La política democrática parece ir, de manera muy incipiente aún, encontrando un tono para enfrentar las salvajadas verbales que están tan de moda en esta época, encarnadas centralmente –aunque no sólo- en el profeta de la Revolución Liberal Libertaria, Javier Milei.

El presidente gusta decir barbaridades a troche y moche porque es su estilo, pero también porque le viene de perlas para disimular las inconsistencias y debilidades de un programa económico que hace aguas por todos lados y cuyo objetivo casi único es llegar con el dólar intervenido y la inflación semicontrolada a las elecciones de octubre. Después vemos.

Se podrá decir, no sin razón, que es un sello de época. Para muestra basta un botonazo: el descaro injerencista del postulante a embajador estadounidense, Peter Lamelas, en la otrora República Argentina. Que el tipo sea un payaso no lo hace menos peligroso. Debería haber una respuesta soberana de Milei, es bastante obvio que eso no va a ocurrir. Merecería una postura firme del gobernador Maximiliano Pullaro, hasta ahora no pasó.

La denuncia opositora sobre el lenguaje cruel, soez y disparatado sirve para dejar testimonio de esta etapa atroz, pero no más que para eso. Por una razón muy sencilla: el emisor máximo de las ofensas y su troupe están chochos con proferir insultos de la más baja calaña. De hecho, es una de sus formas de acumulación política.

Claro que esa modalidad es exitosa en tanto y en cuanto las efectividades conducentes se mantengan. Dicho de otro modo: las mayorías populares aplauden o fingen demencia mientras los precios no se desboquen. Y aún así, se puede derrapar con algunos temas sensibilísimos, como con el Hospital Garrahan y el pibito Ian Moche. Los sobregiros en casos como los antedichos caen pésimo en la gente de a pie.

Algo de eso último se vio en las últimas dos semanas en Santa Fe con el caso de Alejandra “Locomotora” Oliveras. Amalia Granata craneó una impugnación contra la boxeadora por presunto fraude en la residencia legal para ser presentada el día 1 de la Convención constituyente. La idea salta a la vista: ganar el centro de la atención en el arranque de la reforma, con una multitud de medios presentes, a través de una pelea en el barro con la popular deportista. Pero apareció un cisne negro.

El dramático episodio de salud de Locomotora dislocó la estrategia de la diputada celeste, quien fiel a su estilo decidió fugar hacia adelante. Chocó una y mil veces. Cuando la semana pasada se percató que estaba en un laberinto sin salida, abandonó. Perdió por paliza la votación del jueves y quedó aislada, lo cual no sería un problema para ella sino por un motivo: la derrota fue también en su propio hábitat, el de los medios, las redes y la población extramuros de la casta.

En la misma sesión de días atrás, la convencional locomotorista y amiga personal de Oliveras, Caren Fruh, hizo un sentido discurso sobre el tema y se quebró en varias oportunidades. Germana Figueroa Casas, del PRO, intentó lo mismo pero sufrió la contestación brutal de Granata con un trágico episodio personal. La cosa terminó también en llanto.

Son lógicas y entendibles las lágrimas como expresión humana de dolor. Pero nunca pueden ser una respuesta política al renovado desafío del odio como manifestación de poder. Cristina Kirchner acertó cuando en uno de sus “Che Milei” dijo: “Ya sabemos que sos cruel. Lo que no podés ser, hermano, es boludo”. Traducido para los hinchas de Boca, como quien suscribe: hoy ser malo no está mal visto, pero sí ser un bobo.

En favor de Mr. President y Amalia, las barrabasadas que vomitan a diario tensionan al statu quo de la política y sus múltiples opacidades. No porque golpeen estructuralmente al sistema, nada más lejos de eso. Pero sí incomodan a sus protagonistas. Está mal pero no tan mal, en palabras kafkianas (de Guido).

Pero además, es redondamente hipócrita señalarlos como los malos de la película cuando desde hace décadas el carancheo político es norma. ¿O acaso no se dijeron bestialidades sobre el cadáver y el cajón de Néstor Kirchner? ¿O acaso el PRO no ascendió sobre las cenizas de Cromañón? ¿O acaso no se sigue vociferando “La corrupción mata” por la tragedia de Once cuando ya quedó harto comprobado que los frenos del tren funcionaban? ¿O acaso no persiste la afirmación de que a Nisman lo mataron cuando hay abundantes evidencias de que no fue así, salvo una pericia truchísima de Gendarmería?

En cualquiera de los casos, el abordaje político no es, no puede ser, el llanto impotente. Tampoco el retruque en modo cerdo. El camino, además de acertar el tono discursivo, es ofrecerle al enojado pueblo argentino una opción que valga la pena. Que sea tan atractiva como competitiva. Algo que el día de las elecciones lo invite a ir a la escuela a poner el voto en la urna.

El cierre de listas bonaerense, aún a los sillazos, supone una asunción de responsabilidades en ese sentido. El peronismo siempre hizo política con el cuchillo entre los dientes y así debe ser. Basta de mamengueo. Diría el Príncipe de las Tinieblas, que nos dejó hace unos días: no más lágrimas.