La semana pasada el INDEC publicó el dato de pobreza del segundo semestre de 2025: 28,2%. El gobierno lo celebró. Pero hay datos que el festejo oficial omite y que merecen estar en el centro del debate.
Primero: la indigencia, el indicador más duro, el que mide a quienes no llegan a cubrir siquiera la canasta de alimentos básicos, no registró una variación estadísticamente significativa. Pasó de 6,9% a 6,3%. En la práctica, el piso más bajo no se movió.
Segundo, y esto no debería pasar desapercibido: el 41,3% de los chicos y chicas de hasta 14 años sigue viviendo en hogares pobres. Casi uno de cada dos. Mientras el gobierno celebra, cuatro de cada diez niños argentinos no tienen garantizadas las condiciones mínimas para crecer. Esta es una deuda estructural que ningún relato puede tapar y que debe interpelar de lleno a quienes toman decisiones económicas.
Tercero: economistas que no son opositores al gobierno advierten que una parte importante de la mejora estadística se explica por cambios en la forma de medir, no por una mejora real en el bolsillo de las familias. La canasta con la que se calcula la pobreza no incluye el peso actual de las tarifas, el transporte, la conectividad. Una canasta desactualizada produce una pobreza artificialmente baja. Y cuando se subestima la pobreza, también se subestima la urgencia.
Mientras tanto, hay otro número que define la vida real: las cuotas de medicina prepaga acumulan casi un 30% de aumento en el último año. Hoy un plan de precio medio cuesta más de $120.000 por mes por persona. Para una familia de cuatro, estamos hablando de medio millón de pesos mensuales. Una porción enorme del ingreso de una familia destinada únicamente a no quedarse sin cobertura. Un costo que no aparece en las estadísticas, pero que condiciona cada decisión cotidiana.
¿Y qué pasa cuando esa cobertura se vuelve impagable? La respuesta la tenemos en Rosario: cada mes, 1.700 personas nuevas se incorporan al sistema de salud municipal. Muchas de ellas son trabajadores que perdieron su obra social o que ya no pueden sostener el costo de la medicina privada. Ese número no baja. Sube. Y detrás de cada número hay una historia concreta: familias que caen, ingresos que no alcanzan, proyectos de vida que retroceden.
Esa es la paradoja que vale la pena nombrar con claridad: los indicadores mejoran en el papel mientras la vida cotidiana de buena parte de los argentinos se complica. Un número puede bajar y al mismo tiempo una familia puede estar más expuesta, más frágil, más dependiente del sistema público para sostener lo básico. Cuando los índices mejoran pero la vida no, el problema no es de percepción: es de prioridades.
Por eso Rosario elige no soltar la mano. Elige fortalecer un sistema de salud que es un orgullo de la ciudad, con cincuenta centros de salud en los barrios, con médicos que conocen a sus pacientes por el nombre, con medicamentos garantizados, con atención cerca del domicilio, con emergencias, alta complejidad, oncología infantil, salud animal. Como una decisión fundamental sobre qué ciudad queremos ser. Porque en contextos de ajuste, sostener lo público no es inercia: es una definición.
Y es exactamente por eso que cualquier propuesta que debilite ese sistema —en el momento en que más gente lo necesita— merece ser llamada por su nombre: un error que los rosarinos no nos podemos permitir. O peor aún: una decisión que, de concretarse, tendría consecuencias sociales que después nadie puede revertir fácilmente.
Celebrar que bajan los índices sin mirar qué pasa con los chicos, con los jubilados, con los trabajadores que ya no pueden sostener la prepaga, es una forma cómoda de leer la realidad. Una forma que sirve para comunicar en redes, pero no para gobernar. Gobernar es hacerse cargo de lo que los números no muestran.
La vida real se mide de otra manera. Y quienes tenemos responsabilidades públicas tenemos la obligación de no confundir realidad y relato. Porque cuando eso ocurre, lo que se distorsiona no es solo el diagnóstico: es el rumbo.
Por María Eugenia Schmuck
Presidenta del Concejo Municipal de Rosario.
