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Luz Olazagoitía, militante social y política, hija de un represor condenado

Romper con la historia para forjar otra

Siempre sospechó que su padre había participado en la represión ilegal. En 2011, cuando lo detuvieron, ofreció su colaboración a la querella. Acompaña los juicios, activa contra la violencia policial y casi no tiene vínculo con su familia.

 

Luz Olazagoitía estuvo -como siempre lo había hecho desde que comenzó a militar en la organización social Causa‑ en la primera jornada del juicio por delitos de lesa humanidad conocido como Feced II, el 14 de febrero de 2014. Esta vez era distinto: entre los acusados estaba sentado su padre, Ovidio Marcelo Olazagoitia, alias «El Vasco», integrante de la patota de Feced. Algunos amigos y compañeros la abrazaron más fuerte, pero ningún otro indicio dejaba entrever cómo su historia personal se entramaba con la de toda una sociedad. «Cuando fui esa vez, ya había ido a escuchar otras sentencias y ya me sentía parte de los compañeros que vamos acompañando los juicios. Para mí tenía toda una carga distinta, pero yo estaba ahí acompañando los juicios, no estaba yendo a ver a mi papá. Era una más, como cualquiera de los que estaba ahí», cuenta Luz con firmeza y calma. Le dicen Luce y hoy es una de las colaboradoras más cercanas del diputado provincial del Frente Social y Popular Carlos del Frade. Nació en 1983, desde adolescente se rebeló contra el padre, en 2006 comenzó su militancia en Causa, en el barrio Villa Banana. Mientras crecía su compromiso social, empezó a indagar sobre la historia argentina. Sospechaba que su padre había tenido alguna participación en la represión ilegal pero su familia lo negaba. En 2011, cuando lo detuvieron, Luz se reunió con las abogadas de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, Gabriela Durruty y Jesica Pellegrini, para ponerse a disposición, aunque no tenía datos concretos para aportar. Desde entonces, no volvió a la casa donde viven su papá -en prisión domiciliaria-, junto con su mamá y su familia.

El 10 de octubre de 2014, el Tribunal Oral en lo Criminal número 2 condenó a Olazagoitía a 18 años de prisión por privación ilegítima de la libertad y torturas contra seis personas. Las víctimas lo señalaron sin dudar, e incluso como alguien con jerarquía en el SI. Deberá responder por delitos contra otras víctimas en la tercera parte de la causa Feced. Aquel día, Luz estaba entre quienes festejaron la sentencia. La única vez en toda la entrevista que se quiebra es cuando habla de ese día. Ante la propuesta de esta nota, Luz sólo preguntó si eso «sumaba en lo colectivo» y luego de consultarlo con sus compañeros y compañeras de militancia, se decidió. Dice que siente «alivio» de hacerlo.

‑‑¿Por qué decidiste ir cuando fue el juicio a tu papá pero no decir nada sobre tu involucramiento personal?

‑‑Porque no era la primera vez que iba. Cuando fui esa vez, ya había ido a escuchar otras sentencias y ya me sentía parte de los compañeros que vamos acompañando los juicios. Para mí tenía toda una carga distinta, pero me parece que yo estaba ahí acompañando los juicios, no estaba yendo a ver a mi papá. Entonces era una más, como cualquiera de los que estaba ahí. Quizás porque también cuando me enteré ya era bastante grande, cuando fue el juicio a mi papá yo tenía 28 años, ya tenía una idea formada de las cosas y no me condicionó.

‑‑¿Causa fue tu primera militancia?

‑‑Sí fue la militancia más importante, de piba participaba en cosas ecologistas, que tiene que ver también con empezar a pensar que hay que juntarse con otros para transformar las cosas, pero la más política fue con Causa. Empecé a militar en Causa en el 2006, ya va a hacer once años.

‑‑¿Cómo te enteraste vos de que tu papá había sido de la patota de Feced? ¿Tenías sospechas de antes?

