Economía

Pinchó la bicicleta

Exportaciones, deuda y fuga: el triángulo no cierra

 

“Hay dólares para todos”, dijo Toto Caputo.

La frase sonó a canilla libre, a importadores sin fila, a ahorristas sin sospecha, a un banco central con caja, a país normalizado.

Pero la segunda mitad del año se asoma con otra música.

El gobierno entra en julio con presión cambiaria, tasas más altas y un barril de petróleo que dejó de soplar a favor. No es una corrida. No todavía. Pero cuando el dólar se mueve, el carry se achica, los pesos se ponen nerviosos y el mercado empieza a pedir cobertura.

El tipo de cambio se despertó. Primero abrió un ojo, después movió la cola, ahora camina por la pieza. En junio, el dólar mayorista subió cerca del 5%. El minorista trepó 4,5%. El blue llegó a avanzar alrededor de 7%. Los financieros también se acomodaron más arriba.

La inflación de junio, mientras tanto, se esperaba cerca del 2%. Ese es el dato político. No porque un mes defina un régimen. Sino porque cambia el orden del relato. Durante meses, el gobierno mostró al dólar como un domesticado. La tasa en pesos rendía, la inflación ahí andaba, pero el tipo de cambio acompañaba desde atrás. Ese equilibrio tenía un nombre de fantasía: estabilización. También tenía un nombre menos marketinero: bicicleta. En junio, la bicicleta pinchó.

El negocio del carry consiste en soltar dólares, comprar instrumentos en pesos, cobrar tasa alta y volver al dólar sin sobresaltos. La gracia está en que el dólar no se mueva. La desgracia aparece cuando ocurre lo contrario. No hace falta una devaluación brusca. Alcanza con un salto de algunos puntos para borrar el premio. Quien vendió dólares para colocarse en pesos y “hacer tasa” vio cómo la suba del tipo de cambio se comió la ganancia.

La Argentina bimonetaria tiene esas delicadezas crueles. El peso puede rendir mucho. Pero el dólar decide cuándo termina la fiesta. Es el país donde las élites aprendieron a medir la confianza en capacidad de salida.

El gobierno no se quedó mirando. Aunque desistió de poner un techo rígido, activó otras defensas. Vendió bonos dólar linked y alineó expectativas con contratos futuros. Ajustó más el cepo con la suspensión de fondos de inversión con un 25% de su cartera dolarizada. Compró menos dólares en el Mercado Libre de Cambios. Sostuvo, eso sí, la rutina de cerrar todos los días con saldo comprador. Es importante la foto. En este programa, la escenografía importa más que la caja. Si el Banco Central compra, aunque compre poco, el parte oficial puede confundir con que acumula. Aunque las reservas brutas caigan.

El problema es que el mercado ya no mira sólo el saldo diario. Mira el ritmo. Quedó lejos la foto de fines de mayo. El 28 de mayo, el Banco Central compró 447 millones de dólares, casi 450 millones en una sola rueda. Fue la segunda mayor compra del año, apenas por debajo de los 457 millones del 10 de abril. Ese día la autoridad monetaria se quedó con dos tercios de las divisas operadas en el mercado oficial y llevó las reservas brutas a 48.511 millones. El 2 de junio todavía quedaba algo de esa música. El Central compró otros 175 millones de dólares y quedó a un paso de cumplir la meta anual de compras. Pero desde entonces la película perdió velocidad. En la tercera semana de junio compró 233 millones, contra 436 millones de la semana anterior. Y hacia el cierre del mes, las compras diarias ya eran mucho más chicas. Este viernes el BCRA compró 50 millones y las reservas brutas alcanzaron los 47.081 millones.

La fragilidad se ve mejor cuando se mira la calidad de la acumulación. El Banco Central puede mostrar compras netas en el año superiores a la meta inicial, puede decir que compró más de 10.000 millones, puede repetir que el programa funciona. Pero el mercado pregunta otra cosa: cuánto de eso queda disponible cuando llegue la hora de pagar deuda, abastecer demanda privada, habilitar dividendos, sostener importaciones y atravesar el segundo semestre, que siempre trae menos cosecha y más dudas. El dato concreto es que en el primer semestre el Banco Central sumó menos de 6.000 millones de dólares.

