“Pese al esfuerzo miserable que hicieron por esconderlos, los encontramos”
Paula Mónaco Felipe halló los restos de sus padres. Roberto Doldán celebra la identificación de su hermana. Graciela Geuna se les une y reclama más recursos y más velocidad hasta encontrar a todos los que faltan.


Paula Mónaco Felipe enciende la computadora. Se conecta desde México, donde vive desde 2004. Trabaja como periodista: documenta las desapariciones contemporáneas y acompaña a las familias que buscan. Ella sabe perfectamente qué es buscar, pero ahora también sabe qué es encontrar. La semana pasada, el Juzgado Federal 3 de Córdoba le informó que habían hallado los restos de sus padres en los terrenos aledaños a lo que fue el campo de concentración de La Perla. “Pese al esfuerzo miserable que hicieron por esconderles, por sacar de ahí sus cuerpos con maquinaria pesada, por llevárselos para que no quedara nada; pese al esfuerzo muy cobarde de mantener este silencio durante 50 años y pese a que la materia se degrada con el paso del tiempo, los encontramos. Los estamos encontrando. Lo único que quiero es que podamos encontrarlos a todos. Mi familia se quita una capa gris y vuelve a vivir en colores. Estamos muy agradecidos. La tierra nos guardó estos restos”, dice con voz honda y una inconfundible tonada cordobesa.
Paula es hija de Ester Felipe y Luis Mónaco. Paula no tiene recuerdos de sus padres. Los secuestraron a ambos el 11 de enero de 1978, cuando los represores de La Perla ya estaban terminando con su faena de tortura y muerte.
Ester –hermana de la compositora Liliana Felipe– era psicóloga; Luis, periodista. Los dos militaban en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Se habían casado en 1977, cuando estaban esperando a Paula.
Al momento del secuestro, Paula tenía solo 25 días Quedó en la cuna. Se crió con sus abuelos maternos. Su familia se incorporó a la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) y a Familiares para buscar. Ella se enteró por televisión de que se había conformado H.I.J.O.S. en 1995. Se incorporó a la organización cuando estaba en cuarto año del secundario.
A Ester se la llevaron en camisón y chancletas. En un descuido de la patota, Ester alcanzó a llevarse una foto de su beba. La tuvo sobre su pecho mientras estuvo en el campo de concentración. Estuvieron cautivos unos pocos días hasta que los sacaron para fusilarlos.
En La Perla hubo entre 2200 y 2500 personas secuestradas, según estimaciones del Archivo Provincial de la Memoria (APM). El centro clandestino estaba ubicado a la vera de la Ruta 20, que une Córdoba capital y Villa Carlos Paz. Allí no había vuelos de la muerte para deshacerse de los cuerpos, como sucedía en otros campos de concentración como la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) o Campo de Mayo. En La Perla, los secuestrados eran ejecutados en terrenos cercanos e inhumados en fosas clandestinas.
En 1979, ante la inminencia de la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), los represores hicieron una operación para levantar esos cuerpos. No querían que la evidencia de sus crímenes fuera fácilmente hallable para los expertos internacionales que venían a comprobar las denuncias que se acumulaban por doquier. En Córdoba, el Ejército dispuso de maquinaria pesada para remover los cadáveres de quienes habían estado encerrados en La Perla. Pero la tierra, obstinada, guardó pequeños restos que sirvieron para que el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) los encontrara.

