Opinión

Homo Nazi

Desde Barcelona

UNO Y una de esas noticias de titular irresistible: «Político alemán obligado a renunciar a su cargo por postear foto de muñeca inflable sexual con símbolo nazi». O este otro: «Mapaches ‘nazis’ liberados por Göring en los años ’30s atacan pueblo alemán y le arrancan ojo a un granjero». Y Rodríguez lee titulares y con eso le basta y basta de eso. Prefiere no ser anoticiado y se acuerda de otra noticia que daba cuenta del retiro de modelo de bota deportiva californiana pero Made in China porque, al mojarse, su suela dejaba impresas en el suelo bonitas esvásticas. Ese signo antiguo y noble reconvertido en logo perfecto y marca registrada de la infamia de cuando un puñado de amiguetes decidieron juntarse para montar una empresa que arrancó con gran éxito, luego fracasó estrepitosamente, y a la que, por estos días, no le va nada mal fabricando y distribuyendo el producto conocido como El Mal.

DOS Y que no se lo fotografíe con móvil y se lo suba a X. Lo que no debe ser visto: Rodríguez en librería hojeando/ojeando el recién aparecido Gente de Hitler: Los Rostros del Tercer Reich de Richard J. Evans. Y excusa/coartada: Rodríguez lo abre casi a escondidas porque hace unos días leyó una –otra– magnífica nota de Jacinto Antón en El País sobre el libro en cuestión: la intimidad de una secta de veinticuatro psicópatas y su efecto público sobre el pueblo alemán de por entonces. La banalidad del Mal y todo eso trufado con anécdotas curiosas y perversas de todos esos siempre con saludito en alto no de Don José/Don Pepito sino de Don Adolfo (ese reflejo casi automático que sigue de moda aquí y allá) cuando intentaban buscar soluciones finales a sus problemas de principios. Y, claro, Rodríguez tiene ganas/curiosidad de leerlo pero se pregunta si debe hacerlo. Porque una cosa es leer ensayos y otra es leer novelas sobre el nazismo. Y Rodríguez leyó La flecha en el tiempo y La zona de interés de Martin Amis y tantas de Kurt Vonnegut quien, en Madre Noche, postuló aquello de «Somos aquello que pretendemos ser» y concluyó que «La fuerza de los nazis residió en que entendieron a Dios mejor que nadie: descubrieron cómo hacer que se mantuviera lejos y no se metiese en sus asuntos». Y se interesó mucho por el traumático tránsito de J. D. Salinger por la Segunda Guerra Mundial y su pericia como interrogador de oficiales nazis y su breve matrimonio con chica nazi o no y los efectos del Holocausto en su literatura (sí: de algún modo le debemos «Para Esmé, con amor y sordidez» a esas camisas pardas engamadas con gamadas y desfiles triunfales y banderas al viento idiota). Y los perros y tambores de Grass. Y, ah, ese momento terrible/hermoso en el Pnin de Nabokov en el que el protagonista ejecuta terribles variaciones sobre la muerte de una antigua novia en campo de concentración. Y Rodríguez leyó también El castillo en el bosque: la última y extraña y muy buena novela de Norman Mailer narrada por oficioso y oficial demonio de baja estofa –un «confiable instrumento» del «Evil One»– en el cuerpo de oficial esbirro de Himmler y ocupándose de génesis y prehistoria de Hitler hasta sus dieciséis años. Y promocionando su libro, Mailer argumentó: «En cuanto a si yo creo que el Diablo estuvo presente durante la concepción de Adolf Hitler… uh… sí. Suena bizarro, lunático e inquietante. Pero si puedes creer que Dios y San Gabriel estuvieron presentes durante la concepción de Jesús, entonces no me parece tan difícil creer que Satán estuvo junto a la madre de Hitler. Hay cierto riesgo en escribir sobre Dios o el Diablo, porque enseguida te acusan de loco… pero estoy orgulloso de que mis libros sean provocadores. ¿Qué sentido tiene ser escritor si no irritas a mucha gente?». Y Mailer (sus libros necesitaban de Mailer para ser escritos, mientras que el libro de Hitler no necesita de Hitler para ser leído) tiene razón en lo que hace a que el intelecto deba irritar a algunos. El problema es cuando se lleva el mismo concepto al terreno de la política y…