 

 

Abundancia

El gobierno cree que la abundancia vendrá por deuda, energía y soja. Ese triángulo ordena el comienzo del segundo semestre.

Vaca sagrada. El petróleo y el gas prometen cambiar el balance externo. Es un dato relevante y no conviene subestimarlo. Pero junio dejó una advertencia: el barril de Brent retrocedió fuerte. Pasó de niveles superiores a los 100 dólares a valores cercanos a 73 o 74 dólares. Y cuando el commodity cae, el viento de cola se vuelve brisa. Por cada dólar que baja el precio del barril, la Argentina pierde entre 100 y 125 millones de dólares anuales.

La soja tampoco ofrece un horizonte cómodo. En mayo se liquidaron 2.677 millones de dólares. En la comparación interanual, la baja fue del 12%. A los productores no les cierra este dólar y se sientan sobre la silobolsa.

Además, la temporada dorada de la cosecha gruesa empieza a quedar atrás. Esa ventana suele ser el momento más amable del año para juntar divisas. Después, el calendario se vuelve más áspero. La canilla del campo no se cerró, pero tampoco corre como necesita el programa.

En ese contexto aparece el viaje de Santiago Bausili. Desde el Ministerio de Economía y el Banco Central niegan que exista una misión formal, pero una fuente oficial y dos fondos del exterior confirmaron a Clarín que el titular del Central viajará a Europa. La hoja de ruta incluye Londres y, posiblemente, Basilea, la ciudad suiza donde funciona el Banco de Pagos Internacionales. También se habla de una escala en Madrid y de la posibilidad de que se sumen otros funcionarios, entre ellos, Caputo. El dato importa menos por el pasaje que por el calendario.

La primera hipótesis mira al 9 de julio. Ese día vencen alrededor de 4.300 millones de dólares con bonistas privados. Otra vez, el Tesoro intenta pagar con la menor cantidad posible de reservas propias. Dicho sin moño: busca cancelar deuda usando dólares prestados, el viejo truco de cambiar el acreedor sin cambiar el problema.

Caputo juntó buena parte de la caja. Los depósitos en dólares del Tesoro en el Banco Central se ubicaron entre 3.649 y 3.681 millones, según los últimos datos disponibles. Eso cubre entre el 83% y el 85% del pago, según si se toma un vencimiento de 4.350 o de 4.400 millones. Todavía falta. No es un abismo. Pero tampoco es un vuelto.

Para llegar hasta ahí, el Tesoro compró dólares al Banco Central. Primero fueron 1.700 millones en mayo. Después, otros 600 millones en junio. En esa última operación habría usado cerca de 859.000 millones de pesos que tenía depositados. Es decir: cambió pesos por dólares dentro del propio sector público. La escenografía es prolija. El efecto es menos cómodo. El Banco Central había comprado dólares para mostrar acumulación. El Tesoro se los lleva para pagar deuda.

La segunda hipótesis mira a China. En agosto vence el acuerdo marco del swap. Esa línea nació en 2009, durante la presidencia de Cristina Kirchner, con Martín Redrado en el Banco Central, y fue renovada por todos los gobiernos. Después se amplió, se complementó y se activó en distintas etapas. Sergio Massa usó una porción de ese instrumento en 2023, cuando las reservas estaban al ras de la olla y cada pago externo era una escena de suspenso.

El Banco Central sostiene que el tramo efectivamente usado fue reducido o cancelado en gran parte. Pero el balance de pagos deja una foto que exige explicación. La deuda externa bruta en yuanes suma más de 21.000 millones de dólares equivalentes. De ese total, casi 18.900 millones corresponden al Banco Central. Puede haber diferencias entre acuerdo marco, tramo activado, fondos en uso, valuaciones e intereses. Justamente por eso la pregunta no se evapora. Se vuelve más necesaria.

