Se produjo el milagro de descubrir la justicia social
El gobierno y sus patronales confían en que seguirá siendo más fuerte el “Nosotros o El Caos” que la realidad del ajuste. Pero saben que deben empezar a disimular mejor.


Casi todas las noticias e informaciones de estos días, prácticamente, confluyen en la sensación de ser un loop. El Gobierno tolera o estimula a un Presidente sin más recursos –a la vista– que profundizar agresiones y desvaríos. Con eso volvería a alcanzarle para mantenerse a la iniciativa, aunque ya más rengo que firme. Y los demás, comentaristas.
La media sanción de Diputados a la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central y la Inocencia Fiscal II no mueve en absoluto el marcador popular. Dicho con exageración y respeto, nadie tiene mayor idea o interés sobre esas temáticas. Son chino básico en cuanto a su rebote masivo.
Asimismo, pasaba de largo la nueva tanda senatorial de pliegos judiciales aprobados. Fue así hasta que la totalidad de la bancada peronista –con la única excepción de Martín Soria, quien se retiró del recinto– contribuyó a una aplastante mayoría para promover, entre otros, nada menos que a Pablo Yadarola. Créase o no: uno de los jueces de Lago Escondido.
El hecho despertó un escándalo mayúsculo en la sección politizada de las redes. No así en los medios tradicionales. Dejó con la boca abierta, incluso, a soldados de los sectores más duros de la interna.
El promedio de reacciones puede situarse en la incógnita de cómo pudo ser que el peronismo otorgue aval a un corpus de esa famiglia judicial que persiguió y encarceló a Cristina. Si acaso ella lo avaló. O si es la probanza de que su conducción sufre una mella difícil de remontar.
Hasta ahora, el autor de estas líneas no ha dado con ninguna fuente confiable -entre muchas- que explique sin incertidumbres cuál es la transa detrás de semejante… ¿episodio?
Todas las versiones resuenan verosímiles y disparatadas a la vez, pero ninguna atraviesa el terreno de la especulación.
Sí produjo interés relativo el anuncio de una nueva línea de créditos hipotecarios, empleando fondos de la Anses. En la mejor de las estimaciones, tendrá una llegada reducida y destinada a segmentos más o menos acomodados. Nunca extendidos.
Como sea, lo impactante es que Caputo Toto acompañó la novedad con mención a “la justicia social”. Eso sí que no es loopeo, porque la figura está ¿o estaba? a la cabeza de las prohibiciones y denuestos del diccionario libertarista.
¿Qué les pasó? ¿Apuntaron que ya no basta con el guitarreo de “la macro”? ¿Se dieron cuenta de que viven en un termo respecto de percepciones en la calle, en el cotidiano, en los gruesos de la economía familiar?
No, como ensayo de respuesta.
Confían, ellos y sus patronales, en que seguirá siendo más fuerte el Nosotros o El Caos. Pero saben que deben empezar a disimular mejor.
Son fuegos de artificio, relativos a que ya estamos en campaña. Algo tienen que mostrar como símil del “Plan Platita”, que se cansaron de denigrar. Pero que parezca un accidente.
Una síntesis asequible sería que, a la par de resignarse a esos signos de “sensibilidad”, dejan que El Hermano redoble sus signos de desatado irrefrenable. Una suerte de “el loco está más loco que nunca, pero hay que fijarse en lo que nosotros ejecutamos y no en lo que el loco persiste en vomitar para mantener su perfil identitario”.
Fue así que se produjo, apenas por citar y mientras avanzan las negociaciones con los ex cambiemitas, esa bizarra intervención de Milei en una escuela de la comunidad judía.
Promovida como una disertación sobre desafíos éticos y de la Inteligencia Artificial, el presunto o real orate desplegó una retahíla de alucinaciones sobre el satanismo marxista. Y nos enteramos de que el capitalismo ya estaba previsto en los Diez Mandamientos. En paralelo, su show de tuiteos y retuiteos, a pura escatología, reactivó el interrogante de cuándo gobierna en lugar de ensimismarse con la pantalla del celular.
¿Será una forma de manifestar que puede arreglárselas sin Cerimedos, justo cuando ese affaire amenaza con golpearlo debajo de la línea de flotación? Sólo amenaza, entiéndase bien.
Se amontonan los hechos de corrupción, de Libra en adelante y con La Hermana involucrada, sin que eso le afecte mantener un piso atendible de aceptación electoral. Se diría que muy considerable, al cotejárselo con la magnitud del inédito ajustazo contra las mayorías.
