“El peronismo es felicidad, es comunidad»
Sostiene una forma de organización que atraviesa generaciones. En diálogo con Rosario/12, habla de economía barrial, salud, endeudamiento cotidiano y política.

La entrevista sucede una tarde templada, al costado de una heladería sobre Juan José Paso. La vereda es, más que un espacio de paso, un escenario: la silla de plástico, la mesa redonda, el café tibio al lado de un vaso de soda que se llena cada tanto. Mientras hablamos, los autos pasan lento, algunos bocinan y saludan sin bajar la ventanilla. Un hombre mayor se acerca y pregunta “Lalín, ¿cómo venimos con lo de la pintura?”. Una mujer se arrima para avisar que necesita turno para un médico. Ortolani interrumpe la entrevista y anota en un papel, promete llamar. La conversación se retoma sin dramatismo. Esta escena se repite todo el tiempo. No parece haber horas libres.
“Yo vivo acá. Siempre viví acá. Mi viejo vivió acá, mi abuelo también. Todos en Empalme. Este barrio nos dio todo”, dice antes de empezar a repasar la historia reciente del territorio.
—Si tuvieras que describir hoy el estado de ánimo del barrio, ¿qué ves?
—La gente de Empalme está hecha a los golpes. Nosotros crecimos con la idea de que a la adversidad se la enfrenta en comunidad. Mirá: en el siglo pasado tuvimos diecisiete inundaciones. ¡Diecisiete!. Cuando el agua se lleva lo poco que uno tiene, cuando el barro te llega a la rodilla y te vuelve la casa inhabitable, ahí te das cuenta de que no te salva nadie solo. Así se formó este barrio: con gente que se seca la ropa al sol y después vuelve a levantar la pared caída. Y así seguimos. Hoy económicamente estamos a un 40% de lo que éramos hace tres años. Cayó el consumo, cayó la changa, cayó todo. Pero hay ganas. Acá los comercios se sostienen como sea. No hay locales vacíos. Se va uno y viene otro. Eso te dice algo: no hay resignación.
—La vecinal funciona como una suerte de ministerio paralelo de salud y asistencia. ¿Qué estás viendo en la demanda?
—La vecinal no es el Estado. La hizo la gente. Eso es importante decirlo. Es económica, sí, pero los costos existen. Y hay mucha gente que perdió obra social o que, teniéndola, no puede pagar el plus. Antes el que tenía obra social tenía una ventaja clara. Ahora no. Ahora vienen acá porque tienen que viajar para atenderse y no les da para los dos colectivos. La gente vuelve al dispensario, aunque tenga que venir a las seis de la mañana para conseguir un antibiótico. Eso te muestra algo: se está retrocediendo en derechos básicos.
—¿La deuda diaria está marcando la vida de las familias?
—Sí. Se está pagando comida en tres cuotas. Eso antes era impensado. Las cuotas eran para unas zapatillas para el nene, una campera de invierno. Hoy son para pan y leche. Eso es un descenso en la calidad de vida. La gente deja de pagar servicios. El agua aumentó entre 800 y 1000%. ¿Cómo hacés?, entonces lo dejan como deuda futura. Yo creo que va a tener que haber una moratoria generalizada si se quiere que la gente vuelva a empezar. Porque si no, esto se rompe.
—Vos seguiste haciendo política territorial sin cargos. Eso es raro en el peronismo actual.
—Raro en el peronismo y en todos los espacios. Porque hoy ser político se volvió otra cosa. Antes los concejales recibían a la gente, discutían, gestionaban. El Concejo era un lugar vivo. Hoy vas y está todo alambrado. Tenés que ver si algún asesor te atiende, y si tiene ganas. La política se alejó del pueblo. Y en vez de militancia territorial, hay militancia mediática. Antes se empezaba haciendo cosas en el barrio, en el club, en la parroquia. Ahora se empieza hablando por televisión o haciendo videos. Y así también después gobiernan: sin haber escuchado nunca a un vecino.
—Hay quien dice que el peronismo representaba mayorías y hoy representa minorías. ¿Lo ves así?
—Hay una herida abierta. Yo veo muchos peronistas enojados que hoy votan otra cosa por bronca, porque sienten que el peronismo los abandonó. Pero ser peronista es una forma de vivir. Perón decía que la felicidad de un pueblo no es poesía: es una escuela abierta, una jubilación, un techo. Cuando vos gobernás para hacer feliz a la gente, eso es peronismo. Cuando gobernás para ajustar, para lastimar, para achicar derechos, no podés dormir tranquilo. Entonces sí: hay heridos. Pero no desapareció el peronismo. Está ahí, esperando que volvamos a hablarle a la gente en serio.
—Sin embargo, tu espacio en la vecinal incluye a radicales, socialistas, comunistas, católicos, evangélicos. ¿Cómo se sostiene eso?
—Porque acá nadie sobra. Acá la prioridad es el barrio, no el partido. Yo soy católico. Voy poco a la cancha, pero soy de Central. Soy peronista y siempre lo voy a ser. Pero eso no me impide abrazar. La comunidad se construye con el que quiera estar. Si yo empiezo a dividir entre buenos y malos, pierdo. Y pierde el barrio. Yo no creo en los antis. Yo creo en los que suman.
—Cuando caminás hoy por la avenida Juan José Paso, ¿qué te preocupa?
—Me preocupa ver currículums. Eso habla de que está faltando laburo. Me preocupa ver al que tenía tres empleados y hoy está solo, con la persiana abierta por dignidad. Me preocupa la obra pública parada. Acá se pavimentó una parte, pero falta el final. Y lo hablé con el intendente, pero ahora está esquivo. Se va a resolver, yo confío. Pero hay que terminar lo empezado. La inseguridad también pesa, claro. Hoy ves pasar más policías y eso algo ayuda. Pero la tranquilidad no se decreta: se construye.
—¿Hay hábitos que cambian?
Si, a veces te das cuenta de que la gente necesita alegría. La semana pasada había 5.000 chicos disfrazados en la calle. Y no era una fiesta importada ni nada de eso. Era la fiesta de Halloween, a mi mucho no me gusta, pero me di cuenta de que se trataba de encontrarse, era abrazarse, era verse con el vecino. La felicidad también es política. Y siempre digo esto: el que da, recibe más. Porque no se puede ser feliz con odio. Nunca.
La tarde termina. Ortolani se levanta de la silla de plástico, guarda los papeles donde anotó los pendientes, saluda a otros tres vecinos que se acercan. La vereda vuelve a ser su oficina. La política —la que todavía cree en comunidad— sigue ahí, en ese punto exacto del barrio donde todo se nombra por su nombre y nadie está del todo solo.
