Opinión

La doctrina Milei

El jueves último el presidente Javier Milei visitó la escuela privada ORT para dar una charla a estudiantes de cuarto y quinto año de secundaria. El tema de su alocución fue “Ética como política de Estado”, en el marco del seminario “Inteligencia artificial y educación”. Su visita fue un verdadero caos para los que tuvieron que circular por esa zona de Almagro y ni qué hablar de los vecinos de la ORT, con perros policía intimidando a estudiantes y empleados de la escuela, francotiradores por todos lados. Parecía más la llegada del líder de un país en guerra que el presidente de los argentinos.

La intención original fue que su discurso se mantuviera en la intimidad de los alumnos, invitados y profesores presentes. Nada de grabaciones, de celulares y, mucho menos, de periodistas. Solo se divulgarían fragmentos aprobados y distribuidos por el propio gobierno. Como si el entorno del presidente tuviera la certeza de que Milei iba a lanzar sus habituales diatribas cargadas de insultos, desprecios y amenazas. Y el presidente nunca defrauda las expectativas.

Las primeras preguntas que se plantean con la visita del presidente a esta escuela no son sobre él sino sobre la institución. ¿Qué fue lo que llevó a la Escuela ORT a invitar a Milei a dar una charla a sus alumnos? ¿Cómo valoró la ética del invitado? ¿Cuáles son los estándares para evaluar la presencia de un disertante ante decenas de adolescentes a los que ese colegio tiene que educar en muchas áreas, pero sobre todo en valores humanos? ¿A la ORT, por ejemplo, no le interesa que sus invitados ponderen la solidaridad? Porque este presidente jamás se ha mostrado solidario con los pobres, los hambrientos, los endeudados, los discapacitados. Ni la menor empatía demuestra hacia los que más sufren sus políticas. ¿A la ORT no le parece necesario que un disertante de su escuela manifieste la tolerancia como valor esencial? Porque el presidente no deja de insultar a quienes no piensan como él, los expone, los somete a persecuciones en las redes sociales, los estigmatiza. ¿La ORT no considera un problema que sus alumnos reciban un discurso por parte de alguien que se expresa con lenguaje soez y agresivo? ¿Qué priorizó la ORT a la hora de ofrecer a Milei la presencia de su bien más preciado, sus alumnos? No hay una respuesta clara al respecto.

Está bueno que un presidente les hable a los jóvenes en distintos ámbitos, incluido el educativo. Pero lo mínimo que se le puede pedir es que se exprese como el presidente de todos los argentinos. Que hable de aquello que nos une (o que al menos nos debería unir). No es mucho pedirle a un adulto, con una formación básica aceptable, que ya ha cometido muchos errores al respecto, que intente por una vez ser el primer mandatario y no la reina enojada de los cuentos infantiles. No lo hizo ni pensó hacerlo, como seguramente los responsables de la ORT ya sabían que ocurriría.

Indudablemente, el presidente tiene estilo. Si pusiéramos sus palabras por escrito y no dijéramos quién las dijo, todo el mundo las reconocería. Como con Borges, con Hitler, con Super Hijitus, su estilo es fácilmente parodiable. Una marca muy fuerte es la ignorancia. En su visita a la ORT citó una obra teatral de juventud de Karl Marx, Oulanem, y confunde al personaje con al autor, pone en un mismo nivel la obra teatral de un veinteañero con un tratado de filosofía y economía política que cambió el mundo. Todo sea para acusar de satanismo al pobre Marx. Resulta también muy sugestivo que la cita de Milei es el fragmento que aparece en la entrada de Wikipedia de la obra teatral.

Otras de sus marcas fácilmente reconocibles es su tendencia al misticismo, que lo lleva a creerse parte de un plan divino. Como los gobernantes de Irán e Israel, Milei está convencido de que Dios participa de sus decisiones políticas. Por eso no admite críticas, ni dudas. Su ortodoxia religiosa, el culto a su propia personalidad, son muy comunes entre aquellos que no dudan en iniciar guerras o justificar matanzas. También es bastante común en gente internada en neuropsiquiátricos, hay que decirlo.

Otro rasgo característico de cualquier discurso de Milei es su ataque a los periodistas. Acá no solo lo repitió, sino que hizo algo deleznable: buscó que los alumnos abuchearan a los periodistas, entraran en su juego de violencia, en su lógica de agresiones e intimidaciones.

Ante tanta sinrazón, que el presidente haya utilizado la tribuna educativa para defender a su gobierno y atacar a la oposición, es un lugar común mileísta. Con el convencimiento y el grado de veracidad de un vendedor de autos usados, Milei ofreció un nuevo producto nacional a los intereses foráneos: desregulación de las actividades de empresas dedicadas a la IA, en un momento en el que Estados Unidos, China y Europa han decidido aumentar los controles, por los riesgos que significa la falta de regulaciones.

¿El presidente no estaba en contra del adoctrinamiento en las escuelas? ¿Y qué fue lo que él hizo? ¿Stand up mononeuronal? Que el árbol del enojo no nos tape el bosque de la gravedad institucional de que un funcionario (¡el presidente!) utilice su tiempo con adolescentes para cargarlos con su odio y resentimiento. Un intento de generar una sociedad violenta y dividida.

Desde que asumió como presidente, Milei participó de dos actividades en escuelas secundarias. Antes de visitar la ORT, estuvo en los comienzos de su mandato en el Instituto Cardenal Copello de Villa Devoto, donde el presidente hizo sus estudios. Las dos únicas escuelas que merecieron su discurso fueron instituciones privadas. Nada de visitar una escuela pública, de llevar su presencia a un recinto educativo de las provincias, mucho menos acercarse a una escuela rural. En el nauseabundo planeta gaseoso en el que ha decidido vivir el presidente Milei, la educación pública no existe. Es más: la educación pública en todos sus niveles es su enemiga. Tal vez porque los maestros y profesores de nuestras escuelas y universidades estatales no aceptarían tan livianamente que un ser mezquino con poder se dirija a sus alumnos para adoctrinarlos en el odio, el egoísmo y la mentira. Punto a favor para la educación pública.

Por Sergio Olguín

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