A los 74 años, después una larga -y por momentos cinematográfica- vida de militancia, ilusiones, cárcel, tortura y una incansable apuesta a uno de los espacios de izquierda más estables de América Latina, Mujica se convirtió en el presidente más viejo de Uruguay. Fue la culminación de un recorrido que marcó a su país y a toda la región.
José «Pepe» Mujica nació en 1935, cuando en Uruguay la élite se convencía que vivía en la Suiza de Sudamérica, un slogan que la derecha sigue repitiendo hasta el día hoy, una nostalgia sin sustento empírico que comparten con sus contrapartes argentinos. El próximo martes 20 hubiese llegado a los 90 años, un cumpleaños que esperaba con ilusión. Sin embargo, el cáncer de esófago que lo venía debilitando hace años y no le permitió, por primera vez, votar el domingo pasado en las elecciones municipales pudo más. Sin embargo, dejó un legado que perdurará no solo en la política uruguaya, sino en toda América Latina y en el mundo, donde se convirtió en un Norte para gran parte de la izquierda y de las fuerzas democráticas que luchan contra regímenes dictatoriales y represivos.
Mujica murió a los 89 años, en los que llegó a vivir mil vidas. Por eso, había un Pepe para todos los gustos. Están los que reivindican su juventud en el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, la guerrilla que luchó contra una dictadura sangrienta que dominó el país vecino entre 1973 y 1985, su perseverancia a través de la tortura, la detención ilegal y los peores abusos del terrorismo de Estado; y la decisión de no buscar revancha y, en cambio, apostar por la vida democrática al sumarse en 1989 al Frente Amplio (FA), la coalición de izquierda que 16 años después logró llegar al poder con los votos. Hay otros que prefieren olvidar ese pasado y se concentran en su imagen de político austero, que se negó a mudarse a la coqueta residencia presidencial cuando asumió en 2010 y eligió quedarse con su esposa, compañera de toda la vida y entonces senadora Lucía Topolansky en la chacra en la que vivió hasta su último día en Rincón del Cerro, en las afueras de Montevideo.
También y especialmente fuera de la región solían concentrarse como un personaje de color en su forma descontracturada. Cuando asumió, por ejemplo, destacaban que decidió encabezar la ceremonia fuera del recinto parlamentario, como dicta la tradición del país vecino, para hablar de cara al pueblo (una idea que irónicamente hoy retoman líderes de extrema derecha que lo criticaron con dureza como Javier Milei).
Pero estas últimas caras de Mujica solían tapar la identidad que lo atravesó toda su vida: su mirada política de izquierda, su denuncia al status quo conservador que, según repetía una y otra vez, solo buscaba mantener reprimido, dormido o distraído a los más desfavorecidos y vulnerables. «Hay que pelear por el desarrollo, para tener los medios económicos que se puedan meter en la cabeza de los que vengan. Ese es el desafío más grande que tiene el país”, aseguró el año pasado en un emotivo discurso en el que le pidió a las nuevas generaciones que sigan su lucha política ya que, reconocía, que «peleaba con la muerte». ”Soy un anciano que está muy cerca de emprender la retirada de donde no se vuelve, pero soy feliz porque están ustedes, porque cuando mis brazos se vayan habrá miles de brazos sustituyendo la lucha y toda mi vida dije que los mejores dirigentes son los que dejan una barra que los supera con ventaja”, agregó. Esa fue la última vez que habló en público. Eligió hacerlo en un momento clave: el cierre de campaña del FA antes de las presidenciales que retornaron a la coalición que ayudó a construir al poder.