En su magnífica columna publicada este viernes en Página/12, acerca de si “está loco o nos vuelve locos”, Fernando D’Addario refiere a la intemperie en que se deja a millones de trabajadores en nombre de la libertad y la modernización.
Señala que detrás del cambalache, y de la sordidez de sus principales representantes, hay un modelo de país que se consolida en silencio (aquí cabría la pregunta, o el disparador, en torno a si realmente es una mudez despiadada o, más bien y como desarrolla el propio colega, algo que no es “locura” sino un proyecto perfectamente determinado).
Uno de los párrafos destacados del escrito, cuya lectura merece ser completa, advierte que la aceptación de este modelo es transversal a casi todas las fuerzas políticas, permea la mayoría de los medios periodísticos más influyentes y admite, incluso, maquillajes, paliativos y llamamientos a “la empatía”.
Pero, como añade, no se negocian los lineamientos básicos.
Esto es: subordinación incondicional a los negocios e intereses geoestratégicos de Estados Unidos; puja hegemónica entre campo e industria desplazada a favor del extractivismo minero, explotación de hidrocarburos e intermediación financiera y, finalmente, irreversibilidad de la correlación de fuerzas entre capital y trabajo.
Así, el dichoso “rumbo” ya no sería Perú. Asomaría Nigeria, directamente. Un enclave y a otra cosa.
Sin embargo, como también adosa D’Addario, la mayoría de la gente, despolitizada y ajena a las especulaciones ideológicas, prefiere que haya un cambio, sí, pero mientras no suba la inflación.
¿Cómo? ¿Significa que, ante la menor amenaza de un retorno inflacionario “explícito”, se optaría por que continúe “el loco”, aun tapándose la nariz, debido a que asegura una estabilidad de restricciones crecientes, en otros tiempos inaguantables, pero estabilidad al fin?
Sí. Hoy no parece probable por las desventuras del sujeto. Pero no deja de ser viable. Y se repotencia la pregunta de si, ante tal eventualidad, corresponde el enojo o la furia contra quienes evalúan, sienten, perciben, calculan, de esa manera. O si no cabría topetear a quienes persisten, por ejemplo, en el culto a las internas permanentes.
¿Cuál sería la lógica de que la mayoría del “pueblo” -como si esa palabra fuera hoy una entidad cognoscible de inmediato- confiase en meros recitadores de consignas?
Tan simple y complejo como eso, “las fantasías apocalípticas de los sobrepolitizados funciona como un tiro en el pie, porque el desbarrancadero no tiene final y, mientras tanto, la vida cotidiana desmiente el viejo latiguillo trosko” en tanto, acá, no es que con Milei cuanto peor mejor. Con Milei, cuanto peor, peor.
Remata D’Addario con un señalamiento inapelable, al indicar que vemos aparecer a políticos, empresarios y comunicadores apostando por “lo mejor del modelo”, pero con una palmada en el hombro de sus víctimas.
Es decir: una continuidad del rumbo “macro” matizada con empatía hacia los que sufren “la micro”.
El cierre del artículo consiste en que claudicar frente a ese discurso, con la zanahoria de sacarnos de encima a “el loco”, sería la certificación de que la batalla cultural se perdió hace rato. Y que ojalá la veamos a tiempo.
Uno no sabe, casi ni por asomo, cómo será o sería que la veamos a tiempo. Supone -sólo eso- que alguna dirigencia responsable, lúcida, en su acepción de frenar este desquicio estructural, podría acabar imponiéndose contra la fantasmagórica probabilidad de un Milei reelecto.
Empero, salvo imaginar esa alternativa como una sociedad levantada en rebelión incontenible para confrontar en calles y urnas, lo más expectante es un liderazgo opositor unificado con, desde ya, sapos incluidos.
Si eso es intragable, se aceptan recetas o intentos de fórmulas dibujadas en la arena con retórica o profundidad poética. Pero no pareciera que vayan a ser útiles frente a la dimensión de lo puesto en juego.
La contraria es resignarse a que sólo se trata de escenografías demo-liberales donde los dueños de la pelota son inevitablemente los mismos in aeternum, abandonar toda perspectiva de siquiera controlarlos con algún papel reactivante de un Estado presente para corregir los desequilibrios más inmundos… y esperar al milagro de que despierten organizadas, vaya a saberse por quién, las conciencias de clase.
En otras palabras, más se trataría de una cuestión de fe, o casi de misticismo, en reemplazo de anotar que las elecciones presidenciales quedan tan lejos como a la vuelta de la esquina.
Y que el análisis concreto de la situación concreta es si habrá -o no- la voluntad de poner (algún) freno. No al “loco”. A lo que representan las decisiones prefijadas de sus mandantes.
