Como si ésta situación no fuera suficiente, luego del alegato, Console fue denunciado por ser un funcionario judicial (ocupa un cargo de secretario letrado en el Consejo de la Magistratura porteño), lo que lo inhabilitaba legalmente para ejercer la querella del Estado en el juicio. La Justicia lo apartó del cargo, pero permitió que fuera tomado como válida su presentación, ya que se hizo en compañía de otro abogado.

Para coronar el caso, y una vez cumplida la misión de no pedir penas para los ex fiscales, el Gobierno utilizó el decreto de achicamiento del Estado para disolver la Unidad y desplazar a Cimadevilla. Le quitó el rango de secretaría y la ubicó bajo la órbita del Programa de Verdad y Justicia dependiente de la secretaría de Derechos Humanos.

Los delitos que ahora tendrá que investigar la justicia son abuso de autoridad, violación de deberes de funcionario público, tráfico de influencias, negociaciones incompatibles con el ejercicio de funciones públicas, y encubrimiento.

Además de Garavano, Console y Conte Grand, los acusados son el secretario de Justicia, Santiago Otamendi, el actual jefe de Gabinete del Ministerio de Justicia, Ricardo Martín Casares; los asesores Martín Gershanik, Manuel Izura, Leonardo De Martini; el letrado Miguel Inchausti; el director de asuntos jurídicos del Ministerio de Justicia, Damián Crespo y Luis Ortea, abogado de la querella del Ministerio de Justicia.