Si al gobierno le cuesta reunir 4.300 millones para pagar bonos, nadie imagina que pueda enfrentar de golpe un vencimiento equivalente a 18.000 o 20.000 millones. No hay magia, hay rollover, negociación, prórroga o alguna ingeniería con nombre amable. El vocabulario financiero siempre encuentra una forma elegante de decir que no hay plata suficiente.

Por eso Bausili ya viajó a China. Oficialmente fue a un encuentro del Banco de Pagos Internacionales en Shanghai. Pero aprovechó para reunirse con su par del Banco Popular de China. No consiguió traer un anuncio cerrado.

La escena tiene una ironía de manual. Milei llegó al poder diciendo que no iba a hacer negocios con China porque no negociaba con comunistas, después elogió a China como socio comercial interesante, luego aceptó la renovación del swap. Ahora su Banco Central necesita volver a hablar con Beijing. La geopolítica suele ser una gran trituradora de frases de campaña.

El problema es que el vínculo con China incomoda a Washington. Y el Gobierno hizo de su alineamiento con Estados Unidos una bandera religiosa. Rogarle a China en público tiene costo. Buscar interlocutores en Europa permite otra puesta en escena. Londres y Basilea tienen perfume financiero. Shanghai, para este gobierno, huele a contradicción. Mejor pasar por el mármol gris de los bancos europeos que mostrarse otra vez con el sombrero en la mano ante el socio que se había prometido desdeñar.

La tercera hipótesis vuelve sobre una historia más oscura: el oro. En 2024, el Banco Central trasladó al exterior parte de sus reservas en lingotes. Lo hizo con un nivel de secreto digno de novela negra. Camiones de caudales rumbo a Ezeiza, operativos de madrugada, aviones comerciales, destino incierto. El Central confirmó luego que movió oro entre cuentas, pero no informó cantidad, lugar ni motivo. Dijo que era por seguridad. También sostuvo que el volumen total de reservas en oro no se alteró y equivalía a unos 4.981 millones de dólares.

La explicación oficial fue que el oro quieto no rinde. Caputo llegó a decir que tenerlo guardado era como tener un inmueble improductivo. Afuera, en cambio, podía generar retorno o servir como garantía para conseguir financiamiento.

La Auditoría General de la Nación denunció obstáculos para auditar la operatoria. La Justicia ordenó al Banco Central informar el destino de los lingotes. Y el propio Central, según las respuestas conocidas, sostuvo que no existían contratos de colocación con el Banco de Pagos Internacionales ni con otro depositario externo. Tampoco habría dictámenes jurídicos sobre esos supuestos contratos, porque, siempre según esa respuesta, no había contratos.

Es una respuesta formidable. No hay papeles. Luego, no hay nada que auditar. El Estado convertido en truco de magia. Se mueve un activo estratégico, valuado en miles de millones de dólares, y después se invoca la confidencialidad como si fuera un biombo sagrado.

Como sea, Caputo dijo que hay dólares para todos. Bausili, mientras tanto, viaja a buscarlos.

Sobre la deuda ocurrió otra escena curiosa con el Fondo Monetario. Julie Kozack, vocera del organismo, celebró el fortalecimiento de reservas y la baja del riesgo país. Pero la realidad ofrecía una relación inversa.

El riesgo país venía empinado. El lunes cerró en 421 puntos. El martes subió a 433. El miércoles llegó a 437. El jueves habló el Fondo y el indicador quedó estacionado unas horas, como si la palabra del acreedor funcionara de semáforo. El alivio duró poco. El viernes tocó 440 puntos durante la rueda y cerró en 437. De lunes a viernes acumuló una suba de 3,8%. Tan insólito como transparente: el Fondo celebró la baja del riesgo país en el momento en que su voz fue necesaria para evitar que siguiera subiendo.

