesario que un actor retome cada lucha, de cada caído, de cada marginado, de cada golpeada y humillada, que recoja la “fuerza de la sangre”, para recuperar la esencia de lo sensible y los fundamentos de la condición humana.

Por Sabatino «Cacho» Palma *

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