No cuentes lo que viste en los jardines, el sueño acabó
Obsesionado con el periodismo Milei pide abucheos a periodistas a alumnos de 16 y 17 años. Desde “ensobrados” a “mierdas humanas”, categorías donde el “odio nunca será suficiente”
Milei en en la escuela ORT
Ocurrió esta semana en la escuela ORT, delante de alumnos de cuarto y quinto año. Javier Milei hablaba sobre la propiedad privada y el mandamiento de no robar cuando decidió interrumpirse para deslizar una referencia contra los periodistas. Algunos estudiantes reaccionaron. Milei los estimuló: “Si quieren hacerlo más fuerte, se los voy a festejar”. Y el abucheo creció.
El episodio podría pasar como otra excentricidad presidencial si no formara parte de algo mucho más persistente. Milei no discute solamente con periodistas. Los insulta, los desacredita, los convierte en una categoría moralmente despreciable y clama con voracidad: “No odiamos lo suficiente a los periodistas”.
No es una frase aislada pronunciada durante un enojo. El ataque se volvió sistemático. En apenas una semana de agosto, un relevamiento de La Nación contabilizó 335 mensajes contra la prensa que el presidente publicó o reprodujo en X. Hubo acusaciones, insultos y descalificaciones. Días después calificó a Marcelo Bonelli, periodista del Grupo Clarín, como “mierda humana mentirosa” mientras su ministro de Economía, Luis Caputo, reclamaba consecuencias judiciales para publicaciones que consideraba falsas.
Está claro que todo gobernante tiene derecho a discutir con el periodismo. Y el periodismo debe aceptar esa discusión. Es un oficio y una industria con errores, intereses, miradas ideológicas, miserias y virtudes como cualquier otra actividad humana. La crítica oxigena y aporta miradas incluso cuando la justicia pide explicaciones ante mentiras publicadas.
Pero una cosa es discutir una noticia, desmentir un dato o enfrentar a un cronista y otra muy diferente es convertir a “los periodistas” en una categoría enemiga. Y en eso Milei ha construido un discurso con acciones como política de estado.
Según sus frases en el colegio esta semana, no importa qué escribió cada uno. Todos pasan a integrar un mismo colectivo sospechoso. El periodista deja de ser alguien que puede equivocarse o incluso actuar de mala fe para transformarse, simplemente por ejercer su oficio, en alguien merecedor de “festejar el abucheo”. Eso es lo que vuelve inquietante la escena de ORT.
Milei estaba delante de chicos de 16 y 17 años. Había llegado a una escuela para participar de una actividad presentada alrededor de la ética y la inteligencia artificial. Terminó hablando durante buena parte de los cuarenta minutos sobre religión, capitalismo, marxismo, el bien y el mal. Dijo que “Marx era satanista”, sostuvo que no existe un tercer camino entre el bien y el mal y vinculó sus propias decisiones de gobierno con ese orden moral y religioso. Y en medio de todo eso aparecieron, otra vez, los periodistas. “Para abuchearlos mejor”.
A Milei le encanta esa proclama y la arenga y difunde en su tropa que se comporta como él. Lo susurran por lo bajo y a pesar de vínculos, cercanías y relaciones, se asocian al silencio para escapar a los micrófonos de los medios tradicionales. Es muy difícil que la dirigencia de su espacio político le dé entidad al periodismo. Reciben una orden y la acatan como un “mandamiento divino”. El Presidente dejó de transmitir una idea política y enseñó un comportamiento: señaló a quién despreciar.
El dirigente de DAIA Adrián Moscovich conoce especialmente ese escenario. Dirigió ORT durante veinte años y, además, votó a Milei. Después del episodio cuestionó que una escuela se convierta en el ámbito para tratar de satánico a quien piensa diferente o para convocar a los alumnos a abuchear la actividad periodística. Y dejó una frase que quizá sea más significativa precisamente porque proviene de alguien que acompañó electoralmente al Presidente: “Queremos el cambio, no profundice la brecha”.
La discusión tampoco debería convertirse en una defensa corporativa de los periodistas. El poder y el periodismo mantienen por naturaleza una relación incómoda. El periodista pregunta aquello que el funcionario preferiría no contestar. Busca el documento que alguien hubiera preferido mantener guardado. Cuenta el dato que contradice el relato oficial. Esa tensión no constituye una anomalía de la democracia. Es parte de su mejor combustible.
Tal vez Milei cuando aconsejaba a Eurnekian en sus empresas o colaboraba con Sergio Massa en sus medios, haya sido testigo de los sobres yendo y viniendo a los bolsillo de muchos periodistas. Sin embargo, más allá de la ligera conjetura, nada lo habilita a generalizar.
El periodista introduce una interferencia en una forma de comunicación política que pretende ser directa: el líder habla y sus seguidores escuchan. Las redes sociales hicieron posible ese vínculo sin intermediarios. El Presidente puede hablarle a millones de personas desde un teléfono sin que nadie le pregunte, repregunte, contraste o contextualice.
“Desde la máxima autoridad del país no se invita a discutir una idea sino a despreciar a quienes ejercen una actividad
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”
Pero sin duda el periodismo intentará interrumpir esa comodidad. Y por supuesto que también se equivoca. Y algunas veces mucho. Pero la respuesta democrática a un periodista que se equivoca es demostrar su error, es exhibir la verdad. La respuesta a una operación periodística es investigarla y denunciarla.
El odio es otra cosa.
El problema no consiste en que los adolescentes escuchen a Javier Milei. Lo preocupante comienza cuando desde la máxima autoridad del país no se invita a discutir una idea sino a despreciar a quienes ejercen una actividad. Porque los presidentes pasan, igual que los cronistas.
Quizás por eso la imagen de ORT resulte tan perturbadora. No fue solamente Javier Milei atacando otra vez al periodismo. Esta vez había chicos entusiasmados con su idea de odiar. Sonrisas y arengas. Una batalla cultural que siembra perversamente. Mientras no deja de sonreir.



