Declaraciones

Un rosarino cuenta cómo vive la cuarentena en China

Guillermo Puig, graduado de la UNR, viajó para perfeccionar el idioma y quedó «cautivo» en el campus de Xian a la espera de que empiecen las clases

 

Guillermo Puig vive en Rosario, pero hoy se encuentra en cuarentena en China por el coronavirus. Graduado en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), este contador de 27 años viajó en septiembre de 2019 a Xian, una ciudad del noroeste chino en la provincia de Shaanxi que tiene la misma población que toda la Argentina. Lo separan nada menos que 19.013 kilómetros de su casa en Alberdi. Por la cuarentena llegó a no poder salir de las cuatro paredes de su habitación y desde hace unos tres días sólo caminó un poco más allá: se traslada por el campus universitario y espera a que comiencen las clases por ahora suspendidas.

«Hay que tener claro que las dimensiones de China son inmensas y que la situación de la provincia donde se inició el brote, Hubei, es distinta al resto del país. Allí desde el momento cero que se declaró la emergencia nacional, no se pudo salir. Mi experiencia fue diferente, fue gradual: desde que nos enteramos que apareció el virus a fines de diciembre y durante todo enero no le prestábamos mucha atención al tema, recuerdo haber pasado mi cumpleaños el 20 de enero sin restricciones porque no estaba aún la emergencia nacional», recordó en diálogo con La Capital.

Guillermo se hospeda en una ciudad de 10 millones de habitantes conocida por sus Guerreros de Terracota (8 mil figuras de soldados y caballos de terracota en tamaño real enterradas cerca del autoproclamado primer emperador de China de la Dinastía Qin, en 210-209 a. C; un patrimonio encontrado en 1974, cuando se hacían obras de agua).

En la ciudad de Xian hay un campus universitario y una escuela de idiomas a la que asisten unos 200 estudiantes, en su mayoría de países de Asia Central. Guillermo convivió allí con dos jóvenes de Tayikistán y en febrero tuvo que tomar recaudos como todos en ese país al otro lado del globo, donde comenzó el brote de coronavirus.

Para él la situación cambió notoriamente a partir del 24 de enero, Año Nuevo Chino. Según dice es la festividad en que se da una migración interna inmensa en el país y fue en ese momento en que muchos estudiantes retornaron a sus casas y quedaron como él, sólo los extranjeros en el campus.

«Creo que eso pudo colaborar a que circule el virus. Nosotros celebramos el año en ese momento, nos aconsejaron salir con barbijos pero como recomendación, no era obligación aún, hasta que nos dijeron que salgamos lo menos posible, después que no salgamos del campus y luego de la habitación. Nadie está preparado para vivir en cuarentena, encerrado en un edificio sin saber hasta cuándo y cómo, intento tomar las medidas de protección lo mejor posible, me informo todos los días del panorama, pero tranquilo porque estamos controlados y seguros. Estoy en una provincia con tantos habitantes como nuestro país y hubo unos 245 infectados, un fallecido y pero los controles fueron estrictos», aseguró.

El graduado de la UNR viajó para perfeccionar el chino mandarín que había comenzado a estudiar hace cinco años en el Instituto Confucio que funciona en la Facultad Ciencias Económicas. Ya hace tiempo que no sólo dice «ni hao» (hola) y «xiwe xie» (gracias) y fue por más.╠

Allá interactúa con unos 20 estudiantes de distintas partes del mundo y conoce un país que no deja de fascinarlo por su contraste cultural y dimensiones. Guillermo asegura que llegó a China conociendo que «es una de las dos potencias mundiales del momento. La otra es Estados Unidos, hay muy poca gente que sabe que acá hay oportunidades laborales y académicas por la relación con Argentina a través de acuerdos comerciales y que les vendemos soja. Yo tampoco sabía mucho más de China hasta hace unos años, no tenemos mucha idea de Asia, creo que no se estudia bien en la escuela. Se conoce Beijing, Shanghai y Hong Kong y no mucho más y nos parece que todos y todo es lo mismo», dice en referencia a las erróneas y comunes caracterizaciones que se suelen hacer en este país donde coreanos, japoneses y chinos se meten en el mismo mapa.

