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Todo está guardado en la memoria

Fuimos tres

Marisol Pérez Ex detenida desaparecida del Servicio de Informaciones de Rosario. (Gentileza -)

A Marisol Pérez Losada

Quedamos las dos, solas. El sótano resultaba enorme después de la partida de los muchachos en fila india y de las embarazadas. Y nosotras ahí, como hojas caídas del racimo. Desguarnecidas, sin abrigo, sin palabras curadoras. Dónde buscar consuelo, dónde dar consuelo. Lamer heridas, unas tras otras, unas a otras. La nada misma agazapada para invadirnos con sus presagios. Un presente continuo escuchando una jerga milica, pergeñada entre tinieblas, sólo para desorientarnos.

En medio de esa pesadumbre, hubo un hallazgo inimaginado debajo de uno de los mugrosos colchones tirados en el piso de la pieza grande: un cuaderno embutido, de los escolares de tapa dura. Sí, eso es tener suerte. Un diamante salió a nuestro encuentro. Marisol lo abrió y ahí nos esperaban letras de canciones y algunos poemas que serían nuestras palabras cadenciosas para espantar los pensamientos. Un cuaderno sobreviviente. Quizá cayó con lo robado en los secuestros, o alguna prisionera lo escondió y otra transcribió algunas letras para que nos abriguen como mantas suaves y perfumadas de lavanda. Existe el afuera. Es una comprobación científica, positiva, está en nuestras manos, fue la conclusión irrefutable.

A esta altura ya éramos tres: Marisol, yo y el cuaderno cancionero. Tan mucho él. Ocupaba mucho espacio, como el elefante del cuento infantil. Y mi playlist de la cárcel encontró un tema nuevo con el arribado: la canción del yopo. Coplas venezolanas que cantaban los hijos de Violeta Parra, eso dijo Marisol.

Ella conocía esas coplas, tenía más experiencia y muchos saberes; eso seguro, con veintisiete años me aventajaba en ocho, madre de un niño de un año, recibida de asistente social y oficial montonera.

La pucha, los milagros existen, si no jamás me la hubiera cruzado. No hubiera sabido de sus ojos claros de mirada cálida. Su pelo rubio, lacio y finísimo.

Me inquietaba ante mi impotencia su principal obsesión en el subsuelo compartido: lograr que un mensaje encriptado para su familia atravesara los muros con la dirección donde había quedado su niño al cuidado de una doña de la villa, ese día que marchó al bar de la cita envenenada.

Y me reconfortaba la serenidad con la que me decía cómo comportarme en ese distrito del espanto. Cómo me tomaba la frente cuando vomitaba o me sacaba del desmayo inaugurado una noche de terror más terrorífico.

Dicen que hubo, no hubo nada me voy pa’l yopo de madrugada de madrugada me voy pa’l yopo porque el guayabo me vuelve loco.

Así, el yopo alucinógeno nos alucinó unos días porque el guayabo de la tristeza nos tenía locas; se llevaron a nuestras compañeras y no sabíamos mucho más.

Al fin, el cantar desplazó el pensar, y fuimos niñas entonando bajito. Riendo poco, cierto, aunque llorando menos.

Y ese ánimo lírico fue una inyección adrenalínica que nos empujó como una ola en la arena por más canciones y poemas. Marisol se sabía de memoria Canto a mí mismo, que le recitaba su compañero, antes de que se lo llevaran sabe Dios dónde.

Walt Whitman nos acompañaba:

Me celebro y me canto a mí mismo. Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti, porque lo que yo tengo lo tienes tú cada átomo de mi cuerpo es tuyo también. Vago… e invito a vagar a mi alma. Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra para ver cómo crece la hierba del estío.

Se derretían las altas paredes de azul viejo, descascaradas y húmedas, que nos cercaban. Se abría el techo a un cielo soberano, tiradas las dos sobre el colchón pringoso hecho verde de enero, y brillaba el día con cada palabra, con cada oración; empuñábamos sonidos que tapaban estruendos.

Levitábamos en sílabas. Apañadas, pegadas como siamesas, nos abandonábamos a ideas luminosas, faroles de alegría, dulces melancolías, eternas en su instante. No se vayan palabras, no nos dejes cancionero.

Quiero que vengas, flor, desde tu ausencia,

a serenar la sien del pensamiento

que desahoga en mí su eterno rayo

Te invocamos Miguel desde tu tierra. Te repetimos como loras Walt, mientras que construíamos, letra por letra, un escudo invencible.

Cuidado con el olvido, no lo podemos permitir, y en esa tarea traficábamos frases para grabarlas a fuego. Así se nos estampó el cuaderno cancionero.

Marisol te llaman los horribles, me tocó decirte un día, te mandan a buscar para que subas. Seguro que te liberan, comencé mis argumentos de pretendida tranquilidad. Fijate que ya llevás un tiempo sin tiempo y te llaman ahora.

Es momento de la siesta, no es hora de malos traslados. No te saques los anteojos, no te pongas la venda, no tengas miedo, te dije. Te abracé fuerte, te besé fuerte, mientras la espera se hacía más y más densa.

Vos sentadita en el cemento helado de esa escalera de mierda; la camisa blanca, el pantalón azul y la venda percudida por el uso apretada sobre los ojos.

No tengas miedo, me dijiste primero vos cuando me tocó subir. No tengas miedo, te repetí como un mantra. Pero ya no podías escuchar, no querías ver, no te salían palabras, deseabas volverte estatua; quietita para que nadie te pesque. Invisible como por arte de magia. Sólo el corazón aleteando rápido su bum-bum, bum-bum.

Cuando ya estabas arriba, te mandé en una bolsita de plástico tus anteojos y un vestido de flores delicadas tipo solera que solías ponerte con una remera debajo, vaya una a saber su propietaria original; ahora todo tuyo.

Iba también un remedio que habías logrado que te dieran cuando fingiste un problema renal gravísimo para ver qué pasaba. Pura estrategia de guerrera.

Igual lo puse en la bolsa, para no levantar sospechas. Al fin, me autoconfirmé un buen traslado; si no para qué pedirían subir tus cosas. Uno se lleva lo que necesitará cuando va a otro lugar donde le dará uso, es la verdad de cómo suceden las cosas en el mundo.

Pero en el no mundo, nada es lo que debería ser. Hora más hora, más hora, más hora.

Cayó la noche intensa de conjeturas. No anduviste sola, te llevaron con el Zapato y la Pampeana.

Para su seguro estupor, los horribles nunca se enteraron de que tenías un escudo protector y un mantra secreto.

Y para entonces tu alma ya vagaba alta para ver cómo crece la hierba del estío.

*Ex presa política. Integrante del Sindicato de Prensa Rosario.

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