Opinión

La economía y el Estado ante la catástrofe

Atilio Borón reflexiona acerca del efecto devastador de otros fenómenos que paralizaron al mundo. ¿Cómo resurgieron de la crisis? ¿Podrán hacerlo esta vez?

 

El siguiente texto forma parte de El Futuro después del COVID-19, un libro digital donde cerca de treinta intelectuales de la Argentina reflexionan sobre la pandemia que azota al mundo. La obra forma parte del programa Argentina Futura, perteneciente a la Jefatura de Gabinete de Ministros de la Nación. Es dirigido por Alejandro Grimson, titular del programa y asesor presidencial, y compilado por Nahuel Sosa, Lila Siegrist y Federico Escribal, la publicación rastrea las condiciones políticas y económicas que hicieron falta para que un virus pusiera en jaque a toda la humanidad explora nuevos interrogantes e imagina escenarios inéditos.

Los autores son: Alarcón, Alemán, Barrancos, Borón, Cabezón Cámara, Canelo, Carreiras, Casullo, Fidanza, Follari, Forster, Giunta, González, López, Maffia, Malamud, Mignolo, Moreno, Palermo, Rebón, Sarlo, Segato, Svampa, Sztulwark, Tokatlian, Valdettaro, Viale Waisbord.

 

 

Desde la más remota antigüedad guerras, inundaciones, terremotos, sequías, hambrunas y pestes han sido las parteras de profundos cambios experimentados por las sociedades que padecieron estas adversidades. Las dos guerras mundiales del siglo veinte influenciaron decisivamente la reestructuración no sólo económica sino también política y social de buena parte de las naciones afectadas por estos conflictos. Lo mismo ocurrió con la Gran Depresión de los años treintas, que fue un ominoso paréntesis entre ambas conflagraciones mundiales en donde el bajón económico y el desempleo masivo se combinaron con el auge de los fascismos. La peste negra en Europa mató aproximadamente a un tercio de su población entre 1347- 1353. La Gran Peste aniquiló a 100.000 personas, la cuarta parte de la población de Londres. Guerras y pestes tienen un enorme y variado impacto. Señalemos tan sólo uno, usualmente subestimado: el exterminio de una parte de la población y la consiguiente reducción de la mano de obra disponible modifica la relación de fuerzas entre la burguesía y la aristocracia –la clase dominante- y sus trabajadores. Tanto los campesinos enfeudados en la época medieval o los obreros y jornaleros en la Londres de mediados del siglo XVII mejoraron sus ingresos reales (de diverso tipo) más del doble después de esas plagas.[1] Y lo mismo ocurrió después de las grandes guerras del siglo pasado, especialmente de la Segunda. Sin duda, la recuperación de la fuerza de las izquierdas y el movimiento obrero jugaron un papel fundamental en esa recomposición progresiva de la distribución del ingreso. Pero los veinte millones de muertos caídos en los principales países de Europa Occidental (excluyendo los 29 millones de la URSS) fueron un factor de indudable gravitación en la significativa modificación en la relación de fuerzas entre capitalistas y trabajadores.

 

¿Será diferente esta vez? Nada indica que el mundo que emerja de las ruinas de esta pandemia, la primera realmente global en la historia, será la alegre continuidad del que le precedió. La Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial y la reconstrucción keynesiana de la posguerra detuvieron por un tiempo el primado de las ideas liberales. Fueron los “veinticinco años gloriosos” transitados entre 1948 y 1973, momento en que el ciclo keynesiano comienza a derrumbarse. Pero la restauración, ahora bajo el engañoso nombre de “neoliberal”, no pudo retroceder el reloj de la historia. Por más que se empeñaron los gobiernos surgidos del agotamiento del ciclo progresista de la segunda posguerra no pudieron regresar al pasado. El enorme crecimiento de los estados y los avances en la regulación de los mercados no pudieron ser detenidos. Hubo sí una excepción porque el capital financiero, devenido en la fracción hegemónica del bloque burgués, se desmarcó de esta tendencia y, de hecho, se convirtió en el “gobierno invisible” en la mayoría de los capitalismos desarrollados. Fracasaron en su empeño restaurador nada menos que Ronald Reagan, Margaret Thatcher y los sucesivos gobiernos de centro derecha o derecha de Alemania y Japón. Los datos que sintetizamos en la siguiente tabla son de una elocuencia extraordinaria que ahorra miles de palabras.

