Un funcionario público es el equivalente en el Estado, según el lugar que ocupe, a un gerente, director o presidente (CEO) en el sector privado. Sus responsabilidades no sólo son similares, sino todavía mayores, en tanto de sus decisiones depende, muchas veces, el mayor o menor bienestar de la sociedad. Al igual que cualquier gerente o director de una firma privada, el alto funcionario tiene personal a cargo, coordina equipos de trabajo y decide cotidianamente sobre el destino de cifras millonarias, inalcanzables para cualquier asalariado medio. Luego, por la propia naturaleza de la gestión, suele conocer el rumbo de las políticas públicas futuras, es decir maneja información privilegiada que resulta muy valiosa para cualquier inversionista.
Lo que se intenta destacar es que la función pública suele ser una tarea de altísima responsabilidad y altísimo valor. Sin embargo, por alguna razón que merece debatirse, se generalizó la hipocresía de que funcionarios como el Presidente y sus ministros, no pueden tener salarios equivalentes a funciones de similar responsabilidad en el sector privado. La hipocresía es total y entraña una forma de discriminación, en tanto solo podrían dedicarse a la política quienes ya cuentan con recursos. Si es por los salarios, la carrera de funcionario no sería una buena elección para quien busque prosperar, incluso modestamente, lo que dicho sea de paso es una discriminación inversa, en tanto “los mejores” buscarían otros rumbos, lo que por vía indirecta también contribuye al deterioro de las capacidades estatales. A todo esto, se suma la venalidad, los incentivos para la corrupción. Tener la capacidad de tomar decisiones que movilizan recursos millonarios con ingresos propios bajos es una combinación poco recomendable para cualquier sistema político. Los humanos son seres biológicos que funcionan predominantemente en base a incentivos.
Pero dejando de lado la hipocresía generalizada sobre los ingresos en blanco de los funcionarios se sabe que, precisamente por el alto valor de sus decisiones, en el mundo real existen múltiples formas de ingresos complementarios que, a veces, salen a la luz. En los años ’90, por ejemplo, el mecanismo para retribuir a los ministros del Poder Ejecutivo fueron los sobresueldos. Según se demostró en sede judicial, aquellos sobresueldos fueron dinero en efectivo con origen en fondos reservados de los organismos de inteligencia. Los famosos “sobres” que también se utilizaron para fidelizar y premiar a otros personajes vinculados al devenir político, como por ejemplo algunos comunicadores (en alguna cochera).
Dicho mal y pronto, el valor nominal oficial de los ingresos de determinados funcionarios solo es para consumo público. El famoso “para la gilada”. Se presume que el ingreso real se complementa con la distribución de fondos reservados, con aportes empresarios vía alguna fundación (con nombres de esos que iluminan en la oscuridad) y con la participación en una sumatoria de negocios (como la promoción de criptomonedas o la monetización de agendas). Llegados a este punto aparece inevitablemente el problema del manejo del dinero negro. Si el funcionario en cuestión ya era abrumadoramente rico, como en el caso de algún ministro de Economía, no hay problema. Sus nuevos ingresos no provocarán ningún cambio aparente ni apreciable en su estilo de vida ni en sus consumos. Si en cambio se trata de un advenedizo deberá manejarse con cuidado. El incremento patrimonial será difícil de explicar. Para evitar este problema se inventó el lavado de activos. Llama la atención que un funcionario con título de contador desconozca esta cuestión de fondo. Una posibilidad es que su ansiedad por disfrutar de los nuevos beneficios lo haya traicionado, aunque incluso para esta ansiedad existan los remedios.
Una de las explicaciones, probablemente mitológicas, sobre el origen de la expresión “lavado” de dinero se remonta a los tiempos de Al Capone, cuando literalmente se utilizaron lavanderías de ropa para ingresar el dinero negro al circuito legal. Las lavanderías eran ideales porque tenían mucho flujo de efectivo imposible de rastrear, eran una actividad en absoluto sospechosa y podía simularse la cantidad real de clientes. Es evidente que lo mismo puede hacerse, por ejemplo, con cualquier comercio gastronómico u hotelero.
Si el lector es consumidor de series seguramente recordará Breaking Bad. En ella Walter White, Heisenberg, elabora una anfetamina exquisita. Su primer problema es comercializarla, pero inmediatamente su segundo problema es la justificación de sus nuevos ingresos, para lo que elige adquirir, precisamente, un lavadero de autos. El capitalismo es difícil de entender sin el lavado, los ejemplos en el arte son abundantes. Otra serie que muestra el proceso y el problema es la también estadounidense Ozark. En el presente un negocio clave para el lavado son los casinos y el negocio legal del juego en general.
Regresando al punto, un funcionario advenedizo, con origen en las clases medias o bajas, jamás debe empezar por la adquisición de activos como inmuebles para uso propio. Primero tiene que adquirir su propia lavandería, la gastronomía puede ser una opción de entrada. En paralelo se pueden poner algunas fichas en el negocio financiero, más cuando se tiene acceso a información privilegiada, lo que obligará a tercerizar la operatoria. Aquí pueden asesorar los compañeros de gabinete. Para la vivienda propia siempre conviene esperar. Si gana la ansiedad y se tienen muchas ganas de vivir en un lugar mejor una posibilidad es alquilar. Aunque aquí también puede ocurrir que el alquiler sea muy elevado y en consecuencia sospechoso. Lo preferible es que le “presten” esa propiedad mejor, por ejemplo en Puerto Madero. Seguramente no será el primer funcionario que habite en el barrio más caro de la capital en un departamento prestado por un amigo rico y generoso.
Sin embargo, los amigos ricos también pueden ser un problema. En la función pública existe el delito de dádivas, un delito contra la administración pública con penas de cárcel e inhabilitación. No se pueden aceptar regalos de ningún tipo en nombre propio. Mucho menos estadías para toda la familia en hoteles lujosos en la remota Patagonia. Pagar esa estadía meses después puede ser una anomalía sospechosa.
La conclusión preliminar es que, si de pronto se dispone de cantidades abundantes de dinero negro, no hay que ir al día siguiente a cambiar el auto, tomar vuelos privados, comprarse propiedades y consultar por el último Rolex. Lo más conveniente es aprovechar la abundante experiencia que el capitalismo realmente existente pone a disposición para pasar desapercibido o, en el peor de los casos, explicar la nueva riqueza. Mándele estas líneas al amigo que las necesite, en especial si ese amigo tiene pocos amigos que le digan.

