Opinión

Aquellas jornadas por la paz

Cuando era chico en mi pueblo cada tanto acostumbraban realizar jornadas en pos de la paz. Desconozco ahora si el mentor era el cura párroco o alguna maestra bien intencionada o, porque no, un grupo pacifista. Tampoco importa demasiado. Lo cierto es que por un par de semanas colgaban afiches caseros por todos lados. Vidrieras, interior de negocios, postes de luz, lugares públicos albergaban estos afiches, que en el fondo eran todos iguales. Muchos dibujos de manos entrelazadas, palomas, y un montón de otros símbolos que supuestamente representaban la paz. Creo que hasta se destinaba un día especial en el que se toda la gente se daba la mano. No es casual que diga “creo”, porque de esas jornadas por la paz sólo tengo un recuerdo borroso.

Lo que tengo fijo en mi memoria, y me dejó marcas definitivas, es la vez que al Roña Ramírez y el Toro Pereyra tuvieron la idea de hacer en el pueblo “El día de las Piñas”. Ellos eran enemigos desde siempre y dos por tres se agarraban a trompadas en cualquier parte. Parece que viviendo en la ciudad uno había sido taxista y el otro colectivero. Y de esa época sostenían la rivalidad. Ellos habían detectado que no eran los únicos que se llevaban para el diablo, solo que los demás lo disimulaban y no tenían coraje para agarrarse a trompadas. En la puerta de algunos bolichones de mala muerte y en los postes de luz pegaron un par de hojas de cuadernos ralladas, mal escritas en birome, invitando a la población a darse sin asco el día establecido. Apenas lo supe me gustó la idea. Pese a ser un pibe de catorce años ya había cosechado alguna enemistad y esa jornada daba la impresión que serviría para poner las cuentas en orden.

Faltando pocos días, un clima raro se respiraba por las calles del pueblo. Cómo cuando antes de una gran tormenta, por un rato, se produce una terrible quietud. No sé. Algo parecido al miedo, o quizá al placer, se podían percibir en los gestos de las personas. Sin ir más lejos, el verdulero, del cual todo el mundo se quejaba porque cortaba el paso en la vereda con sus cajones, desde dos días antes dejó la vereda libre. El panadero, que siempre estacionaba la camioneta de reparto tapando las cocheras, esos día la dejaba a tres cuadras y caminaba esa distancia sin chistar, transpirando con sus bandejas cargadas.  Un bancario que siempre trataba mal a todo el mundo y se enojaba por cualquier pregunta que le hacían, esa semana regalaba sonrisas. Un tono confidencial se instaló en las voces de mi pueblo aquella vez. Se nota que nadie quería ser tomado por sorpresa. Porque, según lo pude entender, acá no se trataba de cuentas viejas o nuevas. Era sacarse las ganas de fajar a alguien que uno no bancara. Así nomás y punto.

Por todo esto tengo tan presente “El día de las Piñas” y además porque ese día iba a marcar para siempre mi andar por el mundo y una forma particular de ver las cosas.

Al fin llegó el día. A poco de levantarme por la mañana, mi padre me mando comprar unos clavos en la ferretería. Saqué mi número esperando ser atendido. Delante de mí esperaba un hombre curpulento, colorado y narigón. Cuando el muchacho, que atendía con desgano y siempre haciendo bromas a los clientes, del tipo: “qué linda debe estar tu hija” y otras cosas por el estilo, llamó al número del hombre no tuvo mejor idea que preguntarle «¿Qué necesitas narigón?».

El hombre saltando sobre el mostrador le pegó una cachetada como para nublarle la vista a un elefante, el muchacho, que para peor era un flacucho medio desgarbado, fue a parar a varios metros, entre unas cajas de tornillos.

De regreso a casa pude observar a Don Pedro, un rengo que todas las mañanas tenía que hacer malabarismo para pasar por la vereda de la verdulería, dándole rabiosos bastonazos al verdulero que estaba tirado sobre una pila de naranjas, mientras la vereda era un caos de tomates, y otras frutas rodando sin ton ni son.

En la calle el espectáculo era dantesco. Por todos lados se escuchaban grescas y escaramuzas. Personas que insultaban a otras, mujeres tomadas de las mechas, gente que corría para no ser agarrada por sus agresores.

Entre tanto, yo esperaba ansioso que llegara el mediodía. Para ser más precisos las doce menos diez. Esa era la hora justa en que la podrida de la González, la profe de matemáticas, pasaba por la esquina de casa rumbo a la escuela. La vieja maldita me la hizo llevar a marzo, además de sacarme al patio ante cualquier pequeño lío que yo hacía. Dejándome expuesto a la vista del director, que llamaba a mi viejo y este por las dudas me daba una marimba.

La esperé escondido detrás de un árbol. Me hice lo más flaco posible y a medida que se aproximaba fui girando alrededor del tronco. Apenas pasó la seguí con pasos livianos.

Cuando la tuve a tiro le pegué un gancho de izquierda con todas mis fuerzas. Pude oír el ruido seco de su mandíbula al salir de su eje y ver como varios dientes volaron hacia el piso. Ella entera se destartaló contra el cordón, yendo todas sus carpetas a parar a la calle. Me relamía para comenzar un segundo ataque, cuando escuché el vozarrón del marido, que la había dejado en la esquina con su auto y vio todo. El hombre era más alto que una montaña, venía hacia mí con la velocidad de un rayo. Corrí con toda la ligereza que daban mis piernas. Lo sentía cada vez más cerca. Antes de la bocacalle logro alcanzarme con una zancadilla. Rodé por el piso y quedé con la pierna derecha extendida. El animal se tiró saltando con ambas piernas sobre mis flacas canillas. Se escuchó el estampido de huesos rotos y ya no pude levantarme. A todo esto, enfrente se peleaban dos tipos, uno le tiró con una piedra al otro, errando su objetivo y dando de lleno en mi ojo izquierdo.

Recuerdo mi llegada al hospital en ambulancia. En el patio, un médico grandote le gritaba cagón a un enfermero que se había trepado a un árbol para esquivar la paliza que el médico intentaba darle.

La operación fue un éxito. No más la incomodidad de la anestesia. Los clavos en la pierna ni me dolieron. En el ojo una pequeña molestia, insignificante, que se fue haciendo tolerable con el paso del tiempo. Al día siguiente, internado, escuché como todo el mundo hablaba de la calma que reinaba en el pueblo y lo tranquilo que había quedado desde el día anterior.

Nunca más aprobé matemáticas y desde aquel momento tengo una pequeña renguera y una pérdida de visión no tan importante, si se tiene en cuenta lo poco que hay para ver en este pueblo tan pequeño y aburrido.

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