TRES …ahora viene Trump declarando que no leyó Mein Kampf pero… y deseando tener generales leales «como los de Hitler» y… Y Trump tiene su propio Dr. Strangelove (Elon Musk). Y buena parte del problema es que Trump es muy gracioso en el peor sentido y comportamiento del término. Es decir: no es gracioso como To Be or Not to Be o The Producers. Es gracioso como causaba gracia a muchos Hitler hasta que se descubrió que la broma era muy pesada. Pero no, cuidado, a no confundirse ni confundir ni informar desinformando: Trump no es nazi (y, por ahora, no es expansionista sino aislacionista). Lo que sí es: un populista imperial. Pero se sabe: el populismo puede mutar al fascismo y del fascismo al nazismo hay apenas un paso de ganso durante la edad del pavo. Con todos esos adolescentes frustrados/vanidosos (algunos soñando en vano con ser pintores) a la búsqueda de algo tan sencillo como complejo: alguien que les haga sentirse líderes pidiéndoles a cambio nada más y nada menos que lo hagan sentirse líder. Y Rodríguez –quien también leyó El hombre en el castillo de Philip K. Dick y Fatherland de Robert Harris y tantas otras crono-distopías con presentes alternativos– se acuerda de Los niños del Brasil de Ira Levin. Allí, Mengele refugiado en junglas amazónicas se dedicaba a reproducir genética/existencialmente las condiciones ideales para generar un nuevo Hitler. Gran premisa. Pero innecesaria. Porque no hace falta tan complejo experimento: los nazis se reproducen sin ayuda y por generación espontánea. Y todos –mirando con ojitos soñadores todos esos documentales en History Channel y Netflix– quieren ser Hitler. Y no parecen entender muy bien por qué y entonces se responden, simplemente, que quieren serlo porque sí, por qué no.

 

CUATRO Y el mejor libro que leyó Rodríguez para intentar comprender lo incomprensible lleva en portada foto de Hitler bebé (ese bebé al que los viajeros temporales sci-fi nunca retroceden para matar prefiriendo complicarse la vida retrotrayéndose al ocultista Berlín de los años ’30s/’40s y, de paso, conocer a Indiana Jones). El libro es Explicar a Hitler: Los orígenes de su maldad y es de Ron Rosenbaum. Y allí está todo. Y está La Nada. Y Rosenbaum explica que Hitler no era excepcional sino excepcionalista. Y que ahí radica la razón de lo irracional y la atracción de su atractivo a través del tiempo del espacio. Eso sí: alguien le comentó a Rodríguez que, desde hace ya muchas décadas, en Alemania nadie bautiza a sus hijos como Adolf. El problema es que, aún así, en todo el mundo, cuesta mucho impedir primero y borrar después esos tatuajes que chicos y chicas apaleadores de inmigrantes llevan a flor de piel. Sobre el corazón y el cerebro, mientras –conscientes de que la vida es un cabaret– creen que el mañana les pertenece cuando, en verdad y de mentira, se lo están robando sin darse cuenta de que son, apenas, los más (des)poseídos y (des)afinados de los instrumentos creyendo en el ayer. Así, cansado y asustado de todo y de todos ellos, Rodríguez se pone a ver ese nuevo documental sobre los Beatles en el ’64. Y, aunque igualmente seducidas, aullantes, histéricas e incluso atemorizantes, esas masas son tanto más armónicas. Y por buena suerte (yeah yeah yeah en lugar de heil heil heil y now and then here, there and everywhere) siempre preferirán tomar tu mano a alzar su brazo.

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