La paliza descomunal que recibió en los últimos días la Revolución Liberal Libertaria que guía el profeta Javier Milei, probablemente la más grande desde que llegó al púlpito mayor en diciembre de 2023, es la expresión notoria del invierno político que atraviesa.

Hay coincidencias, en líneas generales y dentro de la racionalidad, que explican lo ocurrido la semana que ayer concluyó. La adopción de una postura confrontativa por parte del conjunto de gobernadores, si bien con amplios matices, se entiende por mala praxis o audacia desmedida del team libertario, en particular de Karina Milei y los primos Menem, triunfadores momentáneos en la furibunda interna con el buenazo de Santi Caputo.

La decisión de las huestes del León de salir a disputarles el territorio a los caciques provinciales, aún a los que acompañaron en todo este lapso las políticas mileístas e incluso a los que se mueren de ganas de seguir haciéndolo, tiene su lógica: mientras todavía dura la popularidad de un programa económico al que le suenan todas las alarmas, la construcción de una fuerza propia en todo el país es de manual. El reverso de esa dirección, en el contexto actual, es generar una crisis de gobernabilidad democrática por enojo de sus aliados. Ocurrió lo segundo.

Más allá de las paparruchadas retóricas sobre el principio de revelación o TMAP, lo cierto es que la política oficial de las jornadas recientes fue propia de una comparsa desafinada. El disparatado intento de apriete vía Alejandro Fantino es un ejemplo nítido al respecto.

A propósito: no vale quejarse de la edición maliciosa que le hicieron al popular Fanta. A un gobierno que ama navegar en el mar de las fake news y hace gala ostentosamente de ello le asiste menor derecho al lloriqueo. ¿Qué tal el sabor de la propia medicina?

En este contexto, la relación con Maximiliano Pullaro es sintomática. Salvo el diferendo por la obra pública y los fondos previsionales, son escasos los temas en los que el gobernador santafesino se apartó del credo libertario a escala nacional. Los legisladores que le responden o le son afines acompañaron casi todas las iniciativas gubernamentales en el Congreso. Hasta la semana pasada.

Se sabe, una porción significativa de esa adhesión se justifica políticamente por el electorado compartido, que algunas encuestas ubican en el 70%. Es decir: a los votantes de Pullaro, al menos a los de 2023, les cae pésimo que el gobernador choque con Milei. Pero claro, las elecciones que le importan a la Casa Gris, las de convencionales constituyentes y las de concejales, ya ocurrieron. Ese factor de presión, en consecuencia, se torna menos relevante.

Pero además, y esto corre para el conjunto de jefes provinciales, no hay elementos concretos que facilite el León libertario para que la ecuación colaborativa arroje saldo positivo. En síntesis: no hay plata, pero tampoco hay política. ¿Cuál sería entonces el negocio de seguir haciéndole la venia al topo que destruye el Estado desde adentro?

A las variables antedichas se le podría agregar algo que será negado ante un tribunal por los opositores que no se oponían hasta ayer nomás: la nítida inconsistencia de la política económica del Toto de la Champions. Es inconmensurablemente voluntarista la idea de que hay que llegar a octubre con el dólar barato vía plata prestada, total después de un hipotético triunfazo en las urnas sobrevendrá una inyección de confianza tal que permitirá rollear deuda hasta el infinito.

Como sea, para la primavera falta mucho. El invierno ya llegó.