 

 

Obstáculo

La Argentina se endeuda para que los dólares vuelvan a salir. El balance de pagos del primer trimestre del año muestra esa mecánica con nitidez. La cuenta corriente tuvo un déficit de 1.651 millones de dólares. La cuenta de capital aportó apenas 63 millones. Resultado: La economía necesitó financiamiento neto por 1.587 millones. Hasta ahí, la historia conocida. El país gasta más dólares de los que genera en sus transacciones corrientes.

Pero la cuenta financiera muestra la otra mitad de la escena. Entraron capitales por 2.398 millones de dólares. Esa entrada no vino de una lluvia de inversión productiva que llenó galpones, levantó plantas y compró máquinas, sino que vino asociada a nueva emisión de pasivos. Es decir, más deuda. La emisión neta de pasivos externos fue de 3.802 millones de dólares. Al mismo tiempo, los residentes aumentaron sus activos financieros externos en 1.403 millones.

Esa es la espina en la carne. Mientras el país toma deuda, los residentes compran dólares. No todo es ilegal. No todo es valija. No todo es cueva. Pero en términos económicos es fuga. Es excedente que sale del circuito local. Es riqueza argentina colocada fuera del alcance del Banco Central.

La cuenta es brutal. Por cada 100 dólares de nuevos pasivos externos, hubo casi 37 dólares de aumento de activos financieros externos de residentes. Y las reservas, por transacciones de balanza de pagos, crecieron apenas 11 millones. La deuda entra por una puerta, una parte se usa para cubrir el agujero corriente, otra convive con la dolarización de carteras privadas. Al Banco Central le queda casi nada.

El informe también permite mirar el stock. La deuda externa bruta llegó a 321.783 millones de dólares a valor nominal, subió 2.261 millones en un trimestre, a valor de mercado fue de 308.226 millones. El Banco Central aumentó su deuda externa en 2.438 millones a valor nominal. Allí aparece el repo con bancos internacionales: 3.000 millones de dólares de pase pasivo, compensados parcialmente por cancelaciones por 690 millones. Otro nombre para la misma operación: dólares prestados para comprar tiempo.

El gobierno general debe 174.579 millones de dólares. El gobierno central concentra 96.831 millones con organismos internacionales. Casi 100.000 millones. Sólo con el Fondo Monetario, la cuenta llega a 56.678 millones. Es decir, el programa que promete “dólares para todos” depende de acreedores que ya hacen fila frente a la caja.

Del otro lado, los activos financieros externos de residentes suman 499.098 millones de dólares. Pero no están en manos del Estado: no son reservas disponibles, no son dólares del Banco Central. Al tercer trimestre, el Banco Central tenía activos de reserva por 42.052 millones. Los otros sectores (empresas, hogares y entidades no financieras) acumulaban 433.830 millones en activos externos. Y dentro de ese universo, la moneda y los depósitos llegaban a 259.305 millones.

Ahí está la radiografía del modelo. El país tiene dólares privados afuera y deuda pública adentro. Tiene riqueza externa que no financia desarrollo y pasivos externos que sí condicionan la política económica. La economía aparece acreedora en el papel, pero el Estado aparece deudor en la práctica.

El superávit comercial de bienes ayuda. En el primer trimestre dejó 6.339 millones de dólares, pero no alcanza. Servicios se llevó 4.028 millones. El ingreso primario se llevó otros 4.676 millones, entre utilidades, dividendos e intereses. Ahí está la pinza: La economía de no ficción genera dólares por bienes; la de servicios, deuda y rentas, los drena.

La fuga no camina sola, va escoltada por la renta. La presión por los giros de dividendos va en franco aumento. En el primer trimestre, el balance de pagos registró 2.743 millones de dólares en débitos por utilidades y dividendos de inversión directa. El saldo neto fue negativo en 2.447 millones. Y la comparación interanual muestra el salto: el rojo por ese concepto se amplió en 1.306 millones. Es la cuenta futura de la inversión pasada. El gobierno promete atraer capitales con beneficios extraordinarios, pero esos capitales no vienen a vivir de amor. Vienen a ganar. Y después piden girar. Así, los dólares que entran por deuda o por exportaciones también deben atender la salida de rentas. La puerta giratoria no descansa.

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