Peaky Blinders al gobierno y los delirios al poder
El Gobierno exhibe cierto optimismo a raíz de números no tan malos de la macro y las encuestas después de muchos meses. Pero la economía callejera marca lo contrario y persiste la batalla entre las expectativas de mejora, la resignación y el cambio.

Por Eduardo Aliverti

El Gobierno, sin perjuicio de sus internas a cielo abierto, acentuó su prospectiva de estar en algo así como el mejor de los mundos. Riesgo-país a la baja habiendo quebrado el piso de los 500 puntos, aunque vaya y venga pero, hace rato, en torno a esa marca. El apoyo del Fondo Monetario Internacional, materializado en documentos y nuevo desembolso. Anuncios de inversiones enormísimas, históricas, pese que continúan sin concretarse por fuera de promesas a largo plazo. Baja inflacionaria bien que, asimismo, el juramento presidencial de arrancar con “cero”, en agosto próximo, ya pasó a mejor vida.
Javier Milei persiste en afirmar que cualquier escenario negativo es obra exclusiva de una conspiración mediática. Federico Sturzzeneger se pone a llorar de emoción porque, jura, retornan a raudales jóvenes y científicos emigrados. Caputo Toto inquiere dónde vivirán los que hablan de crisis. Caputo Santiago se convierte literalmente a Thomas Shelby y desafía vistiéndose de mafioso irlandés camino al Tedéum. La ex Comandante Pato, apartada de la ceremonia en la Catedral cual una Victoria Villarruel cualquiera, se suma al balcón posterior en la Rosada y, no sea cosa, el Presidente la abraza. “Lo de Adorni” y su declaración jurada semeja haber pasado a segundo o tercer plano, sin perder de vista que debe prestarse atención a un muy probable llamado a indagatoria.
Está virtualmente todo bien o camino a que tal utopía se produzca, entonces, de acuerdo con la percepción oficial. No pocas encuestas, abarcando a las que suelen ser adversas al oficialismo, indican que la imagen del Presidente se recuperó o, de mínima, detuvo su descenso. En ningún relevamiento baja del 35 al 40 por ciento de aceptación o expectativa de voto favorable y, entre la tranquilidad del dólar más la pausa que impondrá el Mundial excepción hecha de Argentina se vaya temprano, los nubarrones son controlables.
Enfrente, la objetividad de cifras estrictas sobre el presente y panorama económicos puntea el reverso de ese optimismo. Pero ya se conoce o sabe que lo subjetivo tiene, o puede tener, un valor igual de grande. Y más también.
La actividad industrial en abril cayó nuevamente, tanto en la comparación interanual como contra marzo. La fuente es un documento del Centro de Estudios de la propia UIA, no un producto del 95 por ciento de periodistas a los que no se odia lo suficiente.
La debilidad del consumo, el freno de la construcción y el impacto de las importaciones -gracias a la fantástica economía más abierta en rubros manufactureros, que reproduce a dictadura y menemato- explican el cuadro de situación.
Caen los despachos de cemento. Cae la producción automotriz, láctea y de bebidas. Cae el consumo de energía eléctrica de grandes usuarios industriales. Cae la faena vacuna. Y, para variar, sólo muestran ciertas mejoras los sectores ligados al agro, Vaca Muerta, refinación de petróleo, segmentos farmacéuticos y algunas exportaciones.
En síntesis, casi todo lo inherente a consumo masivo está en baja.
Por si fuera poco y con respecto a una de las áreas más sensibles para el Gobierno: la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, que es un club de 38 países justamente desarrollados con sede en París, reportó que Argentina es el peor país de su región en cuanto a inversión extranjera directa.
Ese estudio empalmó con el de la consultora de Orlando Ferreres y Asociados, una de las más respetadas de ese ámbito y que tampoco es, precisamente, un antro de provocaciones populistas. Especifica que la caída de la inversión es de 11,4 por ciento, en abril e interanual, medido en términos de volumen físico.
Esos números de la OCDE sirvieron a un trabajo de Misión Productiva, adelantado por Página/12. Países como Brasil, Méjico, Chile, Costa Rica, Colombia, atrajeron flujos significativos de capitales externos. Argentina, en cambio, mostró un desempeño extremadamente débil (ver nota de Leandro Renou en este diario, el viernes pasado).
Otro dato relevante sobre el estado de la economía cotidiana es que el sistema financiero, en varias de sus entidades, analiza con cuáles medidas avanzará para ayudar a la cantidad progresiva de clientes deudores.
