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Mi espantosa felicidad

Me despierto en mitad de la noche, con el cuerpo sudado y frío, con el miedo estrujándome el corazón todavía un rato más después de descubrir que todo ha sido un sueño horrible. Enciendo el celular y miro el fondo de pantalla: ahí está, es Lio besando la copa. Esto es la realidad, me digo. Argentina salió campeona en Qatar. No puede haber ninguna duda. Sin embargo la angustia me cierra la garganta y me devuelve a la imagen recurrente de mis pesadillas: el misil de Kolo Muani le pasa por debajo de las patas al Dibu y en ese último segundo del alargue la pelota termina en gol.

No puedo soportarlo ni evitarlo: me ataca también mientras espero que el semáforo me dé el verde, en la cola del supermercado, y me dan ganas de llorar; sentado en el inodoro, tratando de espantar ese horrible pensamiento mirando boludeces random en las redes, descubro que un hijo de puta editó y publicó un video con la peor de mis pesadillas. Veo el gol, los franceses festejando y es como un puñetazo en el entrecejo. ¡No – grito-, con eso no se jode! Miro de nuevo el fondo de pantalla con Lio y la copa pero el gol de Kolo Muani que se repite en loop es más potente, más real; está ahí, lo estoy viendo, pasa volando e infla la red. Lloro.

Llamo a Leticia. Le digo que me siento mal, que necesito de su voz, de sus palabras.

– Ganamos – me dice-, salimos campeones en Qatar.

Noto el fastidio con el que me lo dice, creo que en cualquier momento se decide y me deja. Pero qué mierda me importa: la pelota no pasó.

La paz me dura nada, lo que un suspiro. Mi mente se aferra más a la pesadilla que a la realidad, incapaz de recibir sin manchas la felicidad evidente. Soy consciente de los festejos y de sus motivos; salí a la calle y grité, me cagué de calor y de sed, quedé afónico y casi me quiebro un tobillo de tanto saltar. Y sin embargo a la noche vuelve el sueño horrible, el despertar angustiado hasta que por fin descubro que todo fue, otra vez, una pesadilla, para recuperar así la conciencia del triunfo pero no ya como una algarabía, sino como una responsabilidad por la que sufro con delay, porque fui yo el que se cambió de lugar cuando nos empataron y el que cerró los ojos y no alcanzó a manotearse el huevo derecho cuando Kolo Muani quedó mano a mano con el Dibu. Pero el Dibu la tapó. ¡No entró! Fuimos campeones, todos son felices y a mí me dura el miedo: la mía es una espantosa felicidad.

El temor de perderlo todo, aún sabiendo que es imposible, porque ya todo pasó, porque la pelotita puta de Match Point, la de la película de Woody Allen, cayó del lado correcto, ese miedo no es por mí. Que va a ser por mí, si yo solo no tengo nada. Es por Messi. Porque yo sabía que íbamos a ser felices cuando ese pibe que lo tiene todo, tuviera ese algo más que todos queríamos que tuviera porque, al conseguirlo él, lo tendríamos todos. Y así ocurrió, tal cual lo imaginaba. Todos son la dicha en movimiento con él, mientras yo tiemblo de miedo y culpa con mi espantosa felicidad.

No podés seguir así, me informa mi amigo, como si yo no lo supiera. Y a pesar de conocer cómo me molesta que me empiecen a aconsejar y sugerir soluciones, como si yo mismo no hubiera estado pensándolas ya, se larga con una lista de recomendaciones que desoigo para no mandarlo a la mierda; pero la última frase, la que menciona a un coso de no sé dónde que hace unas terapias de no sé qué mierda y que contienen en el nombre la palabra “holístico”, sí la escucho.

-¿Tenés idea, siquiera, de lo que significa holístico?

-Me ofendés.

-No, boludo, vos me ofendés. ¿Cómo me venís con eso? Que se busque un empleo honesto el coso ese.

-¿Qué perdés con probar?

Y, la verdad, no perdía nada. Así que llamo al coso y le pido un turno. 20 lucas me sale la primera consulta. Cierro los ojos y acepto. Si lograba sacarme el peso de esa terrible felicidad, estaría más que amortizado y justificado el gasto.

Le explico con lujos de detalles lo que siento. E incluso voy más allá. Creo que la lengua se me suelta por la música suave y ese aromita a pachulí que flota en el ambiente. Le confieso que siempre que había sentido que alcanzaba una meta importante, que ganaba, el rebote que me venía de la vida era inmediato y me mandaba de un saque al sótano otra vez. Siempre igual, en cada cosa. Cima y pozo, cima y pozo. Y tanto era el miedo de caerme que ya ni me gastaba en volver a trepar. Por eso siento un terror insano de sólo pensar que si acepto plenamente el sentimiento salvaje de felicidad que me exige ver a Lio levantando la copa, me voy a despertar y voy a caer en la verdadera vigilia de mi realidad: el momento exacto en que el pelotazo de Kolo Muani revienta la red.

Tiene miedo al triunfo, me dice el coso con una sagacidad digna de las 20 lucas. Más vale que tengo miedo, tengo terror. Cada vez que se asoma la alegría, tiemblo por mi espantosa felicidad.

La solución que me planteó fue la siguiente. Durante dos horas seguidas (al menos al principio serían dos horas y me iba a costar 39 lucas el turno doble; para hacerte una atención, me dijo el coso) me iba a sentar delante de la pantalla de una tele y me iba a pasar una y otra vez la última jugada de los franceses con La Mosca cantando Muchachos de fondo hasta que por fin aceptara que no iba a pasar nada distinto de lo que siguió después: el contrataque fallido y la tanda de penales que nos dio la gloria. 39 lucas, ¿me seguís? 39 lucas me estaba cobrando por editar un videíto en loop. A esa altura del verano, durmiendo horrible y con 40 a la sombra, estaba desesperado y acepté.

Fue un lunes, después de un fin de semana especialmente atroz. Apenas llegué, me sentó en un sillón (cómodo, no te voy a mentir) y arrancó a pasarme el video y la música. Aguanté verlo tres veces y empecé a temblar, a sudar. Basta, le grité, apagalo, me quiero ir. Y encaré para la puerta. El coso me agarró medio amable, medio prepotente, porque no me creía que yo me estaba muriendo, y porque todavía no le había pagado, y ahí fue cuando, desesperado, fuera de mí, le di el cabezazo que le partió la mandíbula. Y bueno, me va a sacar un montón de guita y me tendré que morfar un par de días acá en la cana; pero prefiero esto a tener que repetir aquella tortura. Prefiero despertarme pobre y sudado a la noche y seguir agitado hasta saber que todo fue una pesadilla. Porque, creeme, te juro que si me quedo mirando la jugada una y otra y otra y otra vez, el misil de Kolo Muani va a terminar reventando la red. Y ahí sí, hermano, cómo sigo, decime; ahí sí, sin siquiera esta felicidad horrible, cómo hago.

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