‑‑Sí, yo siempre había tenido sospechas. Mi mamá y mi papá son hijos únicos los dos, entonces hay una generación que falta, que los únicos interlocutores eran ellos. Siempre que había tenido sospechas… Lo había sospechado porque sabía que mi papá era policía, y la clase de persona que era. Entonces, cuando empecé a conocer esa parte de la historia de nuestro país, me parecía hasta obvio, y también con comentarios que él hizo durante toda la vida en nuestra casa. Cuando aparecían las Madres o las Abuelas las señalaba como terroristas, continuamente. Ese es un recuerdo que yo tengo muy fuerte, que decía «estas terroristas», un relato desde ese lado de ese período de la historia. Fui a escuelas privadas de piba, sin tener mucho contacto con la historia del país. Cuando salí del círculo en el que yo me movía, empecé a ir a la Facultad, estudié Comunicación Social. Ahí les pregunté a mi mamá y a mi hermano más grande, y los dos me decían que era un perejil… Qué va a ser, si es un perejil. Mirá, si está acá, siempre medio con problemas económicos, una situación no de un bando ganador. A mí me dijeron que no. Y cuando me enteré, yo estaba trabajando y me llamó mi hermano y me dijo que lo habían ido a buscar. Bueno, ahí… No me sorprendió.

«Si contar esto suma, si lo podemos ver como una victoria de todos, me parece que está bueno compartirlo.»

-‑¿Cómo fue tu relación con tu papá?

-‑Y… mala. Mi papá no se relaciona bien con nadie nunca. No tuvo un vínculo de un amigo o un amor. Nosotros éramos su familia porque convivíamos todos en una misma casa. El es muy grande, mi papá cumple ahora 81 años, se lleva 21 años de diferencia con mi mamá, entonces yo siempre tuve un papá grande, pero durante mi infancia y mi adolescencia era una persona súper violenta, súper exigente… Un patotero, ¿no?. Yo creo que patotero es una palabra que lo define bastante. La amenaza, el amedrentamiento, siempre ese tipo de vínculo, de relación. Yo nunca tuve un papá cariñoso, presente, o afectivo. Y después, cuando yo empecé a ser más grande, tuve una relación de mucho enfrentamiento con él, siempre de muchísima confrontación.

–¿En qué momento pudiste empezar a enfrentarlo?

–Creo que más o menos a los 15, a los 16, cuando dejé de practicar un deporte. Por ejemplo, en mi casa era obligación el deporte y… de mucha disciplina, era una casa de mucha disciplina. Hoy lo puedo leer así. Nosotros hacíamos natación con mi hermano, de lunes a sábado, yo desde los 3 años a los 16 años, iba a la mañana a la escuela y a la tarde hacía deportes 3 horas, en verano, doble turno, mañana y tarde. Cuando uno lo ve ahora, decís, era una disciplina: los sábados catecismo y los domingos a la iglesia, esa estructura. De adolescente decidí dejar natación, fue una locura en mi casa ¿Cómo vos decidís algo sobre tu vida? Ahí dejé de ir a la iglesia también. Yo creo que la adolescencia, o sea, el momento natural de la rebeldía de cualquier adolescente, yo tenía un frente quizás un poco más desafiante.

-‑¿Vos sentís que eso tuvo que ver con algo que se te daba más naturalmente, con amigas y amigos? ¿Cómo es que a los 16 años decís eso no es lo que quiero?

‑‑Yo creo que en ese momento tenía que ver con el mundo de la disciplina que ofrecía mi casa. No quería esa disciplina en mi vida, yo quería boludear, estar con amigas, me acuerdo que me hacia la rata del deporte para ir a estudiar. Para mí eso era una rebeldía, no ir a natación era mi acto de rebeldía suprema que podía hacer.

-‑¿Qué decidiste estudiar?

‑‑Decidí estudiar comunicación, ahí mi hermano me abrió un poco el camino de estudiar por ahí cosas que no eran lo que hubiesen querido que estudiemos. No sé qué hubiesen querido que estudiemos, pero mi hermano estudió ciencias políticas, fue a la Siberia, antes que yo, me hizo un poco ahí de avanzada. Y yo decidí estudiar comunicación pero en esa época ya con mi papá… O sea, no es que él pudo opinar o me pudo ayudar a tomar una decisión. No tenía vínculo con él. Vivíamos en la misma casa, pero bueno… En el momento también en que yo le empecé a hacer frente a mi papá, hubo un retroceso. Quiero decir, desde lo físico le empecé a hacer frente, a defenderse cuando te vienen a patotear, y él como que… eso yo creo que lo sintió. Y mi hermano también era más grande, mi hermano tenía 18, entonces ya éramos jóvenes adultos.

‑‑¿No se dejaron pegar más?

‑‑Sí, no nos dejamos pegar, también hay algo de mi viejo que era muy de la patota, yo golpes así… creo que no… Sí el empujón, el apriete, lo físico de… no sé…

‑‑Del dominio, digamos.

‑‑Sí, sí, cuando uno ya se pone a hacer frente, él tuvo que retroceder, y mi hermano era grande también, yo también, no nos podía tan fácilmente… no sé.

