Transformación política que redefinió el poder
La docente Marina Caputo sitúa las acciones de los revolucionarios en un marco de incertidumbre y una lenta construcción de un nuevo orden que demorará años.

A 216 años de la Revolución de Mayo, persiste una pregunta de fondo: ¿qué se puso realmente en juego en 1810? Más allá de la imagen escolar del Cabildo y los paraguas, el 25 de Mayo abrió una disputa profundamente política sobre quién debía ejercer el poder, cómo construir legitimidad y qué lugar ocuparían los distintos actores de la época en ese nuevo orden.
Desde esa perspectiva, Marina Caputo, docente de la cátedra de “Historia: América Latina y la construcción del mundo moderno” de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la UNR, propone mirar la Revolución no sólo como un acontecimiento histórico, sino como el inicio de un proceso de transformación política que redefinió para siempre el vínculo entre poder, territorio y representación en el Río de la Plata.
“Lo que se abre en mayo de 1810 es un proceso de construcción política que va justamente a ser nombrado como revolución”, explicó Caputo. Para la investigadora, más importante que determinar el momento exacto en el que comenzó a utilizarse el término es comprender cómo se fue construyendo el sentido político de ese concepto en medio de un escenario atravesado por la incertidumbre.
En ese contexto, la conformación de la Primera Junta no resolvió los conflictos, sino que abrió otros nuevos. “A partir de allí se inicia un debate de carácter público, donde obviamente hay adversarios, enemigos y oposición”, señaló. La discusión giraba alrededor de una pregunta central: quién tenía legitimidad para gobernar en ausencia del rey Fernando VII, depuesto por Napoleón durante la invasión francesa a España.
Caputo remarcó que el término “revolución” no tenía inicialmente una valoración positiva. En la órbita de la monarquía hispánica, la palabra remitía a la experiencia de la Revolución Francesa. “Se había depuesto a un rey, se lo había decapitado, y entonces era asociada con desorden, con caos y violencia”, explicó. Sin embargo, el concepto acumulaba otros sentidos vinculados a las reformas y al progreso, impulsado por la dinastía borbónica y sus funcionarios, donde incluso se hablaba de “feliz revolución”.
En ese marco, durante los meses posteriores a mayo de 1810 comenzó una disputa por dotar al término de un sentido positivo. Allí tuvo un rol central la prensa política, especialmente la Gaceta de Buenos Aires, desde donde se buscó orientar la interpretación de los sucesos y legitimar el nuevo escenario político. “El concepto de revolución sirve, organiza la acción en un sentido de proyección hacia el futuro. Le resta contingencia al proceso desatado y lo asocia al cambio”, sostuvo la docente.
Para Caputo, una de las claves para comprender el proceso es dejar de lado la idea de que los actores de 1810 tenían plena conciencia del camino que estaban iniciando. “No hay plena conciencia de lo que están haciendo. Fue la respuesta posible a la crisis que hacía tambalear al conjunto de las monarquías europeas”, afirmó. En ese sentido, cuestionó las miradas más románticas sobre el nacimiento de la nación argentina y señaló que muchas de las interpretaciones patrióticas y fundacionales fueron construcciones posteriores. “En ese momento lo que predomina es la incertidumbre”, remarcó.
La docente recordó que ya en 1811 se hace alusión a la gloriosa revolución, y que en 1813 se va a establecer como fiesta cívica en la asamblea de 1813. ”Comienza a rememorarse o a reivindicarse el 25 de mayo, allí no más, al año siguiente. Quizás aquel día no se vivió con la magnitud que siempre nos imaginamos, pero los efectos de las decisiones tomadas son inconmensurables. Para ese entonces, Moreno todavía no estaba enfrentado con Saavedra, acerca del rumbo a seguir, las diferencias se profundizan en el curso de los meses inmediatos, que transcurren aceleradamente”.
La especialista también destacó que el conflicto abierto en mayo de 1810 no se limitaba a Buenos Aires. Uno de los principales problemas de la Primera Junta era conseguir legitimidad y adhesión en el resto del antiguo Virreinato del Río de la Plata. “La Junta no es representativa del conjunto de las ciudades del interior del virreinato. Lo más pronto posible debían ponerse en esa tarea”, explicó.
Allí aparecen figuras que luego serían centrales en la historia política rioplatense. Mariano Moreno, Cornelio Saavedra, Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Bernardo de Monteagudo y Juan Martín de Pueyrredón formaban parte de una élite criolla que ya había adquirido protagonismo político durante las invasiones inglesas y que buscaba respuestas frente a la crisis de la monarquía española.
