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Mileísmo sin Milei

La pérdida de legitimidad del gobierno, el deterioro del mercado laboral y el desplome del consumo aceleran las discusiones dentro del poder económico sobre una transición hacia un post mileísmo.

Mileísmo sin Milei

Si usted necesita un test rápido para saber si una persona común es “de derecha” deberá atender dos señales, la primera es que dirá que no le interesa la política, la segunda, profundizando un poquito más, es que dirá que izquierda y derecha son categorías del pasado, que no existen más. Sin embargo, en el mundo material, estar de un lado u otro del espectro ideológico se materializa de manera más concreta, sintetizando a gran escala supone estar de uno de los lados de la lucha de clases. Por supuesto, existe el sueño de la armonía, del win-win entre el capital y el trabajo –la doctrina peronista entraña esta creencia, aunque no sea neutral– pero la puja existe con prescindencia de cómo sea conducida. Sintetizando nuevamente, hay gobiernos que favorecen las condiciones de vida de los trabajadores y gobiernos que no. Y en el caso argentino la experiencia práctica muestra que los gobiernos de derecha desmejoraron siempre las condiciones de vida de los trabajadores, es decir de las mayorías, lo que introduce un viejo problema de la política: la construcción de legitimidad. En este punto llegamos al presente.

Luego de que el grueso del aparato mediático publicitara durante casi dos años el presunto triunfo del oficialismo sobre la inflación, buena parte de la población comenzó a advertir que una cosa es lo que dicen los medios de comunicación y otra su vida real. Mientras el oficialismo se jactaba de haber pulverizado las subas generalizadas de precios, con la inflación corriendo por encima de los 30 puntos anuales y con un pico de 50 en marzo, el desempleo aumentaba y la informalidad se disparaba. Las colas interminables ante cada oferta laboral formal lo graficaron en el mundo real. El deterioro del mercado de trabajo ya es una característica de época.

Un mercado laboral deteriorado supone pérdidas generalizadas de ingresos, lo que se expresa en el desplome del consumo. Los últimos datos, los de marzo, mostraron caídas de hasta el 7 por ciento interanual en las compras en supermercados (según la consultora especializada Scentia). Buena parte de la población compra menos alimentos, cambia de hábitos, pero además se endeuda para intentar sostener sus consumos básicos. El endeudamiento fue un fenómeno paralelo a la pérdida de ingresos. Debe notarse que este endeudamiento destinado a consumos corrientes tenía como base la esperanza, el creer que la situación individual mejoraría. Pero como la mejora nunca llegó, sino que continuó el deterioro, el fenómeno comenzó a manifestarse en subas históricas en la mora de las familias, desde tarjetas a créditos personales. La morosidad pasó del 2 o 3 por ciento a entre 11 y 13 por ciento, lo que significa valores máximos, según las series, para los últimos entre 15 y 20 años (de acuerdo a datos del BCRA).

 

La explicación tranquilizadora del oficialismo fue que las familias se endeudaron porque estaban acostumbradas a que la inflación licúe el valor de las cuotas y, de pronto, se encontraron que la baja de la inflación rompía esta tendencia. El razonamiento sería válido si tal endeudamiento hubiese sido para sostener el consumo de bienes durables, no para consumos corrientes. El fenómeno tiene múltiples manifestaciones, una de ellas fue el aumento de las compras en cuotas en los supermercados. Los créditos personales no funcionaron motorizando el consumo, sino amortiguando su caída.

El método normal para hacer proyecciones económicas es “proyectar las curvas”, es decir proyectar las tendencias de las variables internas de cada mercado. La primera proyección presente, la más evidente, es que no existen datos de próximas mejoras en el mercado laboral, lo que a su vez significa que seguirán empeorando los indicadores de consumo y de mora. En este contexto, no habrá recuperación por el lado de los ingresos reales, pero tampoco, con mora en alza, podrá haberla por el lado del crédito. En el corto y mediano plazo solo puede esperarse más deterioro. La economía de enclaves del presente, que solo despierta entusiasmo en unas pocas provincias, deja demasiada gente afuera. El poder económico, que tiene preferencias, pero no es zonzo, comenzó a advertirlo. Frente a la acelerada pérdida de legitimidad del oficialismo, su nuevo desafío es la construcción del post mileísmo. La pregunta es por qué se aceleraron los tiempos.

La primera señal de que algo no andaba bien fue el resultado de la primera vuelta de las elecciones bonaerenses. El miedo al pasado –con una oposición peronista que sigue demorando su indispensable renovación– más la ayuda de Donald Trump dieron un respiro en la segunda vuelta. Pero el ruido de fondo de la economía real no tardó en reaparecer en la caída en las encuestas. En el medio algo se rompió con el gran empresariado que, tras la primera vuelta de 2023, había apostado todas sus fichas por Javier Milei. La manifestación externa de esta ruptura fue el ataque oficialista a grandes empresarios, a “Don Chatarrín” y a “Gomita alumínica”, según los motes presidenciales. Ataque que el Presidente inició en casa, pero que llevó hasta foros internacionales. Desde entonces, fines de febrero, ya nada fue igual. Casualidad o no, el clima mediático se enrareció desde entonces y no tardó en aparecer a las pocas semanas el indefendible caso Adorni, una suerte de “fiesta de Olivos” en continuado que, gracias a la falta de reacción oficial, deteriora día a día la credibilidad y la cohesión interna del gobierno.

Ya en abril, el llamado para el post mileísmo se hizo explícito cuando se dejó trascender una reunión entre Paolo Rocca, el insultado Chatarrín, y Mauricio Macri. Fue la bandera de largada para una suerte de reagrupamiento de la “derecha racional” en torno al viejo PROPatricia Bullrich fue la primera en entenderlo. No por nada fue la inicialmente más reacia en apoyar al caído en desgracia Adorni y también la primera, esta semana, en soltarle oficialmente la mano. Una cosa es acompañar hasta la puerta del cementerio, otra muy distinta es entrar, más cuando el “olor a cala” comenzó a invadir la Casa Rosada.

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