Este estudiante dice que «ya entrenò el ojo » y eso no le pasa tanto y que llegó con una base de lectura y escritura y la primera semana quedó «impactado». Porque «todo es diferente: costumbres, la gente, el tamaño de la ciudad, cómo se mueven. Por ejemplo acá no se usa la billetera, todo se paga con el celular, debés tenerlo siempre cargado y conectado a Internet, que no es la misma que usamos allá sino VNP (N. de la R. Una red privada virtual) y ya como con palitos, a todo te acostumbrás».

El Covid-19 alertó a la Salud pública de Rosario tras registrarse al menos tres pacientes con síntomas compatibles con el virus que, según la Organización Mundial de la Salud (OMS) ya llegó a cien países además de China.

En momentos de las medidas extremas, Guillermo debió usar barbijo (distinto al que se usa en la ciudad por la alta polución) y debió recluirse. En la la provincia donde vive el rosarino, hace 17 días que no hay ningún nuevo infectado (el 90 por ciento están recuperados).╠

«Sigue la cuarentena pero aún no dan la batalla ganada. Hasta la semana pasada había un estudiante designado por día para ir hasta la puerta del campus para retirar las compras que hacíamos por delibery en el súper. Ahora podemos desplazarnos más y eso viene bien, estábamos con mucho frío y ahora está el tiempo un poco más lindo. Nos conformamos con lo que podemos mientras esperamos con mucha incertidumbre que empiecen las clases», comenta Guillermo.

Es que el inicio del ciclo lectivo en esa provincia china para todos los niveles se había fijado a mitad de febrero, pero no pudo ser. Tampoco las clases que Guillermo debía retomar en marzo.

«Creo que hasta abril no reiniciarán, de todos modos el gobierno provincial dijo que lo comunicará una semana antes y algunos, como una compañera mía que se volvió, seguro lo hará on line. Yo me quedo», afirmó antes de asegurar: «Si decidiera irme debo hacerme un chequeo previamente y puedo irme, pero no quiero porque apliqué a esta beca por un semestre y vi que estaba aprendiendo y la pasaba bien. Decidí quedarme seis meses más. Trabajaba en un estudio en Rosario y renuncié para venir, quiero estudiar un poco más».

Sucede que la incertidumbre por poder seguir estudiando o no puso en duda a muchos sobre volver o no a sus países de origen. Algunos estudiantes pudieron, otros de Asia Central, no. Guillermo ya había decidido prolongar su beca un semestre más sin saber que se venía un brote de un virus que nunca antes había escuchado, ni él ni prácticamente nadie.

Según el director de la OMS, Tedros Adhanom, China consiguió relantizar el contagio de este virus joven con medidas «universales»: identificar a las personas enfermas y darles atención, seguir sus contactos, prepararse para un incremento de los enfermos y formar al personal sanitario.

Lo que no parece universal es la rapidez de China para tomar medidas y construir infraestructura sanitaria con el fin de enfrentar este tipo de epidemias. En enero cuando hacía poco se había conocido públicamente el brote, la provincia de Hubei, epicentro del vurus, ya había puesto en cuarentena a sus once millones de habitantes (prácticamente lo mismo que todos los pobladores de Cuba, Grecia, Bolivia o Bélgica).

Pero además construyó en sólo diez días un hospital para internar a mil pacientes con módulos prefabricados en la zona de Huoshenshan, a unos 20 kilómetros del centro de la capital provincial Wuhan y comenzó uno más, si bien, a excepción de Hubei, no se han reportado nuevos casos nativos en el último fin se semana. Y desde el 27 de febrero el número diario de nuevos casos confirmados fue de sólo un dígito, según afirmó un funcionario de la Comisión Nacional de Salud, Mi Feng, en una conferencia de prensa.

China tiene escala monumental. Entre 2011 y 2013 produjo y usó más cemento que todo lo que usaron los Estados Unidos en el siglo XX, según se lee en «El sueño chino», el libro recientemente publicado del economista chileno, Osvaldo Rosales. Y hay un rosarino allá dispuesto a seguir estudiando y volver.

Por Laura Vilche

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