Sin embargo, Caputo aclaró que todavía no existía un consenso independentista. “La idea latente no es la de independencia en ese momento. Eso es un concepto se irá decantando en los años siguientes”, señaló. Según explicó, en 1810 predominaba la idea de autogobierno y de defensa de los intereses locales antes que un proyecto claro de ruptura definitiva con España. “La idea ante la crisis es la de autogobierno”, sintetizó.
En ese contexto, las tensiones políticas crecieron rápidamente. Mientras Moreno se concentraba en la propaganda y el debate político, Saavedra trabajaba en la organización militar y en conseguir adhesiones para la Junta en las distintas ciudades del interior. La oposición en Córdoba, Paraguay, el Alto Perú y Montevideo derivó en enfrentamientos armados y dejó en evidencia que el conflicto político estaba lejos de resolverse de manera pacífica.
“Los problemas que tiene la Junta ya en junio de 1810 son de un orden nunca imaginado para esta élite”, indicó Caputo. Aquellos hombres que hasta entonces debatían en tertulias o a través de publicaciones periódicas debieron comenzar a tomar decisiones urgentes sobre la guerra, la representación política y la organización del poder.
En esa transición también se puso en discusión el problema de la soberanía. La legitimidad política se sostuvo desde el inicio sobre el principio de la “retroversión de la soberanía de los pueblos”, una idea según la cual, ante la ausencia del monarca legítimo, la soberanía volvía a los pueblos, que podían organizar formas alternativas de gobierno. Ese principio fue utilizado no sólo en Buenos Aires, sino también en otras ciudades del imperio español como Caracas, Bogotá, Santiago de Chile o México.
Una reconstrucción profunda
El cabildo abierto del 22 de mayo fue convocado, entre otros vecinos criollos involucrados, por el oficial de milicias Cornelio Saavedra, quien envía más de cuatrocientas invitaciones, de las que se hacen presentes entre doscientas y doscientas cincuenta personas. Luego de tres días de intenso debate, el 25 de mayo por mayoría se decide formar una Junta, la Junta Provisional Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata, a nombre de Fernando VII.
“Se vota y predomina, por alrededor de ciento cincuenta votos aproximadamente esa moción. Solamente unos sesenta votan en contra. Es decir, hay una elite comprometida que se constituye como actor político”, detalló Caputo y agregó: “Respecto a esas cuatrocientas invitaciones hay dudas sobre quienes no asistieron: si su ausencia fue voluntaria o fue expresamente obstaculizada para impedir su participación en el debate”.
Esa élite criolla había incrementado su relevancia económica y política a partir de la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776, cuando actividades comerciales que antes eran ilegales pasaron a formar parte de circuitos habilitados y comenzaron a consolidarse fuertes redes de poder que vinculaban a los criollos con españoles.
Según explicó Marina Caputo, se trataba de un sector que tenía mucho para perder frente a la crisis abierta en 1810 y que, además, debió enfrentar un escenario atravesado por la guerra. “Lo que se avizora es la guerra”, señaló la docente, un contexto que exigía organizar recursos, conseguir armas y conformar ejércitos.
En ese marco, abogados, comerciantes, hacendados y miembros de la élite colonial asumieron rápidamente la conducción política y militar del proceso revolucionario, mientras las mujeres también comenzaban a tener una participación singular a lo largo de la Revolución.
Caputo remarcó además que el escenario transformó profundamente el sentido de la política. Durante el período colonial, la disputa política se desarrollaba dentro de círculos reducidos de poder, entre familias y redes que articulaban a las elites, competían por influir sobre la Corona y acceder a cargos o privilegios.
Con la Revolución, en cambio, la política comenzó a reorganizarse alrededor de un nuevo factor: la representación del pueblo. “La política pasa a ser ahora el modo de accionar y de disputar la representación en nombre de un nuevo actor que es el pueblo”.
La especialista resaltó que los procesos iniciados a principios del 1800 cuentan con una profusa producción historiográfica desde la perspectiva de la Historia social, que se centra en la importancia de la plebe desde el rechazo a los invasores ingleses y en la organización de las milicias que serán claves para esta nueva época.
“La base era la plebe porteña que tiene gran participación y está politizada. Se apropió de los conceptos de libertad e igualdad, encontrando en la revolución los móviles que sostenían su adhesión en términos de reparación histórica; por ejemplo, las y los esclavizados que van a la guerra en nombre de la libertad. Las ideas de libertad e igualdad dan sustento a los discursos y remiten al pueblo. Son paisanos, artesanos, jornaleros, mestizos y esclavizados en armas quienes le dan contenido empírico a la noción de pueblo, mientras, que, los dirigentes intelectuales como Mariano Moreno asignaban al término un sentido más moderno, abstracto, que aspiraba a inscribir el curso de la revolución en los marcos del derecho y la constitución moderna”, sintetizó.