 

Gasto total de los gobiernos, 1900, 1929, 1975 y 2011
(países seleccionados, como % del PIB)

 

La economía y el Estado ante la catástrofe

Estas cifras demuestran la magnitud del cambio experimentado por el paradigma de gobernanza macroeconómica del capitalismo después de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial y que tiene como una de sus puntales más firmes la vigorosa presencia del estado en la vida económica. Alemania más que triplicó el gasto público entre 1929 y 2011, aún luego del retroceso de casi 5 puntos impuesto por el auge de las ideas neoliberales a partir del derrumbe del ciclo keynesiano. El Reino Unido casi lo duplica entre aquellos mismos años, habiendo llegado a un pico previo al gobierno de Margaret Thatcher de 53.1 %. En Estados Unidos el crecimiento desde 1929 hasta los finales de la Administración Obama fue de doce veces, y en Japón, otro de los milagros económicos de posguerra, el gasto público se multiplicó por dieciséis. Más estado que mercado para sostener el proceso de democratización y ciudadanización de la posguerra. Salud, seguridad social, educación, vivienda y todos los bienes públicos que debe ofrecer el estado fueron los motores que impulsaron la creciente centralidad del estado en la vida económica y social. Y los recortes experimentados en los años de la hegemonía ideológica del neoliberalismo no alcanzaron a alterar, en lo esencial, el nuevo equilibrio alcanzado en la posguerra.

De lo anterior se desprende que la pandemia que nos atribula está destinada a tener un impacto mayor aún a cualquier otro conocido. El sobrio y siempre muy bien informado Premio Nobel de Economía Paul Krugman escribía este 13 de Abril en el New York Times que “las recientes pérdidas de empleos son apocalípticas: casi 17 millones de trabajadores se inscribieron para recibir su seguro por desempleo en las últimas tres semanas. Economistas independientes sugieren que la tasa de desempleo hoy ronda en torno al 20 %, similar a la que existía en lo más profundo de la Gran Depresión”.[2] Expresiones anteriores de este economista, y otros, apelan a términos completamente desusados en las últimas décadas: “catástrofe”, “desastre”, “hundimiento” son algunos de los más socorridos, oídos por última vez, pero no con tanta unanimidad y tanto tiempo, en la crisis de octubre de 1987. La respuesta del empresariado estadounidense ha sido criminal. Naomi Klein ha informado que  McDonald’s le negó la licencia paga por enfermedad a 510.000 empleados; Walmart a 347.000; Burger King a 165.000, Marriot a 139.000 y entre nosotros Techint y otras empresas están también adoptando el mismo criterio.[3] Y, en línea con esto, la credibilidad y el respeto por la economía capitalista se han resentido fuertemente en la medida en que la  gente  en Estados Unidos y en casi todos los países europeos –con la provisoria salvedad de Alemania y Suecia, por ahora- caen en la cuenta que haber hecho de la atención médica y la producción de medicamentos un negocio puede ahora costarle la vida a centenares de miles de personas, si no a millones. Por eso Noam Chomsky ha dicho, en una de sus más recientes intervenciones, que el fracaso del “libre mercado” como ideología ha sido monumental, y que la población, aún la menos politizada, ha tomado nota de eso.

Ahora bien, esta crisis económica, por lo que estamos viendo, no fue un rayo en un día sereno, no irrumpió en la vida de los Estados Unidos y los países europeos como un accidente totalmente inesperado. La economía estadounidense tiene básicamente dos motores: el consumo doméstico en el sector servicios (que da cuenta del 70 % del total de la actividad económica) y la industria armamentística, o sea, el complejo militar-industrial. La caída en el consumo en el país del Norte es resultado directo del estancamiento de los salarios reales que padece fuertemente el 50 por ciento más pobre de la población y, de modo un tanto atenuado, el 30 por ciento restante. La razón: la insuficiencia en los ingresos se compensa con un endeudamiento de los hogares que a finales del 2019 ascendía al 76.1 % del PIB, aunque otras estimaciones ubican esta proporción en un nivel superior. Lo sorprendente es que un conjunto de naciones europeas son las que encabezan el ranking de los hogares más endeudados del planeta: Suiza, Dinamarca, Australia, Holanda, Canadá y Noruega, todos con un nivel de endeudamiento igual o superior al PIB de sus respectivos países. Corea del Sur, el Reino Unido y Suecia, todos con cifras en torno al 90 % son los tres que le siguen, y EEUU con el guarismo arriba mencionado pero que, en términos de cifras adeudadas supera el PIB de la mayoría de las naciones del mundo.[4]

Noticias Relacionadas

Los obstáculos de Milei para la reelección

Editor

¿Qué país verían realmente los marcianos?

Editor

El deterioro de la imagen presidencial y los sondeos del Círculo Rojo para la sucesión

Editor
Secret Link