Las tareas de excavación se realizaron entre septiembre y noviembre del año pasado. Los antropólogos recogieron más de 1200 piezas que están siendo analizadas. Ya hubo dos tandas de identificaciones. En marzo se hallaron doce personas que estaban desaparecidas. El martes, el juez federal Hugo Vaca Narvaja informará oficialmente los nombres de todos los identificados en esta oportunidad, que son más que en la primera tanda.
A pesar de la destrucción, el revoltijo y las palas mecánicas, los pedacitos de Luis y Ester permanecieron juntos durante 48 años en esas más de 14.000 hectáreas del predio donde funcionó La Perla. En el caso de ella se encontraron un fragmento de la mandíbula y unas piezas dentarias. En el caso de él, una falange que conservaba su anillo de casado.
“Hay algo muy fuerte en encontrarlos juntos. Hicieron tanto para que no los encontráramos nunca y los encontramos pese a todo. Estuvieron juntos 48 años bajo tierra y después de tanto movimiento. No sabemos bien cómo interpretarlo, pero nos da un impulso de amor muy grande”, comparte Paula.
“La desaparición en mi vida ha sido ausencia, y la ausencia ocupa mucho espacio. No es algo que no está. Al contrario: es algo que lo impide todo. Era una tristeza infinita que se renovaba todo el tiempo: cada cumpleaños, cada Navidad, cada domingo en que comíamos con mi familia. La ausencia es ese hueco infinito. Para mí, la ausencia ha sido todo lo que me arrebataron: tener a mi mamá a mi lado cuando fui mamá, tener abuelos para mi hijo, compartir lo que hago o cosas cotidianas. La desaparición ha sido una máquina de tristeza, pero lo que hicimos con la desaparición ha sido el motor de nuestra vida”, dice.
Paula se prepara para viajar a Córdoba y participar de la conferencia de prensa del martes. Experimenta algo novedoso desde que recibió la noticia. “Una nueva forma de alegría que no era capaz ni siquiera de imaginar”, cuenta. “Repetíamos la palabra justicia y yo no pude entender qué significaba hasta sentirla en mi piel, hasta que pude dimensionar cómo eso me cambió la vida. Ahora estoy empezando a entender todo lo que cabe en el verbo encontrar”.
“Les ganó”
Del otro lado de la computadora está Roberto Doldán. Estuvo el viernes en el juzgado federal de Córdoba para recibir el informe que dice que su hermana, Graciela Doldán, fue identificada en esa zona cercana a La Perla conocida como la Loma del Torito.
Si Ester y Luis fueron de los últimos secuestrados de La Perla, Graciela fue de los primeros. Se la llevaron el 26 de abril de 1976 de un departamento que compartía con una compañera en Córdoba capital. Ella era abogada. Se dedicaba al derecho laboral y había trabajado como tal en la Confederación General del Trabajo (CGT). Militante de Montoneros, había sido pareja de Sabino Navarro. Era una referente en el campo de concentración para sus compañeros y compañeras. La “trasladaron” a mediados de febrero de 1977: había pedido que se la llevaran sin vendas en los ojos ni manos atadas. Se despidió con los dedos en “V”.

“La Gorda, como le decían a mi hermana, les ganó otra vez”, dice Roberto con orgullo de hermano menor. “No la pudieron desaparecer. Esto no es individual. Nosotros bregamos por la fuerza colectiva. Creemos haber encontrado esa punta del ovillo. Van apareciendo los familiares –como en el caso de Paula y el mío–. Vamos dándoles un cierre a sus vidas. Los sacamos de la condición de desaparecidos. A ellos no los desaparecieron, los terminamos encontrando”, resalta.
La de los Doldán es también la historia de una familia que se comprometió en la búsqueda. Roberto es quien siguió con el mandato de buscar a Graciela. “El ritual de terminación de la vida en las distintas culturas es el enterramiento de los muertos, el rito para festejar sus vidas. Me decían que las Naciones Unidas condenan las desapariciones como una forma de tortura a los familiares, y eso es lo que nos pasó. Mis padres no bajaron nunca los brazos hasta que se murieron. Por eso, la desaparición marca a las familias”, dice.
Hasta encontrarlos a todos
Graciela Geuna compartió cautiverio junto con Graciela Doldán en La Perla. “Todos tenemos personas simbólicas que nos dan fuerza. La Gorda representaba el amor a todos. Nos cuidaba. Y yo creo que nosotros en nuestro grupo estamos cuidándonos”, dice Graciela Geuna, sentada junto a Roberto Doldán.
Geuna es impulsora de la querella que promueve la búsqueda de los restos de los desaparecidos. Su marido, Jorge Omar Cazorla, está desaparecido. El EAAF todavía no encontró sus restos, pero sí halló la medallita que él llevaba cuando lo secuestraron.
“Nuestros desaparecidos son un colectivo bajo tierra. Están hace 50 años juntos, pero también estuvieron juntos en ideales. La desaparición nos hizo conocer cosas horrorosas, pero también a la gente más hermosa. ¿Qué hicimos nosotros con lo que nos hicieron? Estamos construyendo amistad, amor, verdad y una sociedad más democrática”.
Graciela estuvo el viernes en la zona de la Loma del Torito, donde el EAAF acaba de reanudar los trabajos. “Es enorme lo que está pasando. Están trabajando fantásticamente, pero necesitamos más recursos para ir más rápido con las excavaciones y las identificaciones porque se nos va la vida. No nos queda tanto tiempo”, pide.
Ramiro Fresneda, abogado de la querella e hijo de desaparecidos, asiente. “El Estado argentino tiene una responsabilidad internacional inexorable de encontrar hasta el último resto de los desaparecidos. No se puede construir una democracia sólida con miles de hombres y mujeres insepultos. El Estado tiene que redoblar los esfuerzos porque la reparación a las familias tiene que ser ya. No podemos esperar 50 años más».

Geuna reclama que los militares condenados digan dónde están los desaparecidos. “Les están dando beneficios de domiciliaria y ellos siguen secuestrando a nuestros familiares cada día que callan”, afirma.
Paula interviene desde México. “No son solo los milicos sentenciados. Hay una capa intermedia de muchas personas –militares de menor rango, gendarmes o sus familiares– que deben tener información. No solo nosotros necesitamos que hablen; Argentina necesita que hablen. Es un llamado del lado de la humanidad: digan lo que saben; ayúdenos a encontrar a todos los que faltan”.
