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Las lágrimas del ministro de Salud Mario Lugones no alcanzan para tapar 87 muertos por el fentanilo contaminado

Mario Lugones, ministro de Salud, eligió el prime time para quebrarse en cámara. Lágrimas, tono compungido y la frase de manual: “me pongo muy mal porque soy médico”. Lástima que la emoción televisiva no revive a las 87 víctimas confirmadas, y contando, de un medicamento que debería estar bajo su órbita de control.

El relato oficial es un clásico: la culpa es siempre de otro. Lugones apunta al laboratorio HLB Pharma, a su dueño con prontuario, al kirchnerismo, a los gobiernos anteriores, a los burócratas de ANMAT, al juez que “se demoró”.

El ministro es un maratonista del pase de facturas: corre más rápido que cualquier auditor. Lo que nunca explica es cómo un fármaco mortal circuló durante meses bajo su nariz sin que su Ministerio ni la “eficiente” ANMAT lo detectaran a tiempo.

El grotesco alcanza niveles de tragicomedia cuando defiende a la directora de ANMAT, Nélida Bisio, porque actuó “en dos horas” una vez que le llegó el informe. Lástima que el papel tardó meses en subir de escritorio en escritorio mientras la gente se inyectaba veneno. Un Estado de cartón pintado que parece más diseñado para justificar cargos que para salvar vidas.

Y en la cima de la pirámide, aparece Javier Milei. El prescindente decidió debutar en el tema con lo único que sabe hacer: culpar al peronismo. Como si los muertos tuvieran color partidario, Milei convirtió una tragedia sanitaria en otro sketch de campaña.

Ni una autocrítica, ni una línea sobre los recortes, ni una palabra sobre el vaciamiento del sistema de control. Solo la motosierra discursiva, esa que ya no corta gasto pero sirve para serruchar responsabilidades.

El ministro asegura que no tiene laboratorios, que solo es accionista de un sanatorio, que todo es transparente y que llegó para “cambiar las cosas”. A juzgar por los resultados, lo único que cambió fue la velocidad con la que el Gobierno se lava las manos: récord olímpico en evasión de responsabilidades.

Mientras tanto, los familiares de las víctimas no tienen rating, los muertos no votan y la salud pública sigue siendo un adorno en el altar del ajuste. Pero tranquilos: Lugones promete que en seis meses habrá un sumario. Si todavía queda alguien vivo para leerlo.

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