La tasa de morosidad de las familias, en marzo, llegó a 11,3 por ciento. También trascendió que varios gobernadores y los bancos con que operan coordinan planes de salvataje, para refinanciar las deudas de empleados públicos.
Salta, Tucumán, Jujuy, Misiones, Santa Fe, Entre Ríos, Córdoba, Corrientes y próximamente Ciudad de Buenos Aires (lo cual expresa un conjunto de geografías muy disímiles en materia productiva), implementan medidas para salir en auxilio de las deudas con tarjetas de crédito y préstamos personales. En territorio bonaerense ya se hizo punta hace meses, en la misma dirección.
Una muy buena nota de la colega Florencia Donovan, en La Nación, este viernes, rodea a esos datos con lo reconocido por uno de los popes de una entidad financiera: hace tiempo que los clientes vienen cambiando su patrón de consumo, porque ya muchos no se animan a las cuotas y las ofertas son muy cautas.
Hay que hacerse a la idea de que la mora normal es más alta que en los tiempos de inflación, agregó el confidente acerca de un elemento capaz de (volver a) desafiar las teorías ortodoxas.
La mucha gente que sufría por lo improbable de calcular el alcance de sus ingresos, debido al proceso inflacionario, es proporcional a la que ahora pena por vivir endeudada. O, incluso, esta fracción es todavía mayor que aquélla.
Hay un aspecto que se añade a esto último porque, al fin y al cabo, hablamos de quienes tienen acceso de bancarización. Porque, ¿qué ocurre con los que ni tan apenas pueden gozar de “privilegio”?
Acaso podría decirse que los pobres son los mismos pobres de toda la vida, acostumbrados a arreglárselas según venga una mano que nunca termina favoreciéndolos estructuralmente. Y que el problema, en consecuencia, es el aumento de los empobrecidos.
Una clase media y media-baja que siente afectado o derrumbado su poder adquisitivo, sin perspectivas de recuperarse.
Encima, tampoco se trata de que no haya inflación. Sí que la hay, inclusive sin considerar que la canasta familiar está dibujada por el Indec. No, reiteremos, porque sus técnicos manipulen el índice. Es porque éste se basa en características de consumo desactualizadas.
En la canasta vieja y vigente, los servicios públicos como electricidad, gas y transporte tienen una ponderación artificialmente baja. Los sucesivos tarifazos no cuentan por más que no se trata de un solo saque, sino de varios y continuos en “cómodos” prorrateos mensuales. Pero el bolsillo los sufre sea como sea, porque sus ingresos no saben de compensación salarial, ni de paritarias que equilibren y que el Gobierno controla desde su libertad de mercado extremista, ni de changas que arrimen al bochín.
Hasta el Fondo Monetario (les) advierte, con recurrencia, que esta demora metodológica permite que la medición oficial no esté en línea con la realidad económica.
Este lunes, como si fuera un goteo imperceptible, vuelven a subir las tarifas de luz y gas (y la medicina prepaga, y los peajes). En el caso del gas, justo cuando es el servicio más requerido por la temporada del año, el porcentaje queda por arriba del índice de inflación del mes pasado.
Simultáneamente, el Gobierno autorizó un incremento para las concesionarias que, ergo, tendrán una suba de igual o mucha mayor magnitud en sus ganancias.
Luego, ¿este estado económico de la calle es lo mismo que se percibe de su marcha en términos de expectativas? El interrogante no se dirige a la contundencia estadística, sino a aquello que conforma el imaginario/aceptación/resignación de las mayorías.
Incluso sin estimar que la ausencia de una alternativa opositora juega un papel tal vez fundamental, ¿“la gente” registra que el nodo pasa por las características del modelo? ¿De un modelo de exclusión?
¿O bastará conformarse con seguir encogiéndose, pero aceptando que con algunas “correcciones” estaríamos en el rumbo correcto porque “otra no queda” y en la vereda de enfrente son “todos lo mismo”?
Por ejemplo, en un artículo bien provocativo de La Pluma Diario, referido al triunfo temporal o subrayado del neoliberalismo, Mayra Arena interroga qué nombre le ponemos al multiempleado o multitrabajador (agregamos: “emprendedurista”, monotributista, sujeto suelto o colectivizado, etcéteras) que jura que él no labura, ¿para nadie?
No digan que no es una buena pregunta.