–¿Cómo es tu vínculo con tu familia?

–Tengo un vínculo bastante distante, porque ninguno tomó la posición que yo tomé, entonces… A mi casa familiar no volví más y ellos vivieron y siguen viviendo ahí.

‑‑¿Cuándo te fuiste de esa casa?

‑‑Yo me fui en 2008, cuando empecé a trabajar en el Centro Audiovisual Rosario, que tenía un sueldo y me fui. Y lo de mi papá fue en 2011, que lo fueron a buscar. Hacía tres años que no vivía ahí, entonces, por eso, es distante la relación con toda la familia porque ninguno lo vive como yo… ideológicamente incluso.

‑‑¿Ellos lo defienden o no hablan del tema?

‑‑Casi no hablan y lo defienden. Cuando yo proponía… A mi mamá le pedí que se divorcie creo que un millón y medio de veces. O pedía que… como él ya está muy grande, siempre tuvo prisión domiciliaria, estuvo muy poco tiempo detenido, yo decía por qué no iba a un asilo, por qué no iba a otro lado, qué necesidad de la presencia ahí. Todavía hay como una subestimación de mi familia, que yo no sé si es subestimación o más relativización de lo que hizo, que no les parece tan terrible, como a una parte de la sociedad de nuestro país, que no les parece tan terrible, o no consideran que hay que…

‑‑¿Por qué no formás parte del colectivo Historias desobedientes (que agrupa a hijxs y ex hijxs de genocidas)?

‑‑La verdad no conozco mucho del colectivo, conozco lo que salió en la prensa. No sé si en Rosario hay algo similar, me parece que no. Y… a mí me pasa que yo tengo un espacio de militancia, entonces, cuando me enteré de lo de mi papá, si bien desde lo personal -que también es político-, fue algo muy importante en mi vida, o me hizo verlo distinto, y me hizo verme a mí también distinta, o me permitió comprender partes de mi historia de otra manera, ya tengo mi espacio de militancia. Entonces, no digo que son opuestos o que uno se superpone con el otro, pero yo ya trabajo para un montón de cosas que tienen que ver con el trabajo que ellos empezaron a hacer. Esto de haber participado de los juicios antes, de acompañar las marchas del 24 (de marzo) siempre, de trabajar por los derechos humanos desde una perspectiva de hoy, eso ya lo venía haciendo. Me pasó un poco eso, pero no descarto el poder comunicarme.

Lo que me pasa es que traté de nunca definirme por quién es mi papá, en ninguno de los espacios que ocupo. Entonces, pensar la militancia también desde ahí es de alguna manera construir identidades desde algo que yo no quiero que me identifique. Lo hace, es inevitable, pero yo construí otra historia, entonces, trato de no pararme desde ahí.

«Cuando empecé la Facultad, les pregunté a mi mamá y a mi hermano mayor, y me decían que era un perejil.»

‑‑Cuando salió este colectivo, fue una cuestión de denuncia. ¿Sentís que eso podría servir en tu caso o es indiferente?

‑‑Cuando me enteré de la detención de mi papá, en 2011, me junté a hablar con la Chueca Durruty, y con Jessi, que ellas son querellantes de la causa. Desde lo técnico, yo nací en 1983, no tengo algo para aportar. Si lo tuviera lo haría sin duda, pero yo no tengo algo que pueda servir, para nada. En su momento me había juntado con ellas y me puse a disposición, que supieran que si yo servía para algo, me tuvieran en cuenta. Pero no terminó formalizándose en nada porque yo no puedo aportar más de refrendar que es un forro (risas). Si sirve…

‑‑¿Cuándo vos empezaste a militar no tenías relación con tu papá?

‑‑No… Sí tenía. Yo vivía todavía ahí, hacíamos muchas reuniones de Causa en mi casa incluso. Cuando yo me entero, se lo comuniqué a mis compañeros, porque son mis compañeros y lo tenían que saber. Ahí alguno me dijo que algo sabía. Me re sorprendió que no me lo hubieran dicho. Yo sé que es algo difícil de decir. Entiendo a mis compañeros, pero militaba y estaba ahí, lo que pasa es que yo no tenía vínculo con mi papá, no sé cómo explicarlo, mi papá es un ser que… No quiero decir que fue una planta porque no fue una planta en mi vida, pero fue incapaz de generar amor con ninguno de sus hijos, si bien coexistíamos en la misma casa, cuando ya fuimos más grandes y él ya no nos podía amedrentar más, tenía que estar relegado y hacer lo que pudiera.

