Raro sería que quien lea estas páginas no sepa de quién estoy hablando.
No he visto a un tipo que se lo pudiera querer tanto.
Y que, al mismo tiempo, tuviese esta seña particular: ni un gramo, ni un mínimo de adecuación y adaptación al medio, no más que lo estrictamente necesario. Porque él creaba el medio. Mi amigo era el opuesto, el absoluto opuesto a alguno de esos que se dedican a quedar bien. A ser, al menos por un segundo de su existencia, un poco falso.
Sus compañeros de la música, del teatro, de la literatura, de los talleres de escritura, de la poesía, del Politécnico, pueden y deben escribir todo lo que es Eugenio. Todo lo que nos dio Eugenio. Merece kilómetros de páginas.
A mí me gustaría contarles esto: yo soy amiga de Eugenio por la literatura. Porque un día desde Barcelona le pregunté si le gustaría que hiciéramos una ruta literaria, y él dijo que sí. Lo siguiente, cuando llegué al pasaje Pan, fue que nos fuimos a tomar un café y ahí le di el guion. Me di cuenta, mientras él ojeaba el libreto, de que la persona que tenía delante era alguien que no se parecía a nadie.
Estaba algo asustado, y no era para menos. Antes de que yo aterrizara desde Barcelona, ya teníamos la ruta anunciada. Y lo llamaban de la radio y de la prensa para que dijera algo sobre ese recorrido del próximo sábado. Pero poco después, mirándonos cómplices y como si nos entendiéramos desde siempre, les explicábamos a unos chicos en una radio qué era nuestra ruta, por qué habíamos decidido hablar, leer y gritar, si hacía falta, la literatura de Rosario por las calles de Rosario.
Lo hicimos, volvimos a hacerlo. Lo repetimos y seguimos con ello adelante. Reunimos viejos amigos, desconocidos y toda la extensa lista de personas que querían a Eugenio. Convocamos a chicos estudiantes sin un mango y a madres e hijas, que por una hora y media o dos nos siguieron y de todos ellos fuimos inseparables.
A veces la ruta nos salía más cronometrada, o a veces Eugenio -que era agrimensor y sabía de trazados de calles- se inspiraba de más delante, por ejemplo, de donde había estado el café de los billares, el salón de los billares de la novela de Jorge Riestra. Y se ponía a hacer cálculos de mesas y metros cuadrados. Pero también Eugenio sabía muy bien callarse, dar el pie. Era un campeón de la perfomance teatral a dúo. ¿Por qué estamos aquí, Lilian? era el pie que me daba delante del respetable público con la naturalidad de un grande de la escena, al llegar a la entrada de la librería Buchín.
Una tarde de viernes, me di cuenta de que yo tenía un compañero grandioso y al que, en el mejor, el más excelso sentido de la palabra, si llegaba el caso todo alrededor le importaba un carajo: se hacía de noche, corría un viento persistente, un aire bastante frío. Pero Eugenio, en la esquina de la sedería Eiffel, desafiando a los elementos, leyó como si nada estuviera pasando un texto de Elvio Gandolfo en donde una gran ballena se nos venía encima, un aluvión de todo que nos sepultaba.
Otra tarde, en la esquna de Pasaporte, un barrendero nos escuchó pacientemente, y, a continuación, nos pidió la palabra. Y lo dejamos hablar. Finalmente, la literatura para Eugenio (que hablaba de grandes escritores por su nombre de pila, y no por esnob sino porque de verdad él los había tratado y leído), y para mí, era la estábamos entendiendo como lo que era, no una parte de nuestra vida, sino nuestra vida andante.
Me he ido con Eugenio a cenar pescado a Escauriza. He hablado de él con sus libros y, sentados en un mostrador de cara a la Peatonal, por la mañana, le he dicho con mis mejores palabras cómo me impresionaba su libro La chica. He leído y he escrito sobre lo que escribe Eugeino. Nos hemos ido en su coche, atravesando el puente Rosario -Victoria, en un viaje en que hablamos de eso, de escribir. Y de paso nos meamos de risa un poco en Villaguay, cuando nos tomamos una merienda y luego él siguió viaje, en busca de su novia. La chica de la que se enamoró, la que cambió su vida en estos últimos años.
Peer Gynt tuvo que dar la vuelta al mundo para al final regresar a su origen. Eugenio no. Este era su reino. Su imperio.
No hay una sola vez que llegar a Rosario no haya sido llegar al reino de Eugenio. A mí, a todos, nos arrasa un temporal de tristeza. Y no veo a Eugenio desafiándolo con el libreto en la mano.
No hay reino sin Eugenio. No. No lo hay. Compañero.
Escritora, y compañera de Eugenio Previgliano en la Ruta Literaria Rosario.
Por Lilian Neuman