–¿Cuándo se casaron tu mamá y tu papá?

–Mi mamá se casó con él en el ’90, cuando salió el divorcio, porque mi papá estaba casado antes. Ellos se conocen, según la historia que a mí me llega (yo pongo todo en tela de juicio), en el 79. Mi mamá trabajaba en una farmacia, mi papá en ese momento estaba en Drogas Peligrosas de la policía, y fueron a hacer un operativo porque vendían drogas sin receta, algo así, y ahí se conocen, ya como verdugo. Ese es el registro que yo tengo y había una historia familiar que ahí terminaba. Y después, reconstruyendo la historia familiar con una tía abuela, ella me cuenta que en realidad en ese operativo mi mamá va detenida, y mi papá bueno… era el policía bueno que dejaba que sus padres la visiten y le facilitó ese momento de detención. De ahí empezó su vínculo. Hay una historia familiar que dice que el 22 de diciembre mi mamá se va de la casa de sus padres, con él, de un momento para otro. Pude comprender y entender también que para mis abuelos -que nunca tuvieron buena relación con mi papá- debe haber sido muy duro, ver que su hija estaba con este tipo de persona… que ellos como adultos contemporáneos podrían haber hecho muchísimas más relaciones de qué tipo de persona era, de en qué espacio participaba.

‑‑¿Y tu mamá escuchaba esas cosas o se negaba?

‑‑Ella se negaba a escuchar, todavía lo niega. Mi mamá dice… Como las cosas que se lo acusa a mi papá son también del 75, de la última época de Perón. Mi papá siempre dijo que era peronista y que trabajaba para Perón y entonces mi mamá lo conoce en el 79, ella dice que cuando ella lo conoce mi papá ya no hacía más nada de eso.

‑‑Está condenado por cosas en el Servicio de Informaciones y eso es posterior…

‑‑Sí, es posterior. Pero bueno, eso era como clandestino, entonces mi mamá dice que ella no sabía. Yo no creo… yo creo que lo negó de última, pero no podés no saberlo.

‑‑¿Cuándo vos empezás a militar, en algún momento sentiste que era algo que le hacías a él o que siempre quisiste que querías hacer por vos?

‑‑Y una mezcla, supongo que fue una mezcla, un poco todo. Yo siempre tuve el mote de la contestadora, la contrera, la rebelde. Instintivamente muchas de las cosas que hice en mi adolescencia tenían que ver con ir en contra de lo que él me decía, pero en la militancia después encontré también un lugar en el mundo para poder llevar adelante mis días en colectivo y por algo que fuera más grande que yo.

‑‑Te genera algún plus que uno de los ejes de la lucha de la Asamblea por los derechos de la niñez y la juventud, en la que participás desde su fundación, sea contra la violencia institucional. ¿Cómo lo vivís?

‑‑Yo creo que me genera un poco más, yo creo que sí. Nosotras tenemos como compañera a Luciana Escobar (hermana de Pichón Escobar) dentro de la organización y una de las cosas que hacemos es acompañar a las causas de víctimas de violencia institucional y tengo recuerdos de haber estado en alguno de los juicios, de las audiencias y no me es indiferente. Me moviliza un montón más.

‑‑¿Alguna vez conversaste de esto con alguien que haya estado secuestrado en el SI?

‑‑¿Vos sabés que no? cuando me enteré y empecé a googlear y a investigar un poco, dije, me pongo en contacto… No sé… fue como medio instintivo en el primer momento y después dije, ¿por qué iban a querer escucharme a mí o recibirme?. Me pareció que iba a ser peor… así que no… nunca.

‑‑El día de la condena, ¿que esperabas?

‑‑De ese día me acuerdo que me movilizó escuchar el nombre de mi mamá cuando leyeron la condena y creo que era simbólico. Era como… pensar que mi experiencia era condenada por todos también, como hija.

‑‑La mayor parte de la gente que te conoce no sabe esta historia. ¿Qué te genera hacerla pública?

‑‑Me da un poco de alivio, quizás porque no es algo que yo saque en una conversación. En general uno se relaciona con la gente y no le pregunta tanto quiénes son los padres, entonces me da cierto alivio. Nunca lo escondí, pero tampoco es algo de lo que hable. Entonces me da alivio, ya está. No creo que modifique nada de mis relaciones o mis vínculos pero me da cierto alivio, y si suma, un poco lo que yo te pregunté la primera vez, si esto suma, si lo podemos ver como una victoria de todos, me parece que está bueno